UN DÍA DE FÚTBOL
Un animador (?), periodista (?) local, o algo así, desde una radio importante grita cosas que no recuerdo. Es que, es de mañana y, queda dicho, estoy recién levantado. Atino a cambiar de estación, pero el conductor radial logró su cometido: con su voz de pito me dejó bien despierto. Ahora hay una radio porteña sonando en el equipo musical. Un periodista deportiva dice que “fuera de todo localismo, a los mexicanos de Santos Laguna, los robaron”. El conductor del programa, que no grita como el que me despaviló unos minutos antes, invita a ver las imágenes para certificar lo que dice su compañero.
Salgo a la calle. En la playa de estacionamiento, el muchacho que acerca el ticket amablemente al auto me pregunta: “¿Y, cuánto tenemos qué poner para salvarnos del descenso?”. Sonrío a su preocupación tatengue y con cortesía matinal le digo que no sabría contestarle a su pregunta. El insiste que “tenés que saber… porque ahí en la radio saben todas esas cosas”. Camino ahora por la peatonal. Un amigo se asoma por Tucumán, con apuro de yuppi en zona de bancos. Le pregunto que cómo anda, que qué hace de su vida, que tanto tiempo…
Me responde “yo pensé que Vignatti antes de irse iba a comprar un campeonato”.
Sonrío y agrega: “le faltó la frutilla del postre al Gringo, no puede ser tan
boludo”. Luego afirma, como se intuía por su paso, que anda de prisa.
Antes de irse suelta “digan ustedes, los periodistas, que los jugadores de Colón no quieren jugar de visitantes”. Quedo contrariado. No me dijo cómo andaba, me digo. Después reflexiono: ¿quieren jugar solo de locales? ¿de visitantes no quieren y en casa sí? ¿sería cómo comer mucho en la mesa propia y cuando nos invitan afuera picar pan? ¿sería como ir contra uno mismo?.
Camino para el lado de las librerías, pero otro viejo conocido me obliga a cambiar el paso. “Vamos a tomar un café”. Buena idea. Entramos. Dice mi viejo conocido “a ver si estos pelotudos de los dirigentes ya le pusieron guita a Tiro Federal”. No comprendo. Miro sin contestar. Él entiende que yo no comprendo y me dice sin que sea necesario alguna pregunta mía: “Tiro juega con Los Andes… a esos hay que ponerles. Una luca cada uno y a la bolsa, hermano”.
El mozo ya nos conoce y aclara que él, aún cuando es de Colón, cree que mi viejo conocido tiene razón, que acá hay que poner porque el oprobio del descenso no se tolera. Desde la bien santafesina mesa de al lado también hablan de fútbol. Un tipo de bigotes gruesos como los de Massat y, por lo visto, parecidas intenciones, jura que “los últimos partidos de Unión ya están todos arreglados”. Otro, con maletín de visitador médico, asiente y agrega: “viste que le tuvieron que pedir plata al Viejo”.
Mi vista se detiene en el televisor del bar y mi oído se aparta un rato de las conversaciones de otras mesas. Están pasando los penales de River – Santos Laguna. Para no ser apologista de nada, me interrogo hacia mis adentros por qué no reaccionó Luchetti, el arquero argentino de los mexicanos. Cómo hizo para no saltar sobre el cuello del juez de línea. Qué templado el carácter del muchacho ante semejante despojo!! Vuelvo la vista hacia la mesa a la que ya se han sumado dos comensales más veteranos. Ellos recuerdan partidos de otros tiempos.
Uno con Sarmiento de Junín, el que se dice de Unión. El otro, el de Colón,
maldice a un referí de apellido Calabria con rencores de más de dos décadas.
En otra mesa, un veterano de anteojos gruesos por poco se mete en las narices el diario de la mañana. Está con un pibe que no ha de tener más de 13 años pero cada uno atiende su juego. El viejo lee. El pibe escucha la conversación futbolera (?) de nuestra mesa. Entrometido, el chico dice que Madorrán vendía los partidos. Hasta que el viejo lo interrumpe para compartir su lectura con los parroquianos: “Vieron lo que dijo Ducatenzeiler, el presidente de Independiente?”. Todos le posamos la mirada en el diario. Entonces, dominador de la situación, como periodista con primicia en sus manos, lee en voz alta con la vista bien cerca del papel cada una de las denuncias del mandamás de los rojos de Avellaneda contra los popes de la AFA.
Es hora de ir hacia la rutina del trabajo. En la radio, los muchachos
organizan una simpática polla para juntar unos pesitos. Todos se entusiasman poniendo casilleros a la usanza del viejo Prode de Manrique. Mientras ejercitan las cruces sobre el papel, varios comentan “a Huracán y Ferro les pongo empate porque seguro van a arreglar el empate. Si les conviene a los dos…”. De pronto entra otro de los muchachos y convida con un picado entre amigos para el viernes a las 14. Lo veo entusiasmado anotando posibles protagonistas, consiguiendo la cancha, consultando sobre los horarios disponibles. Acepto la invitación, pese a mi pobre estado físico y mis discretas condiciones. Es que, se está por terminar un día y no soporto transcurra sin que hablemos de fútbol.
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