TODAVÍA HAY DEMANDAS POR ATENDER EN LOS BARRIOS DE INUNDADOS
Irene usa el lavarropas con cuidado. Hay que llenarlo a balde, lo que en muchos hogares no resultaría novedoso si no fuera porque tiene que caminar bastante para llegar a una de las cuatro canillas públicas que se instalaron en Gorriti y San Lorenzo, donde está emplazado uno de los barrios de viviendas para inundados.
Balde en mano circulan todos los habitantes del barrio durante todo el día. Como cualquier humano, necesitan agua para todo: cocinar, lavar los platos, la ropa, bañarse y tirar en el baño. Todavía hay muchos pozos negros sin tapar y, de todas formas, no hay provisión de agua potable en las viviendas, una por una. La obra recién fue licitada hace días por la Municipalidad.
El tema de los pozos negros es serio: al lado de la casa de Irene hay uno sin cerrar y días atrás casi cae un bebé; su mamá, embarazada, alcanzó a rescatarlo a último momento. El riesgo de una tragedia es constante entre los amplios boquetes abiertos en la tierra, algunos sin ningún resguardo, otros tapados con ramas, otros más con lonas y los menos con tierra.
Los vecinos dicen que faltan ladrillos y demás materiales para completar la tarea de calzarlos. Si se les pregunta por qué no hay ladrillos, responden que no les dieron, no alcanzaron o se los robaron. Como sea, los pozos siguen abiertos. Mientras tanto, se utilizan los baños químicos, que -afirman- no tienen una limpieza ni un desagote muy frecuente.
“Estamos mejor que antes”, admitió María, mientras buscaba agua para lavar los platos, y explicó que ese “antes” refiere a su estadía en los boxes de Peñaloza y Hernandarias.
Para la mayoría, la inseguridad es tema sensible. Hace una semana se hizo un allanamiento y se reforzó la atención en este tema aunque, como en el resto de la ciudad, nada parece suficiente.
EN CASA, PERO SIN DEJAR LA CARPA
Quedan muchas carpas armadas detrás de las viviendas o a los costados. Son las mismas que las familias usaban cuando vivían en los campamentos de La Florida y La Tablada. Ahora sirven de depósito de elementos o como una habitación más, en los casos en que son muchos los hijos para compartir el espacio limitado de la casa. “Nos prometieron la ampliación, pero nadie sabe a quién le corresponde”, afirmó Miguel Angel Francia que también tiene su carpa para guardar cosas y como dormitorio.
Francia integra una de las organizaciones de inundados y comparte muchos reclamos: “No hay dispensario y tenemos que ir al de Las Delicias -también ahí retiran su comida quienes no tienen caja ni plan social-, ni proyectos para escuelas. No queremos que el Estado nos asista pero sí que nos acompañe”.
“LEJOS DE TODO”
Un mediodía con sol parece igual en todos los barrios: hay chicos volviendo de la escuela, y otros en pleno preparativo.
Los chicos de Callejón Roca y República de Siria, donde se habilitó el último barrio con viviendas construidas por la Cruz Roja Alemana, caminan unas nueve cuadras -cortando camino- para llegar a la escuela que está en Aristóbulo del Valle. No es menor la distancia que hay que recorrer para casi todo, y la mayoría lo hace a pie o en bicicleta. El barrio está bastante alejado del asfalto de la avenida y sus habitantes demandan un mejorado en las calles internas, para que salir, en días de lluvia, no sea tan dificultoso.
En este barrio no hay carpas y la composición del grupo es bastante heterogénea: hay gente de Santa Rosa de Lima y otros barrios inundados pero también hay familias que no estuvieron evacuadas. Unas 150 viviendas (es el emplazamiento más numeroso) se construyeron en el amplio predio donde la mayor preocupación -junto con las calles, la falta de agua y de electricidad- pasa por la seguridad.
El recuerdo de un tiroteo, a plena luz del día y en la calle, está muy presente entre los vecinos que temen por su integridad y la de sus hijos. Ocurrió hace pocos días y motivó un refuerzo en seguridad, que para algunos no alcanza.
“Tengo mi casa pero no estoy segura, después de las 6 de la tarde no podés salir”, decía una vecina. Por el frente de su casa cruza un cable que le provee electricidad, pero es transitorio: lo tenía que devolver. “Entre los vecinos nos pasamos los cables, porque no está conectada la energía”, dijo.
Hay vecinos que agradecen tener su casa y tratan de recuperar la rutina que tenían antes de la catástrofe. Pero el barrio está lejos de todo. El agua todavía no llegó, falta alumbrado público y, por sobre todas las cosas, seguridad.
Licitación
A mediados de mayo, la Municipalidad licitó la provisión de agua potable a las viviendas construidas para albergar inundados en Loyola Norte, Las Delicias y Altos del Valle. Las obras insumirán 250 mil pesos de los 4,2 millones que la provincia aportó a la Municipalidad para iniciar la segunda etapa de reparación del borde oeste.
Dos pedidos
Más allá de las demandas generales de los barrios, hay situaciones individuales que requieren de atención. En la manzana 12, vivienda 10 de Gorriti y Peñaloza vive Graciela Portillo. Antes estuvo alojada en Peñaloza y Hernandarias, en el galpón que se incendió. En aquel episodio perdió muchas de sus pertenencias y hoy necesita desde elementos para cocinar hasta muebles y ropa.
En la casa 56 de Callejón Roca y República de Siria necesitan un cochecito para la más chica de la casa.
Plazos acotados y obras sin terminar
Más que la expropiación de los terrenos o la ocupación de lotes fiscales, su acondicionamiento y la apertura de calles, no mediaron demasiadas tareas previas a la instalación de los barrios para inundados. Si bien hubo debates entre los propios damnificados y vecinos, se dejó constancia de la necesidad de construir más escuelas y dispensarios y -durante la gestión municipal anterior- se llegó a firmar un acta de compromiso con autoridades, las viviendas se inauguraron y habitaron sin algunos servicios básicos.
Hubo plazos que cumplir, porque antes hubo términos que no se cumplieron: la construcción de las viviendas, financiadas por la Unión Europea a través de Cruz Roja Alemana se dilató mucho más allá de lo esperado en los primeros meses que siguieron a la tragedia hídrica. Luego, ante la advertencia de la organización internacional de retirar su apoyo económico a la ciudad, los tiempos se precipitaron. Incluso se optó por una tecnología que permitiera acelerar esos plazos.
Poco a poco la vida comunitaria se fue organizando: cada familia le incorporó a su casa un elemento propio, algunos chicos van a la escuela, los que tienen trabajo pagan su comida y los que no, mantienen una vinculación asistencial con el Estado, pero siguen demandando cuestiones esenciales para mejorar sus condiciones de vida: trabajo, energía eléctrica, agua potable, escuelas, centros de salud y seguridad. En definitiva, piden que por estar lejos, casi invisibles a los ojos de quienes no transitan ex profeso por esos puntos alejados de la ciudad, no se los olvide.
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