“Tierra sin vida”
Ischigualasto, “tierra sin vida” en el idioma de los pobladores primitivos, es el complemento de Talampaya, para entender el triásico, pero también para maravillarse con otro paisaje, distinto de fachada, igual de magnífico, en unas partes lunar, en otras de colores variados según la oxidación de las rocas.
El predio, que también es Patrimonio de la Humanidad, es Parque Provincial, a diferencia de su vecino, Talampaya. Ofrece un recorrido de 41 kilómetros donde resalta el Valle de la Luna, una superficie de formaciones que, efectivamente, a uno le deja la sensación de andar emulando a Neil Armstrong.
Pero además de rocas, Ischigualasto ofrece también codearse con fósiles de los primeros pobladores animales de la tierra: los saurios.
Considerado un tesoro paleontológico incalculable, tiene 45 días del año asignados a búsquedas que, casi siempre, son fructíferas, porque se siguen hallando allí testimonios del triásico.
Por entonces, esto que ahora es un desierto gigante, era un lago, por lo que los investigadores confían que próximamente también se encuentren aquí fósiles de peces, algo que todavía no sucedió, al margen de algunas escamas que tienen embelesados a los científicos.
La amplitud térmica, la erosión eólica y el viento casi permanente son determinantes para vincularse con geoformas que invitan a la imaginación de los turistas y desvelan a geólogos de todo el mundo. Si uno camina por allí no puede imaginar que hubo un vergel, con lluvias abundantes y vegetación exuberante. Pero sucedió hace 250 millones de años, y como decíamos desde Talampaya, habrá que empezar a acostumbrarse a otros medidas.
Las fracturas provocadas por el surgimiento de la cordillera de los Andes permitieron el depósito de sedimentos más modernos. El viento, el agua y la temperatura terminaron de forjar el paisaje de hoy que, en determinadas zonas, guarda como fósiles inmensos troncos petrificados e impresiones de hojas de helechos en las rocas.
Como la acción del viento es constante y los movimientos sísmicos de la zona también, es factible que “el hongo”, “el submarino” u otras geoformas famosas e impactantes, pronto no estén, tal como sucedió hace algunos años con otras estructuras que se desmoronaron. Será cuestión de aprovechar y albergar lo máximo que la vista permita.
“Aquí se suceden diferentes estratos, capas de sedimentos depositados durante millones de años”, dicen los especialistas. Y dan un orden geológico que vale copiar textualmente, para que los neófitos, además de sorprendernos, también recibamos la más maravillosa clase de geografía y biología, en un periquete.
1- la formación de Ischichuca: la más antigua, hace 235 millones de años al promediar el Triásico cuyas características afloran principalmente en la zona del Cerro Anca (sector sudoeste del valle). 2- la de Los Rastros: abunda en el cerro del mismo nombre donde se encuentran pisadas de reptiles y que se extiende hasta las cercanías del Valle Pintado (220 millones de años de antigüedad).
3- la de Ischigualasto: presente en la zona enmarcada entre los ríos Las Totoritas e Ischigualasto, centro del parque, en el Valle Pintado (220 millones de años de antigüedad). 4- la de Los Colorados: la más joven, hace 180 millones de años,
fines del período Triásico.
Para completar la escena, el cobre que actúa como oxidante torna algunas piedras de verde, el azufre en amarillas y otros minerales mutan en rocas coloradas. Tres horas después, entre alucinaciones y preguntas que todavía no tienen respuestas, el viajero podrá seguir su ruta, teniendo la precisa dimensión de la minucia que significamos a lo largo del tiempo.
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