UN PORTÓN SIN CANDADO, EL PRIMER PASO DE LA MATANZA
Los gritos no eran de guerra. Clamaban por venganza.
—Vamos a matar a los “comegatos rastreros”.
—Vamos a matar a los “matachorros” hijos de puta.
Unos seis internos santafesinos, totalmente “dados vuelta”, envalentonaban al resto de los 96 presos del Pabellón 7 para ir en busca de los rosarinos más odiados por ellos. Los llaman “comegatos” por aquel mito de que en la pobreza hacen guiso de felino. Los llaman “rastreros” porque roban a otros presos. Y los llaman “matachorros” porque “pegan mal”, acuchillan por la espalda.
La historia oficial comienza a las 16.37 del lunes 11 de abril, con dos celadores tomados como rehenes. Cómo llegaron los más violentos santafesinos de la cárcel de Coronda a capturar al ayudante Eduardo Marchesín y al subayudante Oscar Yosivak, que tenían a su cargo el Pabellón 7, lo está investigando la Justicia. Pero la historia no oficial, recogida por Clarín en la cárcel de boca de presos, guardias y funcionarios, dice que uno de los guardias estaba en el baño y al otro lo distrajeron los presos cuando terminaba el recreo de la tarde.
En la planta alta del pabellón uno de los presos “hizo saltar de un guachazo” (un golpe con una barreta) los candados de las dos puertas de reja, accediendo al sector de la guardia. Entraron seis presos con “chuzas” o “facas” (cuchillas caseras), tomaron al guardia de rehén y sorprendieron al otro cuando salía del baño. Los celadores no están armados, para evitar que si los capturan les roben armas de fuego.
El porqué del alzamiento de los presos todavía está siendo investigado, pero se sospecha que los santafesinos salieron a vengar la muerte de uno de los de su grupo, Eduardo Verón, que el día anterior, el domingo 10, había sido asesinado de un cuchillazo por la espalda. La reacción tuvo eco enseguida. A treinta metros del Pabellón 7, los celadores de los pabellones vecinos 9 y 11 huyeron dando la voz de alarma. En la escapada no cerraron con candado el portón del pasillo que separa a sus pabellones, donde podrían haber armado un retén o al menos haber retrasado lo que estaba por suceder. También escaparon los celadores del otro pabellón vecino, el 5, con lo cual en tres minutos habían huido seis celadores (ver Infografía).
A las 16.40, el subayudante Darío Peralta, subjefe del Ala Norte (que comprende los pabellones 7, 9 y 11), informó sobre la toma de rehenes a la jefatura del penal, según señala el informe interno del Servicio Penitenciario, al que Clarín accedió en exclusiva. El penal envió a 13 efectivos del GOEP (Grupo de Operaciones Especiales) y a otros tantos de la guardia armada.
Unos 50 de los 96 presos del Pabellón 7 ya se habían armado con “chuzas”. Y con las caras cubiertas con remeras salían al pasillo llevando a los dos rehenes como escudo humano y avanzaban hacia el Pabellón 9. Ese pabellón pertenece a los refugiados (violadores y otros presos que no pueden ser mezclados con el resto porque los matarían) y está siendo evangelizado por “Los Hermanitos”, fieles del pastor Sensini. Los “refugiados” aseguraron su puerta con alambres y hierros, armaron una barricada y se posicionaron en la reja de acceso, también armados.
La turba siguió entonces hacia el Pabellón 11, pasando sin resistencia por el portón que había quedado sin candado. Los 96 presos del Pabellón 11 estaban encerrados en sus celdas. La mayoría son rosarinos y muchos eran los enemigos del Pabellón 7.
Como esos presos estaban en sus celdas, los agresores abrieron una barra desde el puesto de guardia que destraba todas las puertas. Los recluidos no podían salir a defenderse porque, además de la traba general, cada puerta tiene a su vez dos pasadores individuales. Esos pasadores los abrieron los atacantes, pero sólo en las celdas elegidas: buscaron uno por uno a los que querían matar.
La horda asesina fue directo a las celdas de los miembros de la “Banda de la Gorra”, a cobrar cuentas pendientes. Las baldosas grises del piso no tardaron en llenarse de sangre. Los gritos que retumbaron ya no fueron de rebeldía, sino de dolor y agonía.
Con el que más se ensañaron fue con Ramón Valenzuela, a quien le dieron nueve puntazos en el pecho y cuatro en una pierna. Intentó frenar los cuchillazos con la mano y le cortaron un dedo. La cara recibió otros seis cortes. A Juan Ortigoza, uno de los líderes de los rosarinos, lo degollaron. Al otro líder, Amelio Mercado, lo quemaron vivo junto a su compañero de celda, Diego Aguirre. Al humo negro que arrojaban los colchones le siguió el olor a carne chamuscada.
