Tenía que ser domingo
Trevelin, Esquel y más allá desolación. No es tango. Pero sí que hay que bailar. Un rato de baches de la Ruta 40. No es nada. O sea, es lo de siempre. Y la rutina siempre se minimiza. Ahí va: uno más profundo, uno más ancho. Hasta se puede jugar con los baches, en tanto ellos no se extralimiten y elijan ganar para cobrar luego en amortiguadores o carrocería.
Muchos animales muertos en la ruta. ¿Un presagio? Esa es una mara. Sí, una liebre patagónica que cruzó a destiempo. Aquel parece un zorrino. En efecto, lo es. Huele como tal. Un perro también. Pobre can, mal calculador. Acá hay vida. Un carnero le hace el amor a una oveja en vivo y en directo, como si quisieran también ellos sus 30 segundos de fama.
Ni ven a otro de la manada que también cayó por toda la cuenta, que es cuero aplastado rodeado de tábanos. Al menos mejora el paisaje. La nieve que decora los cerros cordilleranos, ahora que entramos en la ruta 25, dispuestos a cruzar desde la Cordillera hacia el mar, ya no se notan. En cambio, una serranía de formaciones que distraen la vista. Nada mal.
Pero los kilómetros son muchos. Más de 600 hacia Gaiman, próximo destino. No vamos a llegar; no al menos hoy. El acostumbramiento de la vista y el peso de la espalda piden una parada. Será cuestión de buscar. Paso del Indio no, vayamos más adelante. El último esfuerzo. Ya cae la tarde. Justo hoy que Pekerman pone juntos a Riquelme y Aimar, no se agarra ninguna radio.
Acá. Paremos acá. “Las Plumas” se llama. Hay un viento cálido, como una tardecita húmeda de Santa Fe, o como si soplara el zonda que tan olvidado parecía. Hay hospedaje, es un aliciente, porque a la noche refrescará lo suficiente como para no poder acampar al costado del río Chubut. Tarifa accesible, pero francamente poco acogedor. ¿Cómo irá Argentina con Perú?
Nadie contesta. Una caminata será lo mejor. A menos que uno quiera mirar el techo descascarado y verde desde una cama que más es de hospital que otra cosa. Por la ventana no se ve nada tampoco. Está tapada con un paño marrón y apenas ha de tener un metro de ancho. Y las paredes… cuidado con ellas y su humedad, que resfrían al más lozano.
“500 personas viven aquí”, dice la anfitriona que ofrece comida casera. Hay polvareda. Todo marrón. Tierra que se pega en el cabello y la piel como se pegan los recuerdos a un melancólico. Tres cuadras hacia el norte, otras tantas hacia el este y todo termina. Las Plumas es eso. Una oveja tiene monumento propio. Reconozcamos que es todo un detalle. Tal como lo es la pelusa que cae de los álamos plateados provocando una fuerte alergia. Y las paredes hablan.
“Angeloz presidente”, dice una. Que me pellizquen por favor. Mejor una cerveza, para corroborarlo todo y, de llegar a ser cierto, soportarlo mejor. “La picada puede ser de salchichón”, aclaran. Mejor un poco de queso, nomás, no sea cosa que los chacinados de la zona no cuenten con aval del Senasa. ¿Y cómo va Argentina? Increíble, juega la celeste y blanca y por la televisión hay un mocoso Sofovich boys que hace una remake histérica de Feliz Domingo.
Pero qué tiene éste de feliz. Afuera, sobre los árboles más altos que ya se muestran verdes y rebosantes de primavera, una bandada de cuervos acecha la zona. ¿Será que Las Plumas es verdaderamente la muerte? Busquemos resguardo en el cuarto. Eso sí, no vamos a poner llave a la puerta porque no tiene. ¿El baño? A 60 metros. Me aguanto entonces. Ahora sí, mirando el techo verde descascarado apartemos los malos pensamientos. Ha de ser nomás la depresión del domingo. Mañana temprano iremos a Gaiman. ¿Cómo habrá salido Argentina?
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