TEX HARRIS, EL DIPLOMÁTICO DE EE.UU. QUE DENUNCIÓ LOS CRÍMENES DE LA DICTADURA
El jueves pasado, después de veinticinco años, Tex Harris volvió a la Plaza de Mayo para compartir junto a las Madres la habitual ronda semanal. En plena represión de la dictadura militar, Harris fue el diplomático norteamericano que confeccionó 13.500 denuncias de desapariciones y violaciones a los derechos humanos, basadas en testimonios de familiares a los que recibía en su oficina de secretario político de la Embajada de los EE.UU..
En esta tarea, Harris se alineaba con la política de derechos humanos de James Carter, que iba a contramano del establishment —”los viejos” dice él— del Departamento de Estado. Harris había llegado a Buenos Aires en julio de 1977 y se fue dos años después, muy enfrentado con el embajador Raúl Castro por sus denuncias. Nunca había regresado a la Argentina.
Ahora jubilado, de 66 años, Harris está encantado con los jacarandás en flor con que lo recibió Buenos Aires, por donde vuelve a pasear sus dos metros de altura y su enorme corpachón.
¿Qué cosas han cambiado?, se le pregunta. “Hay sonrisas y animación. También algo de caos, ya que cuando llegamos había una manifestación grande de personas sin trabajo, pero hay libertad y democracia. Yo era el enemigo de la Casa Rosada y los militares, pero ahora fui recibido con afecto en todos lados”.
Harris fue declarado Huésped de Honor por el Gobierno porteño, y la Cancillería lo condecoró con la Orden del Libertador San Martín en el grado de Oficial.
Tardíamente, el reconocimiento le llegó también en su país, donde recibió una “distinción especial” del Departamento de Estado y antes de jubilarse, fue promovido tras años de congelamiento a su carrera.
Harris es además secretario de la American Foreign Service Association, que reúne al personal diplomático de su país. Uno de las premios que la entidad entrega lleva su nombre.
“Los diplomáticos deben decir la verdad, aunque el gobierno de turno no quiera escuchar”, sos tiene Harris.
En los años de plomo, Harris era un funcionario de rango medio, odiado por los militares por sus informes a Washington, que comprometían la ayuda norteamericana. Bajo Carter, la asistencia se había supeditado al respeto por los derechos humanos.
Harris tenía el apoyo de la subsecretaria de Derechos Humanos Patricia Derian, la funcionaria de Carter que más exasperaba a los militares argentinos, que venían acostumbrados a la “comprensión” de Henry Kissinger, el poderoso secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford.
“Antes de mi trabajo, la información que la Embajada enviaba a Washington era que había una guerra entre fuerzas locas de derecha e izquierda. Nosotros vimos la dimensión, que no era contra los terroristas. Eran operaciones clandestinas, parte de una doctrina de torturar y matar”, afirma Harris, a quien los militares argentinos de esa época buscaron intimidar muchas veces.
En estos días, estuvo en el Congreso y la Casa de Gobierno. Visitó a las Madres, dio charlas en el CELS y estará en la Facultad de Derecho. Su vuelta a Buenos Aires y al país era casi una asignatura pendiente.
“Me honran los honores que recibí, pero más importantes son los abrazos de los amigos con los que luchamos”, dice este diplomático singular, que nunca miró para otro lado y que supo contar lo que pasaba en la Argentina.
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