TENSA ESPERA DE LOS OBREROS EN LAS PUERTAS DE SULFACID
El frío de la tarde de ayer se metía entre las charlas que los obreros de Sulfacid –con sus particulares camperas verdes– mantenían alrededor de los braseros. Muchos de ellos con las manos en los bolsillos y, cada tanto, dando pequeños saltitos para mantener el calor en el cuerpo. La vigilia frente a los portones de la custodiada entrada de la planta parada de Fray Luis Beltrán estaba enmarcada por las huellas polvorientas y los alambres retorcidos de neumáticos quemados durante los días anteriores, mientras que, apilados a un costado, descansaban otras gomas ya listas para cuando el fuego de la protesta las llame. A unos metros, cerca de una gran carpa carpa montada en el umbral fabril, un grupo de mujeres –esposas de los empleados– preparaba unos mates en torno a una mesa. La asamblea había terminado hacía sólo un rato y la decisión había sido unánime: “Ni un trabajador afuera y que se reconozcan los derechos adquiridos. Ni más ni menos, lo que corresponde”, comenta Pico Chato, un obrero todavía sorprendido por la drástica decisión empresarial de mandar 56 telegramas de despido y 200 de suspensión. “Hubo telegramas hasta para los muertos”, fue el comentario que circulaba ayer entre los obreros, aunque esto no fue confirmado por los voceros gremiales.
Uno de los más viejos obreros recuerda que el primer día que ingresó a trabajar “fue el primero de agosto de 1964”, dice con un dejo de nostalgia y de bronca. “Toda una vida”, agrega.
Los operarios de la planta de Fray Luis Beltrán –un pueblo que creció al compás de los años de industrialización de lo que fue uno de los cordones industriales más importantes del país–, a pesar del cierre de la planta por parte de la empresa productora y exportadora de ácido sulfúrico y lingotes de cinc, cumplen a raja tabla los turnos rotativos como si estuvieran de servicio.
“Lo hacemos como custodia de nuestra fuente de laburo, para no perder la unidad y darnos ánimo entre nosotros en este momento tan jodido y para demostrarle a la patronal que lo único que queremos es trabajar”, dispara otro obrero.
Instalados en el paso de ingreso de la planta química, que da a la Ruta 11, también estaban acompañados por sus esposas preocupadas por la situación. “Estamos y vamos a estar apoyando a nuestros maridos porque se trata de un reclamo justo en el que va su propia dignidad. No vamos a permitir el atropello y si es necesario todas la mujeres vamos a salir a pelear a la par de ellos”, dice Rosa, con firmeza. La planta que se emplaza en el lugar desde fines de la década del 50 estuvo en manos de grupo Bunge y Born hasta hace cuatro años, cuando fue adquirida por la firma Comsud, propiedad de la familia del ex presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, quien finalizó su mandato en octubre del año pasado, con el pueblo en las calles levantado y en su contra.
Según Ramón, con mas de 20 años en la empresa, “nunca había ocurrido un conflicto de estas características a pesar de que cada tanto hubo luchas”.
“Desde que entraron los bolivianos las cosas empeoraron y empezamos a tener problemas hasta con la entrega de ropa de trabajo”, acota uno de los obreros.
En tanto, un delegado sindical destaca que “las condiciones de trabajo se fueron endureciendo desde los años 90, mucho antes que llegaran los nuevos dueños”.
Trabajo insalubre
La disputa surgió a raíz de la decisión de la empresa de dejar de abonar un suplemento del 34 por ciento sobre el salario básico, incremento que fue establecido a través de un fallo judicial y homologado por el Ministerio de Trabajo en 2001.
En los hechos, la decisión unilateral de la empresa significó una rebaja salarial y a la vez desconoce el trabajo insalubre al cual están expuestos los operarios.
La puja por la reducción de la jornada a seis horas, que luego pasaron ocho, data de principios de los ochenta, según cuenta uno de los obreros. “Desde que se abrió la planta, tenemos registrados 55 compañeros muertos por cáncer, esto es, alrededor de uno por año. En general son afecciones al estómago y a los pulmones, ya que se trabaja con elementos altamente tóxicos como el arsénico, el plomo y el cinc”, comenta Juan Carlos, un delegado del gremio de trabajadores químicos y petroquímicos. “El porcentaje de contaminación en la sangre de los obreros de Sulfacid llega en algunos casos al 15 por ciento, por no hablar de otros problemas que trae aparejado en la salud este tipo de trabajo”, cuenta uno de los operarios.
Pero no todo apunta a la restitución del suplemento al sueldo básico. Según comentan los obreros, “la patronal sigue dura y quiere revisar cada uno de los pedidos de desafuero de los delgados de la comisión interna”. En este sentido aseguran que no están dispuestos a aflojar: “O entramos todos o ninguno”, dicen los obreros.
“La empresa es una de las de mayor ganancia”
Mañana a las 11, en la sede del Ministerio de Trabajo de la Nación, continuarán las negociaciones entre los trabajadores y la empresa. Según comentó Daniel Santillán, titular del Sindicato Unico de Trabajadores Químicos y Petroquímicos de San Lorenzo, Sulfacid esta representada por el estudio Funes de Rioja & Asociados, un grupo especializado en la defensa de empleadores y asesor de la Unión Industrial Argentina (UIA).
Santillán recalcó “lo arbitraria” de la postura de la empresa y recordó que “según publicaciones económicas Sulfacid está en el puesto 389 entre las mil empresas de mayor facturación del país en 2002, por alrededor de 129 millones de pesos”.
“Es claro que no se trata de una empresa deficitaria si no de las que dan más ganancias, pero no quieren repartir lo que se llevan y aspiran a conformarnos con 200 pesos y una bolsa de coca”, replico el sindicalista.
“Lo más preocupante es que la Cámara de Comercio e Industria de San Lorenzo apoya a estos empresarios e incluso piden métodos represivos para nuestros legítimos reclamos. Pero por otro lado estamos gratamente sorprendidos por el apoyo que hemos recibido de distinto gremios y en forma personal de Hugo Moyano”, agregó Santillán.
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