TRAS UN MANTO DE NEBLINAS
Por medio de la Ley Nacional 20.561 de diciembre de 1973, ratificada mediante el decreto 901/1984 de marzo de 1984, el 10 de junio solía recordarse en nuestro territorio el “Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, Sector Antártico e Islas del Atlántico Sur”. A fines de 2000, la Ley Nacional 25.370 derogó las anteriores y estableció el 2 de abril, recuerdo del desembarco militar en Malvinas, como el “Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas”. De este modo, 18 años después, la cúpula de las Fuerzas Armadas lograba en la neblina del silencio la victoria que las armas le habían negado en la bruma del mar.
UNO. ¿Cómo fue posible la Guerra de Malvinas?
27 de mayo de 1982. En palabras para la Radio Nacional de España, Ernesto Sábato declaraba: “No se engañen en Europa. No es una dictadura la que lucha por las Malvinas, es la Nación entera.” En el escritor, como en muchos, primaba el espíritu anticolonialista al espíritu antidictatorial. El ciego deseo popular de recuperar las islas apuntalaba el deliberado deseo militar de perpetrarse en el poder. Para la mayoría de los argentinos, Malvinas era un acto de reparación histórica y no un delirio militar. Del mismo modo, nacieron en situación de dictadura la teoría de los dos demonios, el “por algo será”, el “zurdos de mierda”, el “derechos y humanos”.
La situación de dictadura se acabó. Volvieron las urnas guardadas. Los argentinos, que casi unánimemente apoyaron la cruzada por Malvinas, expiaron sus culpas por medio de la figura de Galtieri. El responsable era el “borracho”. Bajo un manto de neblinas quedó la debida reflexión sobre la parte de culpa de una sociedad que avaló y vitoreó la guerra vaya a saber si por mero chauvinismo, esperanza de cambio, ceguera o deseo machista de darle una lección al “Principito” y a “La Dama de Hierro”. Nadie dijo “Galtieri invadió las Malvinas”, menos aún “los milicos invadieron las Malvinas y nos arrastran al desastre”. No. El grito era “invadimos las Malvinas”. La primera persona del plural asumía la totalidad del acto. Como en “Los Pichy – Ciegos” de Rodolfo Fogwill. La madre le anuncia al hijo: “Hundimos un barco” y el chico anota: “Mamá hoy hundió un barco.” El significante “Malvinas” fue el máximo colectivo de identificación nacional, la causa unificadora por excelencia. Pocas causas son tan argentinas como la convicción de que esas islas son parte del territorio nacional. Sólo que en este caso fue —como enunció Gabriel García Márquez— “una causa justa en manos bastardas”.
El consenso social no legitima la intentona de Malvinas, por el contrario, que se dieran las condiciones de posibilidad para la intentona de Malvinas debe hacernos reflexionar sobre nuestro papel. Para Galtieri y los suyos, como expuso José Pablo Feinmann, Malvinas “fue el intento de borrar las atrocidades de la guerra sucia con los laureles triunfales de una guerra limpia”. La guerra limpia fue la prolongación necesaria de la guerra sucia. El sueño castrense fue el mismo: ganar la guerra sin guerra alguna, sin adversario, como puertas adentro, ganar una guerra sin rivales, sin equivalencia.
En ese sentido, la complicidad entre gran parte de la sociedad argentina y los militares acordaba un pacto de sangre. Nosotros éramos capaces de consentir la muerte de inocentes so pretexto del mal menor: el orden extremo a la “anarquía”, la dictadura propia a la colonia ajena. “Bajo el estandarte de la soberanía —escribiría León Rozitchner— la enorme mayoría de los argentinos refrendaron con sus pobres vidas ateridas su pacto individual con lo más abyecto, bajo la apariencia de sostener los más elevados e “inmarcesibles” valores de la patria.”
El apoyo a la junta con la excusa del mal menor es distinto en grado pero similar en su naturaleza al “no te metás” y al “por algo será”. “Suponer que un tirano puede llevar adelante una causa justa es equivalente a suponer que un violador puede honrar un cuerpo hermoso”, ironizaría el psiquiatra Alfredo Grande.
Mientras se jactaban de la soberanía en la “perdida perla austral”, los títeres de fajina articulaban, en plena guerra, un programa de privatizaciones para 17 empresas del Estado. Entre ellas, las telecomunicaciones, los hidrocarburos, la electricidad, los ferrocarriles, las rutas, SOMISA. Los beneficiados: Pérez Companc, Techint, Grupo Macri, Astra, el Grupo Soldati. Lúcidamente Rozitchner propone: “La guerra de Malvinas fue ese intento de pasar de lo uno a lo otro, de la “guerra sucia” a la “guerra limpia”; a la guerra que limpie la abyección. Fue lo ilusorio de la salida que venía desde ese planteo el que les dictó la salida, no la realidad de recuperar una soberanía que ellos mismos derrotaron al derrotar desde el vamos a la propia nación.”
