UN “CACHO” DE TROMPETISTA
Apareció con la embriaguez que suelen provocar los recuerdos de la infancia y la juventud, que transcurrió en las inmediaciones de esta redacción. Alberto “Cacho” Garramuño nació y se crió en 25 de Mayo, entre Cándido Pujato y Mariano Comas. En el viejo barrio, descubrió que subsistían la panadería de Chignoli y la bicicletería de Azarloza. También lo emocionó el encuentro con Zulma Poldi, “una maestra jubilada que me conoce desde chico”.
A los 21 años, Alberto Garramuño renunció a la Banda de Policía que entonces dirigía el maestro Mario Renzuli, hizo las valijas, guardó su trompeta en el estuche y dejó el barrio rumbo a Buenos Aires, adonde vivió treinta años. Fue en 1964.
Primeros pasos
Había alcanzado a participar en la gran fiesta de las orquestas santafesinas, cuando animaban bailes casi con periodicidad diaria, antes de que la invasión de los instrumentos electrónicos las desplazaran con planteles reducidos. Y tuvo la propia, llamada Sonora de oro, que se especializaba en el género tropical. La integraban algunos músicos debutantes, como Oscar Bergesio en timbaletas, cuya carrera como percusionista se frustró tiempo después al convertirse en periodista deportivo. No se sabe si es una deuda del deporte con la música, o de la música con el deporte. “Era respetuoso y gran persona, y en ese tiempo no hablaba de fútbol, sino de música”, lo recuerda. La segunda trompeta era Daniel Aprile, actual titular del Súper 2000.
“Cacho” ya había empezado a tocar en el cabaret con el ilustre pianista Quique Sosa, mientras terminaba sus estudios en el Liceo Municipal, donde aprendía trompeta con el paranaense Juan Cavalaro. “Como tenía un tío en Buenos Aires, también viajaba y tomaba clases con José Granata”, cuenta, citando a uno de los grandes trompetistas argentinos.
Fue a Buenos Aires porque había ganado un concurso que le permitió ingresar a la Banda Sinfónica de la Policía Federal, adonde estuvo 13 años, hasta que se retiró, “porque tenía mucho trabajo de orquesta”.
Sin embargo, “después me llamaron desde La Plata para un reemplazo en la Banda Sinfónica de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, donde al final me quedé contratado durante once años”. Entre las razones que lo movieron a quedarse, figuraba su encuentro con los músicos que integraban Los Comandantes, que venían a constituir la orquesta de jazz de la banda policial, en los mismos tiempos en que dicho organismo contaba con el bandoneón y los arreglos del gran Eduardo Rovira, un vanguardista del tango que nunca gozó del reconocimiento pleno que merecían sus experiencias, en particular, luego de su temprana muerte.
El mejor maestro
“Un día me dijeron que estaba en Buenos Aires un uruguayo que venía de la orquesta del Sodre y que había ganado el concurso para solista de la Filarmónica del Teatro Colón. Fui al Conservatorio Municipal de La Lucila, donde enseñaba, y me encontré con que estaban el Gordo Fernández, Gustavo Bergalli y Oscar Serrano, que habrían de situarse entre los principales trompetistas argentinos. Habían ido los trompetistas `vivos’ de Buenos Aires; los otros, no”.
El “uruguayo” era nada menos que Wilfredo Cardozo, el maestro de trompeta más trascendente que tuvo el país y que formó a varios metales de nuestra ciudad. “Fue mi profesor durante nueve años, y también mi amigo”, comenta con orgullo.
Trabajo de orquesta
“En Buenos Aires tuve que hacer de todo. Estuve un año en la orquesta del foso del Teatro Nacional, en los espectáculos de revista, y otro año en canal 9, en el programa `Buenas Noches, mi país’ de Carlos D’Agostino”. También viajaba a Montevideo para “hacer trabajo de orquesta, cualquier cosa: si había que tocar de oído, tocaba, y si había que leer, leía, siempre que pagaran”.
En aquel tiempo existía, además, el trabajo de confiterías, y pasó por Sans Souci, Jezabel, Mi Club y Cabildo. También estaban los cabarets del bajo, “adonde llegaban los johnnies con dólares en el bolsillo”.
Con los grandes
Garramuño tuvo la oportunidad de conocer a grandes figuras internacionales de su especialidad, como Harry James, su ídolo. “Soy un enamorado de lo melódico y fanático de Harry James -dice-. Cuando vino a Buenos Aires estuve con él y le compré la Vincent Bach a Nick Buono, el primer trompeta de la orquesta, un italiano radicado en Estados Unidos. También estuve a punto de comprar la trompeta de Harry James, una King que lleva su nombre grabado en la campana, pero me ganó de mano el Gordo Fernández, que sabía más inglés y era más atropellador, y que se la cambió por una Bach”.
Al cubano Arturo Sandoval “lo seguí como perro faldero y me pasó secretitos”, en tanto que aprovechó para tomar clases cuando vino el argentino Benny Barbará, radicado en Canadá.
Al mexicano Rafael Méndez, virtuoso entre los virtuosos, le preguntó qué había que hacer para tocar como él. “Estudiar, estudiar, estudiar”, le contestó. Y Garramuño afirma: “Yo le agregaría: y también hay que saber estudiar”.
En Santo Tomé
Cuando partió, hacía cuatro años que estaba de novio con Lidia Muchiut, una chica de Santo Tomé con la cual se casó al mismo tiempo que hacía las valijas. Con ella regresó otra vez a la vecina ciudad, en compañía de Nancy Lorena, la hija que tuvieron en Buenos Aires.
Actualmente, Alberto Garramuño dicta clases particulares de trompeta y también a domicilio, en Córdoba 1696, de Santo Tomé, adonde pueden concurrir los interesados, o llamar al teléfono 474-1718 (familia González, hasta mediodía). Enseña, además, en el Conservatorio de Arte Ideas, en Sarmiento y Saavedra, de Santo Tomé.
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