"Todavía me despierto con la sensación de oler nafta, caucho quemado y sangre"
Lucas Kalwill, Tomás Ostrej, Benjamín Bravo y Nicolás Kohen eran inseparables. Compartían el aula, las meriendas de la tarde con jueguitos de PlayStation y las salidas de los sábados por la noche. Eran hermanos de corazón. A casi un mes de la tragedia de Santa Fe, Lucas, de 17 años, volvió a su asiento en el colegio Ecos; se encontró con Tomás Ostrej y nueve bancos vacíos, entre ellos, el de sus otros dos mejores amigos."Tomás iba adelante de todo y lo vi salir volando por la venta. Pensé que estaba muerto. El abrazo que nos dimos no lo voy a olvidar nunca", cuenta el joven, que cinco minutos antes del choque se había ido al fondo del micro a jugar al truco. "Sentimos la coleada —detalla Lucas—, el golpe y los asientos se nos vinieron encima. Pasamos dos minutos, que parecieron horas, en total silencio". Con lágrimas en los ojos, el joven estudiante dice que ese fue el "peor día de su vida", un recuerdo que hoy no lo deja conciliar el sueño. "No puedo dormir más de dos horas seguidas, me levanto exaltado. Les pido a mis compañeros que se queden en casa porque no me puedo quedar solo. Todavía me despierto con la sensación de oler nafta, caucho quemado y sangre".El 8 de octubre, cerca de las 22, un camión cargado con cueros, conducido por un chofer alcoholizado, embistió de frente al micro de estudiantes del colegio de Villa Crespo que regresaba del Chaco, donde habían ido a ayudar a una escuelita rural. Por el impacto, fallecieron nueve alumnos, una maestra y los dos camioneros. "Hoy me subo a un taxi y le pido que vaya despacio porque entro en pánico", dice el joven, que aún mantiene frescos algunos recuerdos de aquel trágico día. "Salimos por una ventana. Y en la ruta nos ayudaron los jugadores del club de fútbol de Margarita que volvían de un partido. Ellos paraban autos en medio de la ruta y hacían que nos lleven al hospital más cercano", comenta.Lucas tiene cicatrices en todo el cuerpo, pero las secuelas psicológicas son las más graves. "Quiero empezar un tratamiento porque sé que estoy mal, sólo que ahora necesitaba unirme a mis compañeros", asegura.El joven, que camina con muletas, junto a otros estudiantes del colegio Ecos tienen un sentimiento compartido: que lo que les pasó, no quede en el olvido. Desde hace una semana están haciendo circular un petitorio y juntando firmas para que aumente el control en las rutas. "Ya tenemos 15.000 firmas y aún nos falta mucho. Pero lo hacemos porque no queremos que esto vuelva a repetirse", dice con firmeza.
Este contenido no está abierto a comentarios

