TESOROS ANCESTRALES
Cuentan las leyendas que cuando los aztecas llegaron al altiplano (principios del siglo XIV), encontraron un centro religioso impactante en cuanto a la grandeza del lugar. Este pueblo, que fue considerado uno de los más consolidados, pensaron que ese sitio había sido construido por gigantes por lo que inventaron el mito de que ahí se habían reunido los dioses para asegurar la existencia del mundo.
El origen de los fundadores de la región es incierto. Sin embargo, algunos especialistas creen que los teotihuacanos pertenecían al mismo tronco racial del que se desprendieron después los toltecas y los mexicas.
Según el mito nahua, se reunieron los dioses para crear el nuevo Sol. Dos de ellos, Tecuciztécatl y Nanahuatzin, fueron los elegidos para con su sacrificio dar vida al astro que iluminaría los días de las generaciones venideras. Ambos hicieron penitencia durante cuatro días y llegado el momento en que debían dirigirse a la hoguera, el hermoso y altivo Tecuciztécatl dudó, y fue así que el tímido y enfermo Nanahuatzin, viendo la cobardía de su compañero se lanzó, y surgió el nuevo Sol. Avergonzado por su cobardía Tecuciztécatl se dejó caer también a las llamas y de su sacrificio brotó la luna.
Estructura y costumbres
Después de abandonada, otros pueblos llamaron a Teotihuacan como “Ciudad de los Dioses”. Además del mito, este nombre se debió a las profundas convicciones religiosas y sus coincidencias con las normas de vida en torno a los ciclos de la naturaleza, la siembra, la cosecha, la lluvia y una cosmogonía de estrechas relaciones fenomenológicas cuya expresión calendárica y astronómica se reflejó en la construcción de la ciudad.
En ello radica la importancia de las pirámides, que a diferencia de las egipcias son escalonadas y se dividen en cuerpos horizontales para servir de plataforma a un templo. Estos niveles son, además, elementos simbólicos de los supramundos a manera de una montaña metafísica. Su cuadratura es expresión de una naturaleza dominada, de lo armonioso e inmutable.
La construcción de Teotihuacan, como de todas las de la época, se realizaron de la manera más rudimentaria; lo que hace inimaginable su concreción. Los indígenas cortaron piedra con piedra, sin contar con ninguna herramienta. Del mismo modo, el traslado de las piedras era sobre las espaldas, sin contar con medios para transportarlas.
El centro ceremonial, trazado como un gran símbolo de dos ejes; el Norte-Sur denominado Calzada de los Muertos del que parten, como alas de una mariposa edificios, palacios, plazas y adoratorios. A la cabeza la gran pirámide de la luna y a un costado la mole inmensa de la pirámide del Sol, dualidad creadora de la naturaleza y de los hombres que levantaron los muros de tezontle, cal y canto.
Teotihuacan está formado por las monumentales pirámides del Sol y de la Luna, y el trazo de la Calzada de los Muertos como eje rector del crecimiento de la ciudad. Los habitantes de la ciudad, que quizá sumaban treinta mil, cultivaban la tierra en chinampas o en terrazas en las colinas cercanas, e irrigaban los terrenos lejanos al lago por medio de canales. Teotihuacan se hallaba rodeada por un gran número de pueblos que le rendían tributo en mercaderías o fuerza de trabajo. Ciudad sagrada y centro predilecto de peregrinaciones, también fue sede de un Estado, que realizó conquistas e incursiones comerciales en prácticamente toda Mesoamérica.
Un poco de historia
Sus orígenes se remontan hasta el año 800 a.C., cuando ya había en la zona una veintena de pueblos, establecidos sin un patrón de asentamiento uniforme; pero no fue sino hasta el 200 a.C. cuando se conformó una primera ciudad, con más de siete mil habitantes y unos seis kilómetros cuadrados de superficie, dedicada principalmente al comercio de la obsidiana.
Entre el año 100 y el 250 d.C. la ciudad se extendió hacia el Sur con edificios que flanqueaban la Calzada de los Muertos, la cual terminaba frente a la plaza cerrada del conjunto de la Ciudadela, que antecede al Templo de Quetzalcóatl, excepcional por su decoración de mascarones de piedra.
En el periodo 250-650 d.C. el sitio alcanzó su máximo esplendor, con una extensión de 20 kilómetros cuadrados y una población de unos doscientos mil habitantes. La sociedad se volvió compleja: junto a agricultores y comerciantes convivían grupos dedicados a las labores religiosas, a la administración, a la producción artesanal (cerámica, plumaria, textiles) y al arte; se desarrolló una exquisita corriente de pintura mural. Culminó en este periodo la influencia de la civilización teotihuacana sobre el resto de las culturas de Mesoamérica. Por razones que aún no son claras, entre 650 y 750 la sociedad se desintegró y en consecuencia comenzó el abandono y la destrucción de la ciudad. Sus monumentales ruinas fueron conocidas por culturas posteriores —de hecho debemos a los aztecas muchos de los nombres de la ciudad—, pero no fue sino hasta nuestro siglo cuando comenzaron los trabajos sistemáticos de exploración.
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