El desprestigio de la junta aumentaba día tras día. Dos días antes del desembarco en Malvinas, la CGT organizó una movilización masiva que desencadenó la represión del ejercitado aparato estatal. La empresa de Malvinas era el manotazo de ahogado del gobierno para perpetuarse en el poder. Su pretensión de ocupar las islas era proporcional a su pretensión de no desocupar la Argentina. Es Julio Cortázar quien afirma en la agencia EFE el 29 de abril de 1982: “Para decirlo en otros términos, lo que necesitaba en estos momentos el pueblo argentino no era que el Ejército y la Marina entraran en las Malvinas sino en los cuarteles; pero es bastante evidente que lo primero es un procedimiento dilatorio para seguir evitando lo segundo.”
La Guerra de Malvinas fue posible no sólo por la necesidad de los dos gobiernos contendientes de persistir en el poder sino porque socialmente se izaron las condiciones de posibilidad como se iza la bandera. Galtieri y la Thatcher se necesitaban mutuamente. Quien perdiera la guerra, perdería el trono. Y el destino tuvo matices de tragedia griega: cuatro días después de la rendición argentina, el 18 de junio de 1982, Galtieri renuncia a la presidencia porque, según sus propias palabras, no lo respalda el Ejército. Margaret Thatcher, en cambio, ganó las elecciones. En el campo de batalla, quedaron los cadáveres de 649 soldados argentinos y de 255 efectivos británicos. Había dicho desde el exilio Susana Viau que “estos tipos quieren lavar la sangre con sangre”. La sangre lava la sangre y los muertos se confunden con los muertos. En el mismo lodo, Juan López y John Ward, argentinos e ingleses, todos manoseaos.
DOS. La Normandía que no fue.
El 10 de junio de 1829, el entonces gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez firma un decreto por el cual dispone la primera comandancia política y militar en la islas Malvinas, nombrando a su frente a Luis Vernet, quien estaba trabajando en la colonización de Puerto Soledad. Cuatro años después, sin escrúpulo alguno, el Reino Unido invade las mismas, expulsando a la población y las autoridades argentinas.
Casi un siglo y medio después, el alza del espíritu nacionalista que había comenzado en la década de los ´60 —visible en el auge de la literatura argentina, las cátedras nacionales en las Universidades, el renacimiento del folklore, filmes como “Don Segundo Sombra”, “Argentino hasta la muerte”, “Martín Fierro”, “El Santo de la Espada”, la serie “Argentinísima”— llega a su cénit en 1973 con el regreso al sillón de Rivadavia de Juan Domingo Perón. Por ese entonces, se promulga la Ley Nacional 20.561, que establece el día 10 de junio como “Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, Sector Antártico e Islas del Atlántico Sur”. La fecha recuerda ese primer gobierno patrio sobre el distrito austral y objeta simbólicamente la presencia inglesa en aquellos lares.
Nueve años después, el 2 de abril de 1982, en el corolario del “Proceso”, la Argentina desembarca en Malvinas entre hurras y vítores de organismos, partidos y pueblo en general. Era la recuperación de las islas. El desembarco tenía la nostalgia del célebre desembarco de los aliados en la Normandía francesa. Eran vientos de liberación, pronto leve brisa, enseguida sofocón. Menos de tres meses después, el 14 de junio, el general Menéndez firmaba la rendición y el ocaso político del gobierno militar, que terminaría por ocultarse en el horizonte con la asunción de Raúl Alfonsín, en diciembre de 1983.
Justamente en marzo de ese mismo año, cuando los militares sufrían sus últimos días de mando en la tardía deslegitimación popular, por medio de la Ley 22.769, se declaró el 2 de abril como el “Día de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur”, recordando la Normandía que no fue, el primer aniversario de la “recuperación provisional” de la perla austral. Ese año, por única vez, se celebrarían ambas fechas.
El decreto 901/84 del 28 de marzo de 1984 devolvía el homenaje a Malvinas a su fecha original. Así se fueron pasando los años, las primaveras, aun cuando en el tintero quedara sangre para firmar la desmemoria. Y los amanuenses de la ingratitud, los escribas de la burocracia, mojaron la pluma en la sangre fresca. Tras un manto de neblinas, guiada por el faro castrense, la Ley 25.370 desembarcó en nuestras costas para liberar no ya unas islas perdidas sino la vergonzosa ignominia del fracaso castrense. Promulgada de hecho el 15 de diciembre de 2000, la Ley deroga el decreto 901/1984 y la Ley 22.769, y establece el 2 de abril como el “Día del Veterano y de los Caídos en la guerra de Malvinas”.
