Tema: "la vaca"
En el recorrido de un periodista ambulante muchas veces se aparecen personas que, como si fueran una circunstancia o un golpe de suerte, duran nomás que un rato. Pero sucede que, mientras hay personas que pueden vivir muchos años sin dejar nada, hay otras a las que les basta con un pedacito de su tiempo para dar un montón.
Al cuarto día del derrotero se cruzó Cristian.
Cristian tiene un título de Ingeniero Agrónomo y otro de buen anfitrión. También tiene una estancia de 9.300 hectáreas donde pastan 10 mil cabezas de ganado y una predisposición para enseñar que se le sale por todos lados de su cuerpo robusto.
El sol no llega a intimidar pero marca con rigor cuando Cristian conduce su camioneta 4 x 4 hacia el casco de la Estancia JMJ, 36 kilómetros al este de Goya. Hijo, nieto y bisnieto de gente que llegó al lugar cuando ni los caminos querían llegar, se planta frente a la tranquera -su tranquera- que hace más de 100 años atrás cruzó su sangre en el cuerpo del bisabuelo rumbo a lo que habrá sido un territorio pestilente e infestado de yacarés.
Las manos gringas de los ancestros le legaron a Cristian la estancia y, por sobre todo, la voluntad de sostenerla. Hubo otros parientes que se vieron seducidos por rumbos menos sacrificados, pero no fue su caso.
La asociación de la infancia con la palabra estanciero está ligada al juego de mesa que nos desveló tantas madrugas. La asociación madura bien puede ligarse a la suerte de este país, tan relacionada a los vaivenes del campo. Cristian y su gente no tienen la pose de la oligarquía vacuna de los dueños de la Argentina que habitan la pampa húmeda. Tienen muchas vacas brangus en su territorio pero poca ostentación.
Si es que las casas son como quienes las habitan, la fastuosidad de una construcción del siglo XIX que es el casco de la estancia se pone sencilla con la calidez de quienes la moran.
El fuego ya arde en el asador y la siesta ya arde en los esteros correntinos. Ni las nubes se animan a bajar asustadas por el calor. Muchas vacas brangus se irán pronto al matadero y -se queja Cristian- hasta ese lugar por poco condujo Menem al campesinado, porque los insumos en dólares casi no podían pagarse.
De Kirchner también se quejan en la estancia. El 30% de retención en la ganancia supone demasiado. Además, miran de reojo a las inversiones chinas. Dicen que los chinos pidieron 300 mil embriones de Brangus para inseminación artificial, como partida de prueba y la Argentina, en un año y en todo el país, sólo es capaz de producir 60 mil.
En la mesa de la galería donde cae una araña de ínfulas victorianas que supo iluminar el teatro de Goya, ya está servido el asado.
Antes Cristian recibe el parte diario del capataz de la estancia que es un correntino de bombachas y cuchillo en la cintura como escapado de un relato de Landriscina.
En un rato llega Hugo, el papá de Cristian, el nieto de los Vilas pioneros que un día salieron de Portugal sin saber que los genes llegarían tan lejos.
Hugo sabe por qué Goya se ha venido abajo. “De los 20 mil kilos de tabaco negro que se cosechaban ahora sólo se cosechan 8 mil. Además bajó el precio porque la gente fuma más rubios”.
Después de la sobremesa estamos por subir a la camioneta para recorrer la tierra que incluye un lago natural de 500 hectáreas. Quizás Hugo piensa que en los años en los que el trabajo se hacía con sus manos el caballo era el único medio.
La travesía es acogedora y se parece a los safaris que muestran en los documentales de los canales de cable. Se salta a un lado y a otro. Los ojos no alcanzan a cubrir toda la tierra de los Vilas, esa que trabajan también otros 14 peones. Los Vilas, a diferencia de otros estancieros, son conocidos en la zona por la solidaridad. Ayudan a mantener las escuelas rurales de la región, colaboran con la alimentación de la peonada y pagan las cargas sociales de los trabajadores. Nada que no corresponda, pero mucho de lo que muchos deberían y no hacen.
Cristian maneja y cuenta. Le sale por los poros el lugar donde se crió. Es apasionado. Ya gira la camioneta a mostrar con orgullo vacas inseminadas en su campo, ya a mostrar como se bañan como si estuvieran en Pinamar una yunta de carpinchos. Ya muestra la balanza para pesar el ganado que acaba de aquirir, ya da una cátedra breve y eficaz de cómo inseminar artificialmente una vaca, con semen que llegó de Canadá a 180grados bajo cero.
El aire oxigenado del campo cansa a los forasteros. Pero da vergüenza intentar una queja si uno ve al capataz arrear 300 vacas al rayo del sol. “Esos animales fueron comprados por Eurnekián”, dice Cristian, con orgullo. Uno se pregunta si correrán igual suerte que todo lo otro que compró Eurnekián. Cada vaca de esas come 600 gramos por día de pasto natural. Si hay sequía o frío Cristian sabe como darle a la tierra los aditamentos suficientes para que de alimentos o darle a las vacas los forrajes que requieran.
Un toro que fue campeón de Palermo es el que engendró las crías que pronto aumentarán la población del campo.
Cuando el sol se pone algo más benévolo es el tiempo de regresar al casco.
Allí espera Hugo, el que andaba a caballo. Acá venimos nosotros en la camioneta de Cristian. A diferencia de los ricos que salen a diario en la televisión, uno sabe bien que la posición que alcanzaron Cristian, Hugo y los Vilas fue por trabajo a destajo. Eso los diferencia con tantos otros y es una marca de dignidad. Los peones saben que ellos trabajan de igual a igual.
Es el tiempo de volver a la ciudad, ese lugar donde decimos con supina ignorancia que en el campo “uno tira cualquier cosa y crece, uno cría una vaquita y come”. No es tan sencillo. Cristian nos devuelve a Goya con su gesto campechano. Ahora hay que contar en pocos renglones lo que un puñado de gente de trabajo gestó en un par de siglos. Como habrán visto, no se puede.
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