A Walter Gómez, además de 13 puñaladas, le cortaron el dedo anular izquierdo “por ladrón”, según explicó un preso. A Sergio Frías le clavaron una “faca” en el ojo derecho. Fabián Benítez intentó defenderse: sus manos quedaron destrozadas; también lo acuchillaron en el tórax y la espalda. A Carlos Barreto lo hirieron en los brazos, pero luego siguieron con su mejilla, espalda, abdomen y tórax. A José García Itatí lo apuñalaron en el tórax, abdomen, espalda, glúteos y el brazo izquierdo. Nigún atacante resultó herido.
En ese momento entró en el pabellón el ex jefe de una superbanda y ahora pastor evangelista. “Gritaban desesperados. Y cuando morían sus cuerpos quedaban temblando”, describió Raúl Saavedra. Los nueve presos murieron frente a él, pero logró sacar a cuatro heridos hacia el Pabellón 5. El más grave era Jorge Yannuzi, a quien habían prendido fuego. Yannuzi murió ayer.
Luego de la matanza la horda salió al pasillo y quiso avanzar hacia otros sectores de la cárcel. Pasaron una puerta de rejas y quedaron cara a cara con la barricada que había formado el GOEP del lado de afuera. El GOEP no disparó para no herir a los guardias que seguían de rehenes.
Los presos querían ir hacia los pabellones 4 y 12, del Ala Sur, donde tenían otras cuentas que cobrarse. Pedían “ropy” (pastillas Rohypnol) y “faso” (marihuana). Les fueron dando de a un atado de cigarrillos, marca Derby (tres cartones en total).
“No se preocupen por los ‘cobanis’ (guardias). Esto es cosa entre nosotros. Hay asuntos”, les dijeron a los mediadores. No pidieron nada más ni destruyeron la cárcel, como es habitual en los motines. Era día de revancha.
Por el alzamiento del Pabellón 7, se había ordenado que todos los internos se recluyeran en sus celdas. Los presos del Pabellón 1 no querían, porque sospechaban que los irían a buscar a ellos también. “Pero nos dijeron que estaba todo controlado y al final nos encerramos”, aseguraría uno de ellos a Clarín.
Según el informe del Servicio Penitenciario, “siendo las 19.30 los internos del Pabellón 1 deponen su actitud, accediendo a la reclusión”. Momentos más tarde, “siendo aproximadamente las 19.45”, los internos del Pabellón 3 —de mayoría rosarina— también se pliegan al motín y comienzan a arrojar “toda clase de elementos contundentes hacia el personal, amontonar mesas y sillas sobre la Jaula de Seguridad (espacio de doble puerta entre los guardias y los presos) y a iniciar un foco ígneo, motivo por el cual se ordena el repliegue del personal hasta el portón principal de ingreso… sin evitar que los internos (del Pabellón 3) salieran al patio de recreo, pudiendo observar que un gran número saltaba al patio del Pabellón 1”.
Este es un punto central del informe, ya que si las fallas de seguridad habían permitido el acceso de los violentos del Pabellón 7 al Pabellón 11, esta nueva avanzada desde el Pabellón 3 hacia el 1, de mayoría santafesina, debería haber puesto sobre alerta a los guardias. Faltaba poco para la segunda etapa de la matanza.
Según el informe del Servicio Penitenciario, los presos del Pabellón 7 —los mismos que habían matado a no menos de nueve presos— “solicitaron el repliegue del personal del GOEP que se encontraba apostado en los techos”. Las autoridades de la cárcel accedieron al pedido con el argumento de que “corría riesgo la integridad física del personal cautivo”. Y agrega el informe: “Siendo las 23.05, se observa que un gran número de internos se encontraba en el patio del Pabellón 1, llevando bajo amenazas, utilizando elementos punzocortantes, al ayudante Marchesín, logrando romper los candados de acceso al pabellón e ingresando al mismo, teniendo que replegar al personal ya que los mismos amenazaban con lesionar al empleado que utilizaban como escudo. Seguidamente, estos internos, utilizando un hierro, logran forzar los candados de las barras de seguridad, abriendo las mismas y accediendo al interior de las celdas.”
A las 23.30 los atacantes se retiraron del Pabellón 1, donde habían terminado la cacería: “Los internos del Pabellón 1 —continúa el informe— manifiestan que había iguales fallecidos, conduciéndolos a la Jaula para su retiro, siendo identificados como Sergio Duarte, Ramón Duarte, Cristian Heredia y Juan Díaz”.
Este informe, firmado por Marcelo Calligaro, jefe de vigilancia, pone en evidencia que el Servicio fue mudo testigo de los cuatro asesinatos del Pabellón 1. A Sergio Duarte le clavaron 13 puntazos en el pecho y la espalda, y 18 más en el resto del cuerpo. A su hermano, Ramón, le clavaron 10 en el torso. A Heredia le clavaron 8 en el torso y 6 en el resto del cuerpo. Y a Díaz le clavaron 23 puntazos en todo el cuerpo, 6 de ellos en las piernas porque intentó huir trepándose a un techo.
Dos presos sentenciados a muerte pudieron escapar. Uno se tiró del primer piso del pabellón, corrió hacia el fondo y subió por los techos. El otro se refugió en la celda de un santafesino amigo.
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