Tras los muros
Desde la garita de vidrios oscuros, gruesos, antibalas, un guardián ha bajado para abrir el portón que conduce al interior del presidio de Río Grande. Miro el cielo, cargado, de lluvias intermitentes. Pienso en los que antes traspusieron esa puerta. Me digo que también habrán mirado el cielo, sólo que lo han hecho como alguien que mira algo por última vez. A eso se parece ingresar a una cárcel.
Ahora otro guardián toma las medidas correspondientes. Le entregamos el teléfono celular, las llaves, algunas otras pertenencias. Es una buena manera de saber que cuando uno ingresa a prisión deja absolutamente todo afuera. El detector de metales delata la cámara que empuña mi compañera de ruta. No hay problemas, al menos esto es una conquista: se permite el ingreso de una filmadora.
José, a pesar de que repite esta rutina del Taller de Redacción para los internos cada sábado, también parece conmovido. Mientras trasponemos una nueva puerta pesada que se abre por un manotazo férreo de un guardiacárcel gigantón, se me viene a la mente lo que me dijo un huarpe del desierto de Guanacache. “Podrán ponerme preso pero soy libre, porque adentro mío está la libertad y voy a seguir pensando siempre lo mismo”. Aquí no parece que eso fuera así.
Queda otra puerta, ésta la primera de rejas, que será franqueada por un nuevo carcelero. Los pasos se sienten más que afuera. Las pisadas no se van así nomás del ambiente. Retumban. La estructura edilicia es nueva. No se parece a las tradicionales cárceles argentinas; no en su degradación de paredes húmedas. Pero igual se está bien adentro, e uno mismo, como dijo el huarpe, o de la nada, como le parece a los que allí viven, sea siendo custodiados, sea siendo custodios.
La última puerta es la más pesada. Puedo oír el ruido de las bisagras cuando nos ofrecen el paso. Y también el ruido de la llave cerrándose detrás de nuestro recorrido, nítido, contundente. Por primera vez dejamos de circular por pasillos. Aparece un espacio gigante, una especie de salón de usos múltiples bien iluminado desde, por la ventanas, otra vez se ve el cielo.
En una mesa más alejada, una pareja se prodiga mimos postergados con pasión moderada por la falta de intimidad. Más allá, una familia apura una merienda de gaseosas y galletitas mientras ensaya sonrisas hacia fuera que disimulan dolores hacia adentro. Aquí, alrededor de dos tablones colocados en “L” sobre cuatro caballetes, José Piñeyro y Verónica De María van a charlar de periodismo con los privados de la libertad.
El taller, que ha quedado dicho se realiza desde 5 años a esta parte, más que nada se parece a una excusa para encontrarse en un lugar donde el desencuentro discpeoliano manda. Los internos dejan entrever beneplácito por nuestra presencia. Será otro modo posible de que parezca que acá adentro, se está más cerca de allá afuera. Quieren conocer lo que hacemos como nosotros lo que hacen ellos; nomás que ellos se animan más a preguntar.
A nosotros el tiempo se nos pasa verdaderamente rápido. A ellos, quizás como siempre. A nosotros nos parece imprudente decir cualquier cosa, pero intentamos naturalizar una situación que no nos suele resultar natural. Ellos sí que pueden naturalizar todo lo más posible. Es una manera de defenderse. Hacer rutina a la paciencia parece la receta bien complicada.
La tarde se consume después de varios termos de mate. Todos juntos soñamos con que ellos puedan publicar un libro. Los “talleristas” parecen decididos, al menos porque resulta más posible y menos ambicioso, a sacar bien pronto un nuevo ejemplar de “Desde más adentro”, la revista que publican con el apoyo de José y María, que no son religiosos, porque pese a que quieren ayuda espiritual, ningún cura se ha dignado a visitarlos.
Hoy no hay podido grabar para el programa de radio que cada dos jueves reproduce material gestado en el taller. Pero no importa, la charla amena pareció suplir todo. Nos tenemos que ir afuera, llevándonos más preguntas que las que habíamos traído, con la certeza de que esta nota será el fracaso periodístico mayor: será la de un cronista que no podrá explicar con palabras precisas lo que acaba de ver.
Charly, un interno, nos deja una reflexión que podría estar cerca de explicarlo todo. “El único momento en el que nadie molesta a un preso es cuando está durmiendo”, cuenta, para explicar luego. “Es así, ni los propios compañeros ni los guardias violan ese código, porque cuando el preso duerme puede estar soñando con que es libre. Y con eso no se jode”. Ya el guardia nos invita a la retirada.
Este contenido no está abierto a comentarios

