UCRANIA: EL PRESIDENTE PIENSA EN NUEVOS COMISIOS Y HAY FIESTA EN KIEV
Cafecito, chocolate y cerveza para darse calor. Bajo la nieve y con música de todos los géneros brotando de los parlantes, la plaza de la Independencia en Kiev sigue tomada por una marea humana color naranja. Hombres y mujeres de todas las edades que estallaron en la enorme explanada cuando las pantallas gigantes mostraron al vocero de la Corte Suprema anunciando que el tribunal iba a tratar la denuncia de fraude presentada por la oposición.
Aunque todos esperaban el fallo para ayer, la Corte aceptó el caso pero postergó la definición al menos un día. La demora legal habilita nuevos carriles de diálogo entre los protagonistas del conflicto, cuando se cumplen 9 días del inicio de la crisis que se disparó el 21 de noviembre con multitudes fervorosas que tomaron las calles de Kiev en rechazo del resultado oficial que daba como perdedor a su candidato, el prooccidental Víktor Yuschenko.
Ayer, cada vez más apretado por el inesperado protagonismo que su pueblo se ganó en la prensa internacional, el presidente Leonid Kuchma admitió por primera vez la posibilidad de llamar a nuevas elecciones. “Si realmente queremos preservar la paz y el acuerdo, y queremos construir una sociedad democrática legítima de la que tanto hablamos (…) entonces, realicemos nuevas elecciones”, dijo.
Kuchma advirtió que la prolongación de la crisis comienza a tener efectos en una economía que recién ahora parecía estar husmeando un horizonte grato. En estos primeros meses, el PBI de Ucrania creció un 12,7% y la producción industrial un 13,6%. Merced al conflicto, ayer la gente salió a vender sus hryvnyas (1 dólar = 5,35 hryvnyas) y a cambiarlas por euros o dólares. El presidente está asustado y dijo que si esto no se resuelve pronto todo puede derrumbarse “como un castillo de naipes”.
Nadie quiere sangre, tampoco el candidato oficialista y aliado del Kremlin, Viktor Yanukovich, todavía premier y reconocido originalmente por las autoridades electorales como ganador de los comicios. “Si hay una sola gota de sangre, no podremos detener el torrente que seguirá a eso”, dijo ayer en calidad de improvisado poeta, más cerca de la natural preocupación por una posible guerra civil que de la lírica eslava.
A pocas cuadras de la fiesta mayor hay otros espacios de manifestaciones. Cada uno de los edificios del gobierno involucrados en la crisis está paralizado por festivos piquetes que les impiden el paso a los funcionarios. Todo se vive naranja.
Solitos —tienen entre 15 y 19 años—, los tres adolescentes cruzan el parque que rodea el edificio del Gabinete de Ministros mirando asustados. Agitan tímidamente banderas azules y blancas, que son los colores del oficialista Víktor Yanukovich, el malo de la película para la clase media ilustrada que vistió a Kiev de naranja. Desde acá se escucha el latido batiente de sus corazones.
“Nosotros queremos que siga Yanukovich porque nos garantiza estabilidad”, dice Yuri, el mayor. Dicen que nadie los amenazó. “En nuestras casa piensan como nosotros”, recita Stass, piel muy blanca y brazos y piernas larguísimos. No era necesario que lo aclarara.
En este país de más de 600.000 kilómetros cuadrados y unos 49 millones de habitantes, una profunda grieta divide a esta población, acostumbrada al honor y al sometimiento por igual. Aquellos que apoyan al oficialismo no están dispuestos a que sea otro candidato el que los mande. Así, las localidades del este y algunas del sur quieren llamar a la federalización que les permita promover autonomías.
El industrial y sacrificado este, donde el ruso es lengua dominante, se resiste a abandonar siglos de apego a Rusia. Muchas ciudades están más cerca de la frontera rusa que de la capital que ahora rumia al ritmo de los sueños de libertad y democracia.
Kuchma habló de nuevas elecciones, pero no descartó un nuevo recuento de votos. Es complicado: aparentemente, según la Constitución, no es posible convocar solamente a un nuevo ballottage. Hay que llamar a nuevas elecciones y los dos Viktor, Yuschenko y Yanukovich, deberían quedar fuera de carrera.
Los cientos de miles de personas que llenaron ayer una vez más la maidan o plaza de la Independencia no parecen dispuestos a sacrificar a su candidato opositor, quien otra vez subió ayer al escenario para pedirles que resistan. Su joven esposa, con trenzas recogidas sobre la cabeza, lloró frente a la multitud. Todos (los Yuschenko y las 300 mil personas allí reunidas) saben que el político es más un símbolo que el hombre por quien la mayoría pondría las manos en el fuego. “Yus- chen- ko”, bramaban. La nieve caía sobre ellos.
En la calle Lutteranska, a la vuelta del Tribunal Supremo, está Tatiana. Tiene 58 años y es médica. Cree en Yanukovich. Su rostro es el de una muñeca rusa algo pasada de edad. Abrigo gris hasta los tobillos, gorro de zorro, se pelea coquetamente con Anton, bufanda naranja y varios litros de cerveza en la sangre. Discuten y alrededor se suma gente.
Anton elige abandonar: es claro que no va a convencerla. Entonces, parte su chocolate en dos y le convida. Otra mujer grande, pelo rubio gastado, no es tan considerada y le grita a Tatiana:”¡¡¡Sinvergüenza: deberías pensar en tus hijos y tus nietos!!!
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