Tierra, tragáme
Pobre Mercedes. Es una ciudad que sabe latir por sí sola y muchos la conocen por Antonio Gil. Craso error. Ella no necesita ningún Gauchito. Está en el ombligo de la provincia de Corrientes pero sus balcones y sus patios con plantas se parecen a una postal de algún pueblo del interior de España. Mercedes, además, es la puerta de acceso al Sistema del Iberá, sólo que el pasillo es demasiado largo: aguardan 120 kilómetros de un ripio caprichoso y entrometido, capaz de llenarlo todo de polvo. La siesta correntina, que quema la cara como un enamoramiento o una vergüenza, es un horario poco prudente para la partida. Pero allá vamos. Cuatro horas de traqueteo por la ruta que parte a Corrientes en dos mitades. Una excursión que pone la piel color café con leche y tensaría los nervios de un budista. A unos pocos kilómetros la tierra se ha adherido como una pasta a los pelos del viajero. Por tierra se viaja y a tierra se huele. Tierra se transpira, se inhala y se expira. Tierra levantan unos pocos camiones que transportan ganado y tierra respiran las vacas que antes de desfilar al matadero se cruzan por la ruta hervida. Menos el sol, todo lo tapa la tierra y el velocímetro de un auto sencillo que viaja entre los cascotes y unas pocas matas marca 30 en una hora.
A los costados están quemando el pasto que endureció una sequía que lleva ya tres meses. El humo se mezcla con la tierra y asfixia.
Mejor ni pensar porque se corre el riesgo de alucinar. Al auto, que lejos está de ser una camioneta de doble tracción de las que se cruzan jactanciosas, le duele el tren delantero y al que conduce le duele la cabeza. Pero el tiempo, que jamás se encapricha como el ripio, corre su ritmo lento de siesta y se empecina en no pasar nunca.
Hay algunos gauchos corajudos que corren el ganado que habita junto a ellos en las estancias que ni los propios gauchos corajudos saben a quien pertenecen. Los mapas nos saben cerca del agua dulce que codician los gringos pero la vista contradice la cartografía y nada se percibe.
Hasta que cuatros horas y varias molestias después aparecen los primeros carteles. El conductor se pone contento como Rodrigo de Triana. Los carpinchos de apariencia mansa parecen saludar a los recién llegados. Un coro de cardenales grita que han venido forasteros. Al fin se ve la Laguna del Iberá, el manantial que también quiere robarse el imperio. Pero de cómo se cuecen esas habas, será tema de conversación la mañana siguiente. El verde ofrece todos los tonos posibles y un sol que se pone del color del diablo se cae detrás de los juncales donde cientos de biaguaces custodian a un yacaré orillero que mete miedo a las visitas y señala su territorio. Cuando amanezca lo iremos a recorrer.
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