Tu querida presencia
El tío Willy camina descalzo por un sembradío de frutales. Va a paso firme y de pronto se detiene en una hondonada. El tío es especialista en la vida de Ernesto Guevara. Muchas veces vienen de Europa a preguntarle lo que nadie por aquí le pregunta. Desde lo alto, hacia la depresión del terreno, puede verse donde marca el dedo índice de Willy. Es el lugar donde concibieron al Che. Willy ha escrito en unas hojas amarillentas, a mano, que Caraguatay es la isla donde venía el padre del Che. Dice que “está cargada de leyenda, de mitos, de magia. Tiene carisma. Es un lugar de mucha energía y de descollante hermosura. Su enclave coincide con un recodo que es fruto de dos fallas transversales de la meseta de Brasilia. Lugar volcánico lleno de correderas y pozos profundos. Una de las fallas geológicas que la atraviesa la ha partido en dos y la otra es el cauce del Paraná”.
El tío se emociona en el recuerdo. Muestra más lejos, donde la casa de los Guevara ha sido convertida en un dudoso parque provincial donde cobran la entrada para mostrar donde durmió o correteó uno de los más dignos de nuestra raza.
El periodista ambulante mira respetuoso hasta donde la vista se pierde y Willy cuenta que “ya no queda la casa hecha con cepos de madera que estuvo 20 anios abandonada”.
Los promotores de turismo, mientras Willy habla desde la hondonada, andan paseando turistas incautos que ya pagaron la entrada para que les den gacetillas con citas de Guevara.
El tío busca otras anotaciones y dice sobre un libro que escribió la mamá del Che, Celia, que “Tal vez sea lo mejor que leí del Che. Tal vez no se pueda escribir así, sin ser madre y abuela. Esta mujer le amó, como le amó su madre, como muchas y muchos le amarán. Tuvo un material de cartas y conversaciones íntimas… de la madre a solas con el Che. Encerrada en su larga agonía, conversó, habló con palabras entrecortadas que después esta mujer completaría. Su enfermera, sus hijas, hijos y nietos, sus amigos que tanto le buscaban para que ella se alegrara hablando de Cuba, de su hijo, de su sueño. Recordaría: “madre, de nuevo me encuentro rascando las costillas del Rocinante”. “He pulido mi voluntad con una paciencia de artesano”. La madre decía “no sé, no me ha escrito más. Debe haber encontrado su camino”.
Yo no me lo puedo imaginar, sigue Willy. ¿Será que la madre no lo vio en sus sueños escalando las cumbres de su gloria? Siempre con esa sonrisa socarrona, pero con una energía que haría estallar al mundo. Y sobre la ola que lo arrastraba, él tenía siempre ese grito, ese afán de reinvindicar al pobre, soltar al encadenado, igualar la balanza de la justicia. “Sólo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga “mi viejo”, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos como un muñeco de cuerdas, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea, y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón: ella lo comprende todo, uno lo sabe cuando escucha ese “mi viejo”…”.
Cuando el Che escribe esta última carta a su madre, la madre ya había muerto.
Él lo sabrá unos días después. Estaba justo antes de cruzar el Lago Tanganica, cuando se entera que su madre agoniza, y ahí escribe este pedacito de carta.
Uno sigue con la vista perdida en la Isla de Caraguatay y se entera que en las épocas de los capangas, es factible que este suelo prisionero le haya contagiado el espíritu revolucionario, porque eso es lo que Willy cree.
El tío ahora tiene otra anécdota que extrajo del libro de Benigno (lugarteniente del Che en la Sierra Maestra, en África y Bolivia). Cuenta que entre los dos fueron subiendo una cumbre de cerro altísimo y escarpado. Estaban lejos del campamento de Higueras buscando el camino de la fuga. Cuando llegaron a la cima se contemplaba un lejanísimo paisaje, profundo, maravilloso. El Che trepó a la cumbre y me gritó “sacáme una fotografía… alcanzáme el machete…” y blandiendo su arma como una espada, como un gigante, gritó “¡Aquí está Bolívar, mierda!”.
El tío Willy, a respetuosa distancia de donde se comete el atentado del turismo, se emociona tanto que parece que uno está ahí, arriba, en la cumbre alta, con Benigno, cerca del Che. Pero no es nada. Uno está acá, bien abajo, terrenal; pero eso sí, jurando que no va a protagonizar la ignominia de la visita guiada a la casa del que siempre nos guía.
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