TUMBEROS: EXTRAÑA ALIANZA
Según el testimonio de la madre de un preso que se encuentra albergado en Coronda, en la etapa procesal, el funcionamiento del sistema carcelario provincial, lejos de alentar la recuperación social de los detenidos, los empuja no sólo a cultivar el resentimiento y la furia, sino que en el funcionamiento del penal hay complicidades entre algunos reclusos y los guardias que vuelven la situación mucho más cruel aún.
De acuerdo con el relato de Mirta, su hijo de 24 años, que está por segunda vez en al Unidad Penitenciaria 1 desde hace tres meses, fue atacado por otro interno que le cortó el brazo derecho y, al verse cercado por otros presos que se le abalanzaban armados con chuzas, optó por arrojarse desde un tercer piso, lo que le produjo la fractura de las dos piernas. Todo el episodio transcurrió ante los ojos de un centinela –siguiendo esta narración– que, incluso, se río ante el desesperado pedido del joven para que le abriera la reja que daba al pasillo.
El relato se vuelve verosímil en el fuego cruzado entre los dos sectores del Servicio Penitenciario, el “dialoguista” (al frente ahora de ese penal) y el “duro”, que ganó la prensa en los últimos días a través de varias denuncias. Una de ellas, la promovida anteayer por la Coordinadora de Trabajo Carcelario de Santa Fe, pedía el traslado de un preso de Las Flores a los que los guardias golpearon y cuya vida corre peligro.
El ataque por el que Mario M. quedó el miércoles 4 de marzo, en el pabellón 12, con el brazo herido e inmovilizado (tiene los tendones cortados) y las piernas quebradas, tuvo su origen –tal como lo contó Mirta– en dos circunstancias: una huelga de hambre, en la que el detenido se cosió la boca, lo que las autoridades consideraron como un acto de rebeldía, por el que trasladaron al muchacho al pabellón 12 (el de los reos con peor conducta), y un altercado con un compañero del pabellón 7 sucedido hace un largo mes atrás. En ese entonces Mario, según contó su madre, acusó a otro recluso de robarle pertenencias, lo que este hombre negó. Cuando volvieron a encontrarse hace ocho días en el 12, el otro preso observó unas flamantes zapatillas Adidas que Mirta le había llevado a su hijo y le espetó que si quería permanecer allí tendría que darle el par a modo de peaje. Mario se negó y la respuesta fue contundente: “Andate o te mato”.
El muchacho sospecha, como se lo manifestó a su madre, que el ex compañero pudo haber actuado en complicidad con los guardiacárceles que vieron la huelga de hambre como una rebeldía. La hipótesis no es nada descabellada.
Tras negarse a entregar las Adidas, siempre según el relato de su madre, Mario recibió un puntazo en el brazo derecho que le desgarró los tendones y le llenó el cuerpo de sangre. Al girar hacia un costado, tratando de evitar una nueva estocada, el muchacho se encontró con otro preso que le alcanzaba una chuza y le decía: “Tomá, Marito, defendete”. Pero Mario respondió: “No, no voy a pelear”. Entonces levantó el brazo izquierdo y le hizo señas al centinela detrás de las rejas del portón. “Ábrame que tengo problemas, estoy herido, tíreme la barreta”, le gritó. La barreta se refiere al pasador que mantiene cerradas las puertas del pabellón. Pero el empleado se reía y Mario quedó a merced no ya de su ex compañero, sino de otros dos presos que avanzaban hacia él munidos de sendas facas, como se le llama en el ambiente carcelario a los cuchillos improvisados con los fierros que recogen del penal. Viéndose perdido, el joven, según contó Mirta, aceptó al fin la chuza que le ofrecía el otro preso, sopesó el arma en su mano izquierda y midió sus fuerzas contra los tres: por la herida del brazo derecho la sangre también se llevaba su energía. Entonces optó por arrojarse desde el tercer piso.
Primero se aferró a un caño de desagüe, por el que se deslizó hasta quedar a unos cinco metros del piso. Ahí flaquearon sus fuerzas y se hundió en el vacío. Cayó con las dos piernas, que se doblaron y crujieron. Tirado en el piso, le gritó a otros guardias que no sentía sus miembros inferiores. Recogió más burlas. Le ordenaron que se pusiera en pie y terminaron llevándolo en una camilla.
Dos días estuvo Mario en el hospital José María Cullen, de Santa Fe. Allí le dieron dos puntos, uno al principio del corte del brazo y otro al final. El brazo sigue inmovilizado (según su madre, porque no unieron los tendones). Lo enyesaron y lo devolvieron a Coronda, al pabellón donde funciona la enfermería. En estos momentos el detenido depende de otros dos que lo ayudan a asearse y a moverse, porque no dispone de silla de ruedas ni muletas para desplazarse y tiene que arrastrarse hasta el baño.
Mirta, que teme por la vida y la salud de su hijo, declaró a este medio que Mario es adicto, pero que no recibe ningún tipo de atención psicológica en la cárcel.
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