Todo vuelve, Lole
Está asustado. Se le nota. No puede salir a caminar por Santa Fe porque allí lo asedian los inundados de 2003 que lo esperan desde hace 12 años, sólo para decirle: “asesino”. Se ocultó durante todos estos años, intentó evitarlos, pero una noche fría de junio se topó con ellos, un puñado de ellos, en una escalera de servicio por donde pensaba escapar desapercibido y lo sintió: en su pecho cubierto por prolijas prendas europeas, un huevo estalló con olor a pasado. Por Coni Cherep
Y tembló. Y tambaleó. Y al intentar huir se topó con una madre sufriente que le gritó lo que él evita escuchar, a tres centímetros de su cara: “inundador asesino”. Y huyó con la ayuda de su joven mujer, que pateó a los victimarios del caso. Las víctimas de la indolencia de su marido.
En Rosario tampoco se anima a caminar. Los fantasmas de los fusilados del 2001 lo persiguen. El angelado fantasma de Pocho Lepratti le retumba en los oídos, cuando entra por la circunvalación: “no tiren, hay chicos comiendo”. Y la bala en el cuello que disparó un policía sin nombre por orden del entonces gobernador y su jefe de Seguridad, Enrique Alvarez. Siete jóvenes perecieron en la protesta. Y el ex piloto lo niega, pero lo sabe. Y entonces evita caminar por la ciudad. Y sale del auto raudo y se mete en el hotel. Y a la salida, lo mismo.
Nada de entrevistas en vivo en un canal de televisión. Nada de actos que anuncien su presencia. El Lole no quiere encuentros con la gente. Salvo en la lejanía del campo, donde los chacareros amigos lo contienen.
Entonces sólo se le anima a las entrevistas en radio, donde balbucea argumentos frágiles y mentiras que se desmoronan como un castillo de arena, apenas las lanza: “Yo no tuve nada que ver con la privatización del Banco. Fue una decisión de Obeid (culpando a quien ya no se puede defender), yo no conozco a los hermanos Rhom”. Y entonces reaparecerán las fotos con Puchi y Cavallo celebrando la entrega. Y su sonriente presencia en la firma de la entrega, y la carta que le envió al extinto ex gobernador ordenándole la venta del Banco. Y nada puede salvarlo del insoportable vendaval de verdades que entran a su presente como el Salado entró a la casa de 150 mil santafesinos, mientras él sabía que iba a entrar y no los evacuó. Y le echó la culpa a sus subordinados, y se escondió para siempre en el Senado, en sus autos, en su chacra, en sus mansiones francesas, en sus fueros.
Todo vuelve, Lole. Pensarán algunos de los que lo acompañaron. Fiel a su estilo y luego de maltratar a sus compañeros justicialistas de acuerdo a las circunstancias, Reutemann saltó al lugar más caliente del escenario electoral. “Sin riesgos” pensó. Y se fue con Massa en enero, cuando las encuestas lo consagraban presidente al de Tigre, y después se fue con Macri, cuando Del Sel le aseguraba el retorno de sus amigos al poder de la provincia. Y lo apretó a Macri, guiñándole un ojo al peronismo, y consiguió lo único que necesitaba: la candidatura a senador nacional, para asegurarse sus fueros.
Pero no esperaba el aluvión de votos de Perotti, ni al peronismo rearmado en Santa Fe. Y mucho menos que su adversario odiado, Hermes Binner –aquel al que asegura que si lo ve por la calle, se cruza de vereda– se le plantara enfrente en las elecciones para renovar su cargo. Y las encuestas lo abruman. Por primera vez en dos décadas, está tercero en las preferencias de los ciudadanos, que ya no soportan la levedad de su compromiso, ni su sistemático egoísmo.
#Lolesinfueros es el hashtag que empieza a circular por las redes, y su semblante se vuelve pálido, cuando lo lee. Es una fiera encerrada. No acepta consejos y cree que ir pegado a la boleta de Macri le garantiza el lugar. La ecuación empieza a no cerrarle. La última vez ganó por menos de un 2% al frágil Ruben Giustiniani. Hoy tiene que ganarle a dos pesados.
Todo vuelve, Lole. Parece decirle la realidad. No será tan sencillo esta vez zafar del pasado.
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