UN FARO EN LA NEBLINA
Cinco años cosidos a retazos, de sueños y cinemas paradisos.
Cinco años cumplidos en el brete de romper el fango de la neblina.
Tal vez Joaquín Sabina le pondría otras palabras pero lo cierto es que concluyó la quinta Santa Muestra y el faro, que durante ocho días iluminó las orillas del cine santafesino, vuelve a cerrar su ciclópeo ojo hasta el próximo año.
En el entremés, arribaron al cine América 50 títulos, entre cortos, medio y largometrajes argentinos y extranjeros. Un porcentaje nada despreciable de las casi 400 proyecciones que se dieron cita en el séptimo Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI).
EL FARO
Selección del mismo, la 5ta. Santa Fe Muestra se propuso como objetivo central proyectar aquellas películas de difícil circulación en el circuito de exhibición tradicional. Entre los filmes pudieron apreciarse una decena de obras para destacar: “Juan, como si nada hubiera sucedido”, de Carlos Echeverría; “Cama adentro”, de Jorge Gaggero; la malaya “The beautiful washing machine”, de James Lee; “Viaje a Marte”, de Juan Pablo Zaramella; “Hollywoodism: Jews, Movies and the American Dream”, de Simcha Jacobovici; “The Corporation”, de Jennifer Abbott y Mark Achbar; “La vida por Perón”, de Sergio Bellotti; y “Como pasan las horas”, de Inés de Oliveira Cèzar. La mayoría no volverá a pisar tierras santafesinas.
Además, con especial énfasis, merecen su mención tres realizaciones inusua-les. En primer lugar, “Monobloc”, de Luis Ortega, segundo opus de una tri-logía iniciada por “Caja Negra” y que culminará con “Recuerdos desde mi muerte”. La obra, deudora según su propio autor del cine de Leonardo Fa-vio y con ciertos trazos oníricos de los mundos de David Lynch y Rainer Fassbinder, exacerba algunos propuestas estéticas del cine nacional reto-madas a principios del siglo XXI por trabajos como “La Ciénaga”, de Lucre-cia Martel o “Picado Fino”, de Esteban Sapir.
Luego, el dueto de entrevistas de André Labarthe, denominadas “John Cassavetes” y “Kandinsky entr´aperçu par André Labarthe”, en el que uno de los inadvertidos representantes de la Nouvelle Vague —junto a Jean-André Fieschi y Luc Moullet, a la sombra de François Truffaut, Eric Rohmer, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol— pone en juego su idea del arte como diálogo.
Mientras la primera es un enérgico encuentro con el director nor-teamericano de “Faces” y “Shadows”, exponentes cumbres del cine independiente norteamericano; la segunda, en gran contraste, es un diálogo contemplativo con los cuadros de Vassily Kandinsky, en la búsqueda por indagar aquel principio de la abstracción que uno de los fundadores de “El Jinete Azul” (Der Blaue Reiter) —un grupo de artistas entre los que figuran Franz Marc, August Macke y Arnold Schönberg— definió en su libro “De lo espiritual en el arte” (1911) como la preocupación por conocer qué ocupa el lugar del objeto cuando éste desaparece.
Por último nos queda “Hitler’s Hit Parade”, de Oliver Axer y Susanne Benze, en la que se pone sobre el celuloide un análisis irónico de la Alemania Nazi y de la maquinaria massmediática puesta al servicio de la barbarie y el genocidio.
LA NEBLINA
A pesar de la valía del acontecimiento, la Muestra no nos debe obnubilar y hacer olvidar de la neblina. ¿Y por qué la neblina? Porque la importancia de la muestra adquiere dimensiones mayores frente al estado actual de la estructura de la exhibición cinematográfica en la Argentina y muy puntualmente en Santa Fe. Así como el BAFICI es un paliativo de cine “independiente” para las víctimas de 355 días de cine “hegemónico”, Santa Fe Muestra redondea en ocho días un porcentaje significativo no sólo de los estrenos del año sino, sobre todo, de las producciones cinematográficas ajenas a las industrias norteamericana, argentina y, en menor medida, francesa, brasileña e inglesa.
En el país, las grandes cadenas de exhibición —Cinemark, Hoyts, Village—son dueñas del 85% del mercado. No es menor recordar que los propietarios de las ventanas de comercialización son quienes determinan finalmente lo que se oferta en el mercado. Contrariamente a lo que se expone y se discute, el problema principal no es que sean exógenos o norteamericanos los productos que se exhiben sino que las estructuras mismas de exhibición —sin olvidar las de producción y distribución— sean foráneas.
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