Témpano gélido, negocio caliente
Que el Parque Nacional Los Glaciares es una de las atracciones más importantes de la oferta turística mundial no escapa a nadie. Ni a los inversores, ni a los turistas, ni a los que saben bien mirar. En japonés, en alemán, en italiano o con tonada española, cientos de turistas del mundo entero pasan horas obnubilados por la belleza contundente de eso farallones de hasta 80 metros de hielo que cada tanto se rompen para ofrendar un espectáculo formidable para el sentido de la vista.
Detrás de las paredes del glaciar hay hielo y más hielo, se sabe. Delante, hay un pingüe negocio que fue el motivo de incidencia mayor para el crecimiento de El Calafate. Desde la caída de la convertibilidad los operadores turísticos están de parabienes. No hay estadísticas oficiales sobre qué numero de personas visita el glaciar por día, o por mes o por temporada, pero todos los consultados sonríen ante la pregunta, dando por sentado que da para que todos coman, y más que bien.
Por ejemplo, recorrer en una combi, a cargo de una agencia turística, los 90 kilómetros que separan El Calafate de las narices del Perito Moreno cuesta entre 80 y 100 pesos. El traslado no incluye la entrada al Parque Nacional ni navegar frente al ventisquero, pero se sabe que Perito Moreno, con dejarse ver en su frente de 7 kilómetros, ya devuelve todo lo que hayan pagado por él.
Alojarse en los hoteles que reciben a los extranjeros que han comprado paquetes turísticos en Europa y casi siempre vienen de las Cataratas del Iguazú y de Puerto Madryn, puede costar en 250 y 500 pesos, aunque otros turistas, los europeos que regatean al estilo argentino, pueden parar en hostels por apenas 20 pesos por día. O sea, visitar Perito Moreno, todavía está al alcance de muchos bolsillos.
¿Y cómo es un día allí? Primero que nada, aunque el verano patagónico estira el día hasta límites inconcebibles para los del centro o el norte, ese día será inevitablemente breve porque todo lo que se pueda ver siempre parecerá poco. El glaciar ejerce un efecto magnético sobre los turistas, casi siempre de anteojos negros y mirada embobada. Los retiene todo el tiempo que se lo proponga.
Da la sensación que Perito Moreno hipnotiza a sus visitantes. Por las pasarelas la gente circula casi con el aire comprimido en los pulmones y en silencio. Cuando frente al glaciar, a algunos les da por hablar rompiendo el pacto tácito de silencio impuesto por el hielo, todas las vistas se vuelven hacia los impertinentes que, de inmediato, advierten que las voces y todo está de más allí.
Entonces, Perito Moreno se apodera del sonido ambiente dejando caer una mole de hielo sobre el lago turquesa y provocando un estruendo que paraliza a la muchedumbre. En la base el hielo se azula y en el techo se hace cielo y nube. En los costados se ve como manchado de tierra y cambia de colores según sean los derrumbes. En las pasarelas, a unos 200 metros, la gente cambia de colores al ritmo del glaciar.
Si bien el Perito Moreno no es el más grande, su impecable ubicación, visible de frente y sin necesidad de navegar, lo convierten en el preferido de todos. Cuando cae la tarde y es tiempo de regresar todos sienten que han cumplido un sueño: los turistas, el de estar un día allí, en ese sitio del que tanto les hablaron en Europa. Los operadores turísticos porque han hecho otra diferencia fantástica.
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