Nadie pareció estremecerse por el hecho. Sin embargo, con el mismo sadismo con que torturaban y desaparecían personas, los responsables de las fuerzas militares lograron encubrir con el celaje de los eufemismos del lenguaje su innoble derrota y hacerla pasar por homenaje de aquellos jóvenes que murieron antes, durante y después de Malvinas, víctimas de la comunión cobarde de muchos militares y civiles.
A 23 años de Malvinas, la desmemoria gana más y más adeptos, disfrazada de indiferencia o de recuerdo tergiversado. Esta Normandía que no fue y esta infamia encubierta, este luctuoso 10 de junio que, más allá de la bruma, no es 2 de abril, encierra —como bien dice Mempo Giardinelli— un “retroceso sutil que es más que un cambio de fecha: es renegar de la derrota, contribuir a la negación e impedir la síntesis. Es volver a falsificar, falsificando”.
TRES. Un engaño vergonzoso.
Un 2 de abril, en un bar de Buenos Aires, tras el manto de neblina del enésimo cigarrillo, cuenta el psicodramatista Manuel Bustos que escuchó la siguiente conversación entre una nena y su madre:
—Mamá, ¿qué son las Malvinas?
—Mirá, Luz, es complicado explicarte, pero resulta que en el año ‘78 le ganamos el Mundial a los ingleses. Ellos se quedaron con la sangre en el ojo y en el ‘82 nos quitaron las Islas Malvinas, que están en el Sur. Mataron a unos 30 mil muchachos. Y es por eso que las Madres se ponen un pañuelo blanco en la cabeza y marchan en Plaza de Mayo.
La anécdota no es menor. Hubo un proceso de desmalvinización en la Argentina. De la muerte innecesaria de 649 jóvenes soldados, de las heridas físicas y psicológicas de cientos de jóvenes, hoy quedan pedidos formales de soberanía y la preocupación por saber si habrá o no fin de semana largo. “Ahora vayan a casa y olvídense de Malvinas”, les había aconsejado un superior a los soldados sobrevivientes. No era fácil. Fue aun más difícil. Al volver con los suyos, los combatientes descubrieron la soledad que habita en el abandono. La sociedad aceptó sin perturbación alguna el regreso de sus propios muertos. Así dada, la aceptación no es más que resignación, no es más que derrota.
Según una investigación de Carlos Del Frade publicada en Argenpress, “ocho de cada diez veteranos de guerra están desocupados y hubo más de trescientos suicidios (…) Recién en 2004, los veteranos cobraron una jubilación de 920 pesos. Antes apenas percibían una pensión graciable. Durante dos años tuvieron los servicios del PAMI cortados a pesar de que ellos aportan 46 pesos mensuales para tener cobertura social”. “La feroz desilusión del regreso” se eternizó con la abrumadora indiferencia social.
El olvido de Malvinas, el proceso de desmemoria respecto a lo acontecido tras la neblina del Mar Argentino, es sintomático de lo que nos pasa actualmente. Como sociedad, el olvido de Malvinas tiene un carácter similar al olvido de la obscena alevosía menemista y a su consecuente e infundada reelección y casi re – reelección. Somos una sociedad de tristes silencios. “La vida de los hombres se edifica sobre algunos silencios. También la de las naciones. Silencios, es decir, voluntad de olvido que a veces es deseo de que los otros olviden lo que uno no puede olvidar”, expresaba el investigador Héctor Schmucler.
Las heridas de esa guerra —y de la situación de dictadura en general— no se cerrarán hasta que al juicio a los militares les siga el juicio al pueblo argentino. Como se dieron las circunstancias, el necesario juicio a las juntas fue nada más que un chivo expiatorio para lavar culpas y deslindar responsabilidades. No pudo darse dictadura tan profunda sin la complicidad de gran parte de los argentinos. Hay culpas mayores y menores, por supuesto, pero hay culpas en uno y otro. Y así como no pudo darse semejante genocidio sin la complicidad de ambas partes, tampoco pueden cerrarse las heridas sin la reflexión sobre el accionar y el omitir de uno y otro. Como concluye Mempo Giardinelli: “La imposibilidad de digerir el trauma me parece que no se debe sólo a la derrota sino a un sentimiento muy sutil: la vergüenza de haber aceptado un engaño tan doloroso”.
Donde habita el olvido, habita la posibilidad de volver a caer. No exagera León Rozitchner cuando manifiesta que “no habrá un destino diferente en la Argentina a no ser que también la mayoría de la población, comprometida en la aventura de las Malvinas, asuma la responsabilidad social de haberse convertido en cómplice de una guerra ofensiva conducida por unas fuerzas armadas compuestas de asesinos, ladrones y violadores, y haber quedado marcada, prolongando el genocidio militar, por el sacrificio de sus propios hijos”.
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