UN HOSPITAL ISRAELÍ BAJO TIERRA QUE RESISTE HASTA ATAQUES QUÍMICOS
El el norte de Israel hay una virtual ciudad bajo tierra construida para soportar los peores ataques de guerra imaginables. No es una urbe en sentido estricto. Sino un hospital de tamaño sorprendente que discurre en corredores bajo tierra con instalaciones para atender todo tipo de emergencias, no importa las circunstancias. El edificio que lo alberga es el hospital de Nahariya, el Western Galilee Hospital, una construcción de apenas cuatro pisos que parece un edificio de departamentos más amplio que los otros que lo rodean en un sitio bien ubicado de esta población de casi 30 mil habitantes, a pasos de la frontera y de la zona de guerra.
Nahariya es una de las ciudades fronterizas del norte israelí que mayor castigo ha sufrido por el bombardeo de cohetes Katiushas que lanza desde el sur del Líbano la guerrilla de Hezbollah. Para los argentinos alcanzó notoriedad porque allí murió una compatriota a comienzos del conflicto, cuando uno de esos cohetes la destrozó en el balcón de su casa.
El hospital tiene una entrada de emergencia y una puerta principal que se abre a los corredores interiores. Nada impresiona de modo especial a primera vista, salvo el cuidado del lugar, la arquitectura que le entrega gran luminosidad y el juego de colores en las paredes que le reducen la densidad típica de esos sitios. Judith Jochnowitz, a cargo de las relaciones internacionales del instituto, explica poco a poco a Clarín las razones que han convertido a este hospital en uno de los más seguros de Israel y sin duda el de mayor seguridad en el norte bombardeado del país. “Tenemos toda un área que no está a la vista con quirófanos, salas de terapia intensiva y comunes y hasta guardería protegida tanto de guerras convencionales como no convencionales.”
El médico argentino Carlos Guiloni, jefe del área de psiquiatría, que emigró aquí hace 15 años desde su barrio de Almagro natal, nos explica después que toda la estructura subterránea está alistada para resistir ataques químicos o biológicos entre otras grandes calamidades bélicas. Carlos es parte de una veintena de médicos argentinos que integran un equipo global de 2.000 especialistas del hospital y que en su composición reflejan la rica mezcla de razas que muestra toda Galilea, donde conviven judíos, musulmanes, cristianos, drusos y hasta inmigrantes llegados de la ex URSS.
Cuando se desciende por los ascensores hasta el profundo subsuelo se abre a la vista un hospital paralelo con aspecto de novela de ficción. Un gran corredor con una amplia galería conecta con pasillos que forman curvas y rectas en un laberinto donde se ven salas de recuperación para ancianos, pediatría, servicios generales, zonas para operaciones de alta complejidad y servicios administrativos. Todo está armado con paredes reforzadas como los techos, vidrios especiales de alta resistencia y puertas como las que hemos visto en los refugios antiaéreos.
Cerca de la boca de entrada, donde comienza el hospital subterráneo, hay decenas de chicos jugando. Son los hijos de los médicos y el resto del personal del hospital. Judith dice que hay ahí una mezcla en miniatura de las razas de la zona. “Tenemos chicos judíos que juegan lo más bien con árabes y libaneses”, en un ejemplo de convivencia que no se manifiesta entre los adultos que se enfrentan en esta nueva guerra de Oriente Medio.
En ese sitio hay instaladas 450 camas, aunque la capacidad total trepa a 650, y en el lugar funcionan de modo permanente ocho quirófanos, incluso para trasplantes. Y unidades de diálisis. Desde que comenzó la guerra el hospital sólo funciona ahí abajo. Y hay razones contundentes para hacerlo. Hace dos semanas un misil, lanzado desde la breve distancia que existe hasta la frontera, se estrelló en el cuarto piso del ala norte en el edificio de cirugía. El cohete destruyó todo el lugar. Las dependencias cercanas al impacto están desintegradas. Los muebles, hechos un ovillo de hierro y las paredes de afuera y de adentro, atravesadas por la metralla de los 30 kilos de municiones que llevaba el cohete.
“En aquel momento sentimos que todo el edificio temblaba. Por suerte el lugar ya estaba desocupado”, recuerda Carlos, que hace de guía en medio de esa destrucción. Este compatriota, que se casó aquí con una porteña del Once a quien conoció apenas un rato después de haber llegado, la psicóloga Andrea Goldman, se ocupa de una parte clave en la presente guerra: la atención de los que sufrieron el ataque de Katiushas.
“Hay personas que sufren ataques de pánico, temblores fuertes”, detalla. “Hemos tenido pacientes que cuentan el impacto: primero sintieron el silbido, luego el calor del cohete encima de ellos y después experimentaron un salto físico de varios metros cuando estalló.” Ese golpe produce reacciones de estrés agudo, un cuadro que dura tiempo para ser resuelto.
Carlos opina que la gente que se ha visto obligada a vivir por casi cuatro semanas, lo que lleva esta guerra, en refugios instalados por todas las ciudades del norte está enfrentando una situación de estrés enorme. Y pronostica con dosis de sentido común que “una consecuencia lamentable de esta crisis es que vas a ver que se va a producir una ola de divorcios después de la guerra, justamente debido a esa dura convivencia”.
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