Tiempo de recuento
La desigualdad, la pobreza y la marginación son tres palabras que pueden resumir perfectamente el cuadro del segundo mes en la ruta. Un paseo prolongado por Formosa, Chaco y Santiago del Estero así lo demuestra. Es bien común afirmar que son tres de las provincias más pobres de la Argentina, sólo que esto no es más que una trampa dialéctica.
O sea, Formosa no tiene la fertilidad de la tierra de la pampa húmeda pero podría arreglárselas solita si produjera para su gente y para eso se valiera del agua del río Paraguay o su madera dura. Del mismo modo, los chaqueños se quedan con poco de su algodón y su quebracho, como los santiagueños no tienen el gusto de conocer el progreso pese a que diario cientos de camiones le saquean la soja que ellos mismos sembraron.
Es cierto, estas provincias no son las más agraciadas, por la hostilidad de su clima, por la chatura del paisaje, pero también es verdad que la injusticia en la redistribución es la causa mayor de las desdichas. Y es esa palabra –injusticia- la que se queda a vivir en la piel en un resumen de andanzas por lugares como El Impenetrable, Clorinda o Quimilí.
Afortunadamente, cuando uno puede creer que la luz de la esperanza es un fósforo que morirá finalmente tras las luces potentes que irradian los señores feudales que nunca se han ido de las provincias, aparece en Santiago el fenómeno del Mocase, un oasis de pelea que da gusto, o surgen las cooperativas, más que como una búsqueda como una necesidad.
En ese derrotero, uno siente escozor de tener garantizadas algunas cosas y piensa en un correlato histórico en el que aparentemente muchas veces la historia estuvo por cambiar para que nada cambie. El pensamiento gira a la par de las ruedas de un auto que ha traído tierra formoseña, chaqueña o santiagueña, pegada a sus vidrios como se pegan los dolores a partir de comprobar que no se cambia porque el poder hilvana una estrategia permanente y sistemática para perpetuar la esclavitud.
Y buceando en la tradición oral, tanto como hurgando en las bibliotecas, se puede comprobar como los bisnietos de los primeros opresores siguen repitiendo las prácticas ancestrales como un legado, tanto como las víctimas siguen resistiendo, felizmente con la cabeza levantada algunas, tristemente resignadas a su suerte otras.
Se ha ido otro mes, y más allá de la experiencia de vida que uno personalmente se carga en su mochila, nadie que no sea un tilingo o un banal podría quedarse con anécdotas felices privilegiándolas ante el dolor de la gente. Los tobas, los matacos, los wichís, los mocovíes, condenados a no ser, son la postal de este segundo mes. Los minifundistas relegados y dependientes de los precios que fijan las multinacionales a su cosecha, son las próximas víctimas. Los campesinos del Mocase son la esperanza. El cuerpo cansado se tomará unos días para reponerse y seguir siendo testigo. Sepan disculpar los que esperaban guías turísticas. Como diría Horacio Guarany, “no es culpa mía si no traigo flores”.
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