Un hijo de desaparecidos puede ser un imbécil
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Ser hijo de desaparecidos no es una virtud. En todo caso es una dolorosa y traumática circunstancia personal. Es, si, la consecuencia de un brutal asesinato de los padres, o de alguno de ellos. Y es también, la secuela de un proceso de genocidio estatal.
Pero deberían separarse los asuntos: Ser hijo de desaparecidos no autoriza a nada más, que a reclamar con absoluta legitimidad justicia para quienes cometieron el doble crimen: el de matar y el de ocultar el destino de los cuerpos. Después la sociedad, solidaria y memoriosa, contuvo a esas víctimas. Y el estado reparó con justicia y con recursos, lo poco que se puede reparar de semejante tragedia.
Pero nada más que eso. Ser hijo de desaparecidos no es un título habilitante para descalificar a quien no lo es. No es una ventaja perpetua de impunidad. No es un carnet que autorice a maltratar a un semejante. No es nada más, ni nada menos que eso: un dolor incrustado en una vida, probablemente insanable. Pero que es consecuencia del accionar de “algunos” criminales; y no de toda la sociedad.
La Sociedad no le debe nada a Juan Cabandié. Salvo el respeto que se le debe a cualquier víctima del genocidio militar.
Crecí con amigos hijos de desaparecidos. Vi llorar de una extraña alegría y tristeza a uno de ellos, cuando encontraron los restos oseos de su madre. Compartí mucho tiempo con otros que sufrieron la prisión ilegal de la dictadura. Y con los hijos de ellos. Crecí con amigos que crecieron en el exilio. Y conocí a muchos otros a lo largo del tiempo, que me enseñaron a ver cómo es posible atravesar el dolor, aún cuando sus historias superan a cualquier tragedia griega.
Pero nunca escuché a ninguno de ellos decirle a nadie: “ yo soy más guapo que vos porque me banqué la dictadura” o el peor “ yo soy más guapo que vos porque yo soy hijo de desaparecidos y estoy combatiendo a todos los hijos de putas que quieren cagar a este país”
Mucho menos los vi ni los escuché, llamando a una autoridad amiga para que le aplique un “correctivo” a un empleado que se atrevió a desconocerlo y que sólo le exigía cumplir con la obligación de tener el seguro del auto.
Cabandié no es el ejemplo de los HIJOS. Flaco favor le hace a quienes sostuvieron a lo largo de los años conductas impecables, siendo víctimas como él. Los ensucia. Alimenta y favorece a los cardúmenes de pirañas fascistas que siguen relativizando las consecuencias de aquella matanza.
“Chapear “con ser Hijo de desaparecidos es peor que “chapear” con ser diputado. Es un insulto gravísimo a la memoria de todos los hijos y de todos los desaparecidos durante la dictadura.
Cabandié resultó gracioso cuando dijo haber visto peces en el Riachuelo. Un poco menos cuando, incoherente y ligero, le dijo Genocida a Bergoglio y después fue a besarle la mano, sin dar una sola explicación a semejante cambio de pensamiento, en horas.
Esto ya no es ni gracioso ni contradictorio. Esto que nos mostró el video es un comportamiento canalla. Porque convengamos que, se puede ser canalla, aún siendo hijo de desaparecidos.
Lo de Cabandié, diciéndole Boluda a una inspectora es propio de un imbécil devenido en funcionario, sólo porque es “Hijo de desaparecido”.
Eso. Cabandié demostró ser un soberbio canalla e imbécil. Porque los hijos de desaparecidos pueden ser seres angelicales o temerarios, pueden ser inteligentes o tontos. O claramente pueden ser como Cabandié: arribistas que usan una tragedia personal para llevarse por delante a quienes se atreven a pedirle el Seguro del Auto.
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