TROPAS ARGENTINAS EN HAITÍ: PRIMER PATRULLAJE ENTRE EL CALOR Y MARADONA
Pongan cara de que no los asusta nada, pero sean amables.” Así, en tono firme, el sargento le explicó a la tropa cómo debían comportarse en el primer patrullaje que harían por la ciudad. Poco más de treinta soldados —de los 70 argentinos que hay en Haití— estaban listos ayer, a las 9 de la mañana, para recorrer a pie las calles de esta ciudad, junto a sus pares canadienses.
Con uniforme de fajina, casco celeste —como usan todas las fuerzas de paz—, chaleco antibala, fusil FAL y pistola 9 mm, los soldados se treparon a los camiones de transporte de las tropas canadienses para el recorrido en el cuartel general de Canadá. Allí les dieron algunas instrucciones básicas —los canadienses están en el país desde la caída de Jean-Bertrand Aristide, el 29 de febrero pasado— y salieron a la calle.
Estos 70 soldados son la avanzada del total de 614 que llegarán a este país en el marco de la misión de paz de la ONU.
Mientras esto ocurría en las barracas de Canadá, en la antigua empaquetadora de algodón que hace las veces de cuartel argentino, el resto de los soldados seguían acondicionando el lugar: unos limpiaban un galpón para armar las duchas y los baños químicos, y otros sacaban maleza de los límites del predio de dos hectáreas, cercado por un paredón de ladrillos.
El soldado Ernesto Vasconcelos es de San Miguel y tiene 24 años. Lleva cuatro años en el Ejército, está casado y tiene una beba de cuatro meses, Nahyara. “Espero que nos traten bien. Yo estoy muy ansioso por salir a la calle y ver cómo nos reciben”, dice a Clarín mientras acomoda su fusil. A su lado, el sargento primero Vaca Espinosa limpia la lente de la mira telescópica de su Remington 700, capaz de hacer blanco preciso a 500 metros.
“Me estoy recagando de calor, es impresionante. Yo no pensé que era tanto cuando nos explicaban cómo era Haití en Buenos Aires”, dice un soldado que, con una sonrisa pícara, pide que no se conozca su nombre. “Se me recalentó toda el agua. Parece lista para tomar mate”, agrega mientras sacude la caramañola, sin saber si tomarla o tirarla. Apenas llevan 15 minutos caminando por las calles y son recién las 10. Los casi 20 kilos de equipo que cargan parecen demasiados para este hervidero.
El contacto con la población es como esperaba Ernesto: hay gestos de simpatía hacia los argentinos y obvias referencias al fútbol y a Diego Maradona. En una mezcla de inglés, francés y español, los canadienses le presentan al sargento Gustavo Velázquez —a cargo del grupo de 10 argentinos— a cada una de las personas con las que se cruzan.
“Mamaaaaaaaá”, grita muerto de risa un soldado agotado por el calor, mientras se protege a la sombra de un muro a punto de derrumbarse: en Gonaives todas las casas parecen a punto de desmoronarse. “Tu mamá no está aquí, está muy lejos”, le devuelve la broma Blanco, que es negro, que habla muy bien español y que acompaña a las tropas de puro aburrido.
No han caminado más de una hora por un barrio desvencijado por la pobreza y ya les alcanzó para saber qué hay detrás de los muros del cuartel: “Es impresionante la pobreza de este lugar”, comenta el cabo Héctor Jurado, que a sus 26 años creía haber visto todo.
Se asombran de los cerdos y las cabras, de los perros y los niños conviviendo en el mismo basural. De los olores a formol y orina, del polvo que se levanta de las calles y queda suspendido en el aire, espeso, de la mañana. Se asombran, también, de esos chicos de piernas flacas y panzas redondeadas que, pese a todo, muestran su mejor sonrisa blanca y saludan el paso del grupo.
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