UN "ALBINO LOCO" SUELTO EN EL PARANINFO
Todo estaba preparado para recibirlo. Los primeros pasos del ritual ya se habían dado. La inminente presencia del brujo de sonidos hacía que la espera se sienta eterna. Aunque todavía no se oían notas, en la sala ya se respiraba música. Las palmas irrumpieron en el bullicio de la previa y los invitados al convite de sonidos estaban listos para degustar el plato de la noche.
La melodía de una trompeta comenzó a cautivar los oídos de los melómanos. Hasta un perro vagabundo, que suele frecuentar el paraninfo, se había enterado que en sus discos, alguna vez incluyó a animales, e intentó ser parte del recital.
Hermeto Pascoal, ese talentoso multi-instrumentista que alguna vez deslumbró a Piazzolla y a Miles Davis, capaz de robarle melodías a un vaso de agua o a un juguete para bebés; dejó el viernes por la noche sin palabras al público santafesino que agradeció eufórico cada una de sus experimentaciones sonoras.
Todos los que asistimos al concierto sabíamos que éramos parte de un momento histórico para la ciudad de Santa Fe. No sólo es uno de los compositores más importantes de la música contemporánea, además sus espectáculos son una experiencia única e irrepetible. Buscarle una lógica a un recital de Hermeto Pascoal sonaría casi irrisorio. Sus repertorios suelen ser impredecibles, pero quizás, inconscientemente, el compositor brasilero intentó demostrar que la música no tiene límites. Su recorrido interpretativo nos permitió ser testigos de ejecuciones que transitaron desde instrumentos convencionales -como el sonido inconfundible del piano- hasta la melodía que su boca puede generar soplando una tableta de chicles.
En los primeros temas sus manos acariciaron las teclas del piano, demostrando su capacidad interpretativa al fusionar cadencias armónicas clásicas con melodías improvisadas. En un momento, Hermeto Pascoal dejó explícito que el piano no le alcanzaba para transmitir sus necesidades expresivas. En una sucesión de escalas llegó hasta la tecla más aguda y siguió tocando más allá de los límites propios del instrumento, para culminar el tema percutiendo en la caja del sonido. El público comenzaba a sentir que aquel recital no sería uno más.
Y de esta manera aparecieron los temas interpretados con la flauta baja, con un silbato de madera, con un cuerno de buey y con una pava que tiene en su pico una boquilla de trombón. Su búsqueda en los soportes sonoros fue tan particular que llegó a alterar el sonido del piano tirando sonajeros y hasta su sombrero sobre las cuerdas del instrumento.
En la mitad del concierto entró en escena su mujer, Aline Morena, con una viola caipira de diez cuerdas. En el tema que interpretaron juntos, ella fascinó al público con el dominio superlativo de la voz que seguía celosamente el pulso acelerado de la melódica (parecido al acordeón) en la ejecución de Hermeto. Otro de los músicos que participó fue su hijo Fabio, que utilizó como instrumento de percusión un tacho plástico de basura. Una muestra más de que la música es una forma de vida de los Pascoal.
Pocas veces uno es testigo de un diálogo tan fluido entre el artista y el público. Cuando ese duende entrañable se retiró del escenario, la gente espontáneamente comenzó a corear el típico canto popular “Hermeto no se va, Hermeto no se va….”. Para sorpresa de todos, el Albino loco -como alguna vez lo bautizó Miles Davis-, se sentó al piano y compuso un tema tomando como línea melódica el reconocimiento de la gente.
Como broche final, el músico brasilero, bajó del escenario y ofició de director de una orquesta donde las voces del público se transformaron en sus instrumentos.
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