UN EX LAVACOPAS RECHAZÓ UNA HERENCIA DE 2,5 MILLONES DE EUROS POR ODIAR A SU MADRE
Ayer, los italianos no hablaban de otra cosa. Acostumbrados a los escándalos que se suceden a diario en la península, es difícil que el país se conmueva. Pero la conmoción es espectacular después que un diario inglés ubicó a Angelo Piroddi, de 46 años, ex lavaplatos y hoy modesto empleado de Thames Water, la empresa que abastece de agua potable a Londres. Ante su interlocutor, Angelo rechazó olímpicamente la herencia de 2,5 millones de euros que le dejó hace ocho años su madre.
Al periodista Martin Beckford, del “Mail on Sunday”, que logró entrevistarlo en Reading, el barrio londinense donde vive, el sardo que hace 16 años se hartó de su familia y escapó a Londres “a trabajar de lo que sea” con tal de irse a vivir lejos, confirmó: “No quiero ese dinero. No sé, lo daré en beneficencia o a otra gente. No amo a las personas que me han dado la herencia. Mi madre me creó siempre problemas cuando estaba viva y me los sigue creando después de muerta. Prefiero seguir pobre”.
Muchos italianos se preguntan si está loco. Otros consideran ofensivo que trate así a la memoria de su madre, que es la más grande institución italiana. El país del Papa y de la “mamma” ha quedado estupefacto. No faltan las bromas: un cómico sugirió por televisión “quitarle la ciudadanía, porque ningún italiano verdadero rechaza una fortuna tan grande”.
En Barisardo, en el corazón de Cerdeña, el pueblo está soliviantado por el caso. La familia Piroddi había emigrado a Francia donde nació Antonio. Allí sus padres hicieron mucho dinero en el comercio. Después decidieron regresar a Barisardo.
Los vecinos dicen que Antonio era “un tipo muy bueno” aunque algo extraño, introvertido. La mujer que cuidó a la madre, Anselma Chiai, hasta su muerte por un cáncer a los 66 años, el 24 de julio de 1998, dijo a la prensa italiana que “la ‘mamma’ quería mucho a su hijo y siempre tuvo la esperanza de volver a verlo”.
La muerte de su hermano menor en un accidente de tránsito desquició psicológicamente a Antonio, quién se entendía poco con sus padres. En 1992, a Anselma Chiai le llegó la última carta de su hijo, quién tres años antes se había evaporado sin dar noticias. “Estoy viviendo en Londres. Estoy bien y soy feliz. Trabajo como lavaplatos en un restaurante italiano. No es el oficio más ambicionado del mundo, pero a mi me gusta”. En la carta, Antonio pidió a su madre que no lo buscara, y se despidió para siempre.
La mujer ya estaba enferma de cáncer. El marido, Livio Piroddi, padre de Antonio, había muerto sin que el hijo lo supiera. Anselma se llevaba también mal con sus numerosos parientes. El 12 de diciembre de 1993 escribió su testamento, nombrando único heredero universal a su hijo. De puño y letra aclaró en el testamento: “No quiero en manera absoluta que ninguna parte de mis bienes vaya a mis hermanas, ni a mi madre ni a los otros parientes”.
El abogado Giancarlo Piroddi, que no es un familiar, buscó pero no encontró a Antonio hasta ahora. Hace un mes el caso se reanimó cuando las hermanas de Anselma Chiai, expresamente dejadas de lado, plantearon su interés en la herencia, en ausencia del sobrino. Ahora todo ha cambiado. El abogado espera que al menos lo llame para decirle qué quiere hacer con tanta plata.
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