UN MILLÓN DE PERSONAS YA SE DESPIDIÓ DE JUAN PABLO II
Un millón de personas ha desfilado frente a los restos mortales de Juan Pablo II desde que se expusieron al público el lunes por la tarde. Así lo informó ayer el Vaticano en base a informaciones de la Prefectura de Roma, el Ayuntamiento de Roma y Protección Civil.
Ayer por la mañana, muy temprano, Clarín recorrió la fila que se desplazaba por la Vía della Conciliazione. Un mosaico de nacionalidades y lenguas y rostros de todos los colores en los que se notaba un gran cansancio. Varias personas ya habían debido ser tratadas por los servicios sanitarios que se despliegan en 200 ambulancias, un hospital de campaña y un centro de reanimación. Algunos jóvenes se metieron en sus sacos de dormir o se envolvieron en mantas y pasaron la noche al costado de la fila para incorporarse con las primeras luces del alba.
“No damos más pero queremos llegar a la Basílica y ver al Papa aunque sea unos segundos”, explicó Pietro Landi, llegado desde la lejana Catania con su familia el lunes por la noche. “Vinimos directamente aquí para entrar en la fila y creo que en dos horas llegaremos”. Mujer e hijos parecían a punto de colapsar pero se echaban agua en la cara y aplaudían cada vez que por las gigantescas pantallas de televisión aparecía la imagen del Papa. “Verlo nos da fuerzas”, explicó uno de los hijos adolescentes.
Se resiste estoicamente bajo un sol abrasador al mediodía y que siguió pegando fuerte por la tarde. “Estamos atendiendo casos de agotamiento, una crisis diabética y otra cardíaca. Una joven que había sido operada de un aneurisma insistió en venir y hemos tenido que enviarla a un hospital en estado grave”, explicó Francisco Pinto, responsable del hospital de campaña levantado por la Orden de Malta.
Un ejecutivo de la Cruz Roja contó a Clarín que “ya se han atendido a más de doscientas personas”, ninguna en estado grave. “Es agotamiento, sueño, fuertes emociones que provocan ansiedad. Pero, mire: los pacientes que tenemos ahora están durmiendo. Dos horas de sueño y santo remedio. Vuelven a la cola porque por nada del mundo se perderían no ver al Papa”.
Clarín había quedado con una pareja de jóvenes argentinos y un amigo también compatriota que se encontrarían después de ver al Papa en su catafalco. “La primera emoción es entrar en la Basílica. Había un clima fresco maravilloso y es un lugar imponente, bellísimo”, explicó todavía muy emocionada María de 23 años apretando la mano de su pareja, Felipe, también de 23.
Los apellidos no importan porque los dos, y el amigo, están “sin papeles” en Italia. “Estamos haciendo los trámites porque todos tenemos abuelos italianos. Pero tarda mucho y nos vinimos hace dos años porque no encontrábamos trabajo”, explica Claudio, 27 años, de Rosario.
“Siempre quisimos al Papa y nos impresionó la fortaleza con que murió. Yo vi ahora su rostro sereno junto al altar aunque y me hubiera gustado quedarme un poco más y rezar un poco. Pero, en cuanto aflojabas el paso, te empujaban unos tipos de traje”, explicó María.
Entre cuatro y seis horas ayer para ver al Papa, un poco menos que el lunes cuando hubo algunos héroes que resistieron hasta nueve horas porque les tocó el cierre de la Basílica entre las 3 y las 4.40 de la madrugada. Decenas de miles de peregrinos llegados de todo el mundo, sobre todo italianos y polacos, se van agregando a la cola que tiene un frente de más de veinte personas.
El lunes se repartieron más de 300.000 litros de agua, hay centros con comidas calientes y miles de camas además de un área en Tor Vergata para 200.000 personas en carpas.
La cola serpentea por algunas calles siguiendo un trayecto vallado que desemboca en la Vía de la Conciliazione frente a la residencia del embajador argentino y enfila hacia la Plaza donde vuelve a retorcerse para llegar a la puerta principal de la Basílica. Un poco en la lejanía, Clarín vio ondear una Bandera argentina que portaban un grupo de jóvenes pero no pudo llegar debido a las rigurosas medidas de seguridad.
Miles de policías, servicios antiterroristas, tiradores en los techos, militares, y numerosos guardias en ropas civiles mezclados con la multitud custodian toda la zona. De vez en cuando revolotean helicópteros de vigilancia y, a lo lejos, se advierten otros artillados. Los cazas de la Fuerza Aérea italiana están listos para entrar en acción y siempre hay patrullas que sobrevuelan la Ciudad Eterna. Hay baterías de misiles tierra aire en los aeropuertos.
En el río Tiber, un grupo de hombres rana de la marina bucea controlando el lecho del río y patrullas especializadas verifican que en el vasto sistema cloacal no haya ningún explosivo.
A partir de hoy se añadirán cien trenes a los convoyes ya reforzados que llegan a las principales estaciones abiertas día y noche. “Hoy es un día de prueba para todo el operativo que hemos puesto en marcha a toda velocidad. Creo que no habrá grandes fallos pero tiemblo cada vez que veo la cantidad de gente que no cesa de llegar”, dijo a Clarín el comisario extraordinario para la Operación Peregrinos, Guido Bertolaso, convertido en héroe nacional porque todo está saliendo bien. “Lo peor vendrá con la llegada de los 200 jefes de Estado, gobierno y dignatarios a partir de la noche de hoy”, añadió.
Este contenido no está abierto a comentarios

