Tinelli, el espejo donde nos reflejamos
Han sido, con esta que está en curso, 21 temporadas de humoradas, escandaletes, concursos y personajes mediáticos. Pero, a no engañarse, la gran atracción de ShowMatch fue, es y seguirá siendo una sola: Marcelo Tinelli, su conductor, productor y alma máter.
De Tito (el guardaespaldas mudo al que Tinelli desafiaba) a Coki (la cantante cordobesa venida a más en plan de conquista del dueño del circo), pasando por la desagradable pelea de Aníbal Pachano y Graciela Alfano con el sida de por medio, el esplendor y el ninguneo actual que sufre Ricardo Fort, más el coqueteo de todas las candidatas que revolotean alrededor del conductor que ha recuperado su estado de soltería, todo es pura hojarasca, entremeses fugaces que el gran titiritero pone a disposición de la audiencia y de la industria del entretenimiento para abastecerse cada día a sí mismo y, de paso, a la informal cadena nacional de dimes y diretes que no puede dejar de hablar del programa que hegemoniza a la TV argentina, ya sea para alabarlo o denostarlo.
Cuando el año pasado flaqueaba el rating y perforaba el piso de los 20 puntos, no faltaron quienes empezaron a festejar antes de tiempo su supuesto ocaso. Y otra vez se equivocaron. Fue, es cierto, un 2009 jorobado, con bruscas oscilaciones y formatos inestables -sketches, "Gran Cuñado" (en dos versiones: políticos y famosos), el "Bailando" clásico (y en polémico formato para chicos, con la conducción delegada en José María Listorti, que duró un suspiro) y "El musical de tus sueños"- que sólo dejaba interrogantes con miras a 2010.
Pero no: este año todo le sonríe y el rating anual, que venía bajando desde 2006, pinta, de seguir así, para empinar de vuelta la curva.
En los 60 años que va a cumplir la TV argentina en 2011 son más bien pocas las figuras que han logrado ser reverenciadas por el público durante un tiempo considerable. Ininterrumpidamente desde 1990, Tinelli ha batido el récord de ese selecto cuadro de honor (incluso ya dejó atrás a Susana Giménez, que se tomó un año sabático en 2002 y hace varias temporadas, incluso la actual, que limita su presencia en pantalla a una vez por semana).
Esta columna ha sido siempre muy crítica de sus costados más negativos -la ramplonería innecesaria de algunos tramos de su programa, la presencia femenina como mero objeto sexual, la exacerbación de polémicas de muy baja estofa, etc.-, pero más allá de eso hay que reconocer en Tinelli una formidable y versátil capacidad para la animación, un fino instinto para detectar los deseos latentes y más primitivos de su multitud de seguidores y una producción sumamente afiatada.
Ahora bien, su vigencia ininterrumpida y con tan alta e incondicional repercusión, ¿acaso no habla más de nosotros mismos que de él? ¿Qué vemos en Tinelli que tanto nos fascina como para no cansarnos siquiera con el paso de las décadas? ¿Y cuán funcional ha resultado indirectamente para las políticas dominantes durante su larguísimo reinado?
El fenómeno, particularmente desde 2006, cuando se pasó a Canal 13 y su programa se convirtió en un concurso de baile (y, por momentos, de canto y patinaje) -atravesado por un sinfín de situaciones cómicas y enfrentamientos reales o forzados entre personajes ligeros o marginales del espectáculo, el deporte y la moda-, desbordó sus límites. Fue entonces cuando comenzó a alimentar una cantidad creciente de programas chimenteros y de archivo que como satélites encontraron su razón de ser en replicarlo y comentarlo constantemente, por medio de un intenso dispositivo multimediático que terminó abriéndose paso también en la radio, en los medios gráficos, en infinidad de sitios de Internet y ahora también en Twitter.
Tinelli, en su momento, había expresado cierto malestar por la repetición constante de sus materiales en tantos programas, pero aunque pareció que iba a tomar cartas en el asunto nada de eso pasó. Por el contrario, se plegó tardíamente a ese movimiento sumando sus propios productos en cable y en Canal 13 (se agregará otro más dentro de unos días que se llamará Sábado Show ).
Por eso, la pregunta corresponde: ¿cuánto Tinelli refleja de nosotros para que su programa no sólo siga funcionando dos décadas después de permanecer sin interrupciones en en el aire, sino que todavía tienda a expandirse?
Tinelli atravesó épocas políticas bien distintas sin dificultad (los diez años y medio del menemismo, los casi tres años y medio turbulentos de la Alianza, la hecatombe de 2001 y Duhalde y, desde 2003, los siete años de kirchnerismo). ¿La apolitización de los 90 y el "discurso único" que intenta imponer el actual gobierno favorecieron su impronta?
Consciente de ser un factor de poder profundo y permanente que sobrevive con comodidad tanto a los momentos de esplendor de los gobiernos como a sus ocasos, Tinelli habla de igual a igual con los poderes de turno con los que procura tener relaciones cordiales, pero sin amilanarse para dar un golpe sobre la mesa si hay algo que le molesta. Luego fluctúa entre la neutralidad y el acompañamiento sutil. Es un "constructor" de imagen, y no sólo de personajes mediáticos (Francisco de Narváez se volvió más conocido por el imitador de ShowMatch que por él mismo). Pero también puede, cuando quiere, agitar desde un lugar muy básico debates que incomoden al poder. Conclusión: hay Tinelli para rato.
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