UN HOMBRE ENTREGÓ A LA POLICÍA A SU HIJO PORQUE HABÍA ROBADO
Un padre entregó en la seccional 30ª a su hijo de 16 y a su sobrino de 14 por haber participado de un hurto en un domicilio del barrio. Todo comenzó ayer a la madrugada en una casa de Perdriel al 1800, en el el barrio La Esperanza. Los vecinos contaron que tres ladrones barretearon la puerta de la casa de doña Gladys, quien murió hace un par de meses, e intentaron sustraer electrodomésticos. Cuando llegó el Comando Radioeléctrico uno de los intrusos, de 18 años, trataba de huir con parte del botín. Pero fue detenido y trasladado a la seccional 30ª mientras sus cómplices huían a toda carrera.
Pero mientras los policías comenzaban a confeccionar el acta de procedimiento en la 30ª, se sorprendieron cuando a la comisaría llegó un hombre de 47 años con dos menores -su hijo de 16 y su sobrino de 14- a quienes entregó por haber participado del robo.
Esta es la historia de un padre que entregó a la Justicia a dos menores de su familia por haber robado. Pero si bien para Luis, de 47 años, tiene que haber sido ésta una de las decisiones más duras de su vida, nada tiene esto que ver con lo vivido por Ana María Romero, la mujer de barrio La Guardia que hace dos semanas pidió ante la opinión pública que internaran a su hijo de 14 años para alejarlo del delito, medio para sostener su adicción a drogas.
Pero en los barrios periféricos, como Fonavi-Parquefield II, la línea entre lo que está bien y lo que no es muy delgada. Y muchas veces todo depende del espejo en el que se quieran mirar los pibes del barrio. “Los dos menores, de 16 y 14 años, fueron restituidos por la Justicia a sus padres. No tienen antecedentes y están escolarizados. Los dos dos cursan el EGB”, confió una fuente policial. “Lo que pasó con estos dos pibitos es que se dejaron llenar la cabeza. Estos (por el detenido) andan contando que robar es fácil, que ellos viven de eso, pero jamás le cuentan a los más chicos cómo es la cosa cuando pierden”, confió el oficial.
Adrián, de 16, y Alfredo, de 14, viven a pocas cuadras de la casa de doña Gladys, una vecina “de toda la vida del barrio que falleció hace dos meses”, como contó La Capital una mujer del barrio. “Era una fija que iban a robar esa casa. Y eso que la hija viene todos los días a limpiar y a darle de comer a las gallinas y las perritas”, dijo. “En esta cuadra hace un par de meses robaron dos casas (Perdriel al 1800), a la de la esquina la vaciaron como si fuera una mudanza”, comentó. Pero a las doñas de la cuadra poco les importa que los ladrones sean “pibes del barrio”, de los que “andan dando vueltas todo el tiempo mirando qué te pueden robar”, como suspiró una de las vecinas.
De las orejas
La versión oficial indica que a las 2 de la madrugada de ayer, un móvil del Comando llegó hasta Perdriel 1839. Allí advirtieron que un muchacho llevaba distintos elementos en bolsas de nylon. Otros dos huyeron. Detuvieron al ladronzuelo en la puerta de la casa, que había sido barreteada. Lo subieron al móvil y, por jurisdicción, llevaron la actuación a la seccional 30ª. Mientras Jorge Raúl C., de 18 años, se acomodaba a su rol de detenido en la comisaría y los Comandos patrullaban el barrio, llegó Luis. Lo acompañaban su hijo y su sobrino.
“Para nosotros no es algo nuevo que los padres entreguen a sus hijos. No podría decir por qué pasa. Muchos temen la exposición social. Que los vecinos vean las patrullas en la puerta de su casa”, comentó un investigador. “Lo que contó el hombre es que su hijo llegó como a las 2 y se acostó. Y esto le resultó extraño”, explicó el informante “«¿Vos no estabas con tu primo y con Jorge?, ¿dónde estuvieron?, ¿qué hicieron?»”, le preguntó Luis, quien trabaja como empleado, a su hijo de 16 años. Entonces pasó a buscar a su sobrino, que vive a tres cuadras. Y llevó a ambos -hijo y sobrino- a la 30ª para que respondieran por lo que habían hecho.
A primera hora de ayer, desde el Juzgado de Menores 2ª se dio la orden de que los dos pibes quedaran en manos de sus padres. Todo parecía razonable: los muchachos no tienen antecedentes, están escolarizados y tienen un hogar constituido. Y habían tenido, con la actitud del padre, el claro señalamiento de qué cosas son reprochables.
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