UN GRAVE DILEMA PARA EL VATICANO: ¿PODRÁ RENUNCIAR JUAN PABLO II?
Los médicos que lo asisten están preocupados por el presente y miran con pesimismo el futuro. La laringitis que cerró el martes por la noche la garganta de Juan Pablo II, poniendo en peligro por sofocamiento su vida, es un episodio serio que probablemente el Papa podrá superar en los próximos días. Pero al regresar al Vaticano estará peor que hace una semana, cuando también él fue víctima de la epidemia de gripe que afecta a millones de italianos y europeos en este duro invierno boreal.
“Los techos de la recuperación son cada vez más bajos”, constató ante Clarín un veterano diplomático que tiene buenas entradas en el casi hermético mundo vaticano.
“El Santo Padre ha vivido mucho pese al atentado y a las otras duras pruebas físicas que afrontó con tanto coraje, a sus esfuerzos y sentido del deber. Hoy es el más grande testimonio viviente del sufrimiento humano. Pero la edad anciana (el 20 de mayo debe cumplir 85 años), el debilitamiento progresivo y el mal de Parkinson avanzado, hacen cercano el final”.
El clima de final de reino se vive aquí con discreción y con la melancolía de que un pontificado histórico está concluyendo. Resignación y oraciones es la receta que se difunde en el mundo católico más consciente de cual es la verdadera situación.
Los especialistas señalan que el avance inexorable del Parkinson hace rígidos los músculos faciales, de la mandíbula y de la garganta, dificultando la deglutición e inundando de saliva la boca del enfermo lo que favorece los sofocones. La inmovilidad del Papa, que ya no camina, contribuye a agravar su estado. Los pulmones se han convertido en su punto más débil. Padece un enfisema senil que le va restringiendo el área de intercambio pulmonar entre el oxígeno y el anhídrido carbónico.
Los médicos le hacen drenar con una cánula los pulmones que con frecuencia se llenan de agua. Estas dificultades pesan cada vez más sobre el corazón, pese a que el sistema cardiovascular de Karol Wojtyla ha sido el arma más poderosa de su físico, otrora templado por los movimientos y la energía vital, tanto que era llamado “el atleta de Dios”.
El área intestinal del pontífice -que sufrió importantes operaciones cuando el atentado a balazos de mayo de 1981, la extirpación de un tumor una década más tarde y una operación de apendicitis-, es la otra parte del físico del pontífice que preocupa a los médicos, porque la fragilidad del paciente puede producir un bloqueo intestinal, como ocurrió en el verano de 2003, y obligar “in extremis” a una operación que podría ser fatal en un organismo en condiciones tan precarias.
Las dificultades para hablar después del episodio de la laringitis se han hecho más serias y comprometen aún más la capacidad de comunicación del Papa, aunque la regla del optimismo a ultranza en las cumbres vaticanas aseguren que Juan Pablo II mantiene firmes, bajo su control y guía, las riendas de la Iglesia. La realidad es por supuesto diferente y el triste ocaso plantea una vez más un dilema tremendo para la Iglesia: la renuncia del pontífice, imposibilitado de ejercitar sus funciones.
Hasta el hartazgo se dice y repite que el Papa no tiene ni vices, ni vicarios, ni reemplazantes ni sustitutos. Es un monarca absoluto por derecho divino, con poderes y facultades prácticamente sin restricciones. El canon 332 del Código Canónico establece que el Sumo Pontífice puede renunciar libre y autónomamente.
En 1997, cuando el Papa hizo uno de sus viajes a Polonia, su patria, en Cracovia varios enviados, entre ellos Clarín, supieron y escribieron en sus medios esta versión nunca desmentida. En un acto de responsabilidad, consciente de la potencial gravedad del mal de Parkinson que lo afectaba, Karol Wojtyla había entregado dos copias de su renuncia a su secretario polaco, monseñor Stanislaw Dziwisz, persona de su íntima confianza, y al camarlengo de la Iglesia, el cardenal español Eduardo Martínez Somalo, cuya misión es gestionar la llamada sede vacante en el breve período que transcurre entre la muerte de un Papa y la elección de su sucesor.
No se sabe cuándo Juan Pablo II escribió esa renuncia, destinada a hacerse efectiva sólo en caso de quedar inconsciente en forma permanente o con una invalidez tal de impedirle el ejercicio del papado. O sea que si es necesario, según la versión, existe un documento que permitiría poner en marcha el mecanismo de la sucesión.
Sería un enorme trauma, porque el último Papa cuya renuncia se recuerda fue Celestino V, que dimitió tras solo cinco meses de gestión, el 13 de diciembre de 1294 y murió encarcelado por su sucesor.
Pero la renuncia evitaría el fatal infarto institucional de una Iglesia paralizada por la agonía de un Papa que puede durar demasiado tiempo.
En aquel momento en Cracovia también se difundió otra versión complementaria. El Papa, ex cardenal arzobispo de Cracovia, la segunda ciudad de Polonia, también habría visitado en la catedral de la colina del Wavel, donde están los sepulcros de los grandes padres de la patria, un lugar que habría elegido para su propia tumba. O sea que tras los funerales en el Vaticano, los restos de Karol Wojtyla no tendrían como destino las grutas vaticanas, cerca de la tumba de San Pedro, y donde están sepultados la mayoría de los pontifices, sino la catedral de Cracovia.
Estas versiones han sido reforzadas por el nombramiento, poco antes de aquel viaje de 1997, de monseñor Dziwisz como albacea testamentario de Juan Pablo II (que en su testamento señalaría su voluntad de ser enterrado en su patria), como uno de los canónicos de la catedral del Wavel y como notario apostólico vaticano.
Monseñor Dziwisz es ya un arzobispo y muchos creen que su próximo destino será el de cardenal arzobispo de Cracovia, como lo fue su padre espiritual hasta que lo eligieron Papa en octubre de 1978.
Este contenido no está abierto a comentarios

