Tiembla San Martín
Es bien sabida y con justicia adquirida la fama de San Martín de Los Andes y su pista de esquí de Chapelco para acaparar las miradas de lo más granado del turismo. Pero nadie puede precisar la belleza sanmartineana sin haber pasado al menos una vez por los bordes del lago Aluminé, de su hermano Moquehue o por Villa Pehuenia.
Las araucarias sudan gotas de una nieve liviana que lo abarca todo. El cielo se ha oscurecido y deja la sensación de poner la vida del color de la vieja televisión blanco y negro. Ahora, en los cerros con más nieve las araucarias se ven como puntos negros y dan la idea de un daguerrotipo natural.
De vez en cuando, el color es algún flamenco rosado. Cuando los ojos amenazan con hacer huelga de párpados caídos por no poder soportar tanta belleza, se alza Villa Pehuenia. Es un paraje donde viven 512 personas y que, si hubiese existido antes, seguro lo hubieran adoptado los yanquis para grabar la vieja Falcon Crest.
En Villa Pehuenia no se puede más que recorrer un par de calles de las que ha sido apartada la nieve. Y allí apenas se ven tres personas a lo largo de todo el recorrido. Nadie está al aire libre donde manda el hielo, pero todos quisieran estarlo porque no hay regocijo mayor que ese aire puro y ese paisaje potente.
Cerca de allí, una excentricidad, una contradicción, como guste llamarla: un centro de esquí administrado por una comunidad mapuche. La Biblia, la nieve, las tablas y el calefón. Todo tres kilómetros de escalada después, por un camino de paredes de hielo seco rumbo a un lugar al que los más maliciosos lo acusan de tener derecho a no exigir factura.
Y más adelante, cuando todo parece que ya fue suficiente, otra villa, la de Moquehue, indica el final obligado de un circuito apasionante, nomás porque la nieve se ha ganado lo suficientemente en el camino como para parecer una nube de claras batidas a nieve donde se pueden perder los más baquianos.
Menos mal. Todo lo que hubiera podido venir después no podría ser abarcado en un solo día, por un par de ojos impotentes que no dan abasto. Regresamos a Aluminé con la convicción de que pronto San Martín de Los Andes tendrá serio rival. Los avivados que están haciendo aquí grandes emprendimientos turísticos también creen lo mismo.
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