UN VIAJE EN BUSCA DE LA FRAGILIDAD PERDIDA
Marcia es una joven gordita que trabaja en una lencería. Un hombre la persigue cuando baja del subte. Alguien la llama por teléfono y no contesta. En la calle es abordada por dos chicas, que la espían desde un local de video-juegos y se presentan como Mao y Lenin. En realidad, la presentación viene después. Primero, Mao la encara y le pregunta si quiere acostarse con ella.
Así de contundente es el comienzo de Tan de repente, la opera prima de Diego Lerman que se estrena el jueves, después de un premiado recorrido por festivales como Locarno, Biarritz, La Habana (al conjunto de actrices) y Huelva. El punto de partida fue el Festival de Cine de Buenos Aires 2002, donde obtuvo el Premio del Jurado y del Público. “Las reacciones fueron sorprendentes”, dice Lerman.
La entrevista es en una de las oficinas de Lita Stantic, productora del filme (que para la posproducción tuvo apoyo del Instituto de Cine y del Festival de Rotterdam), y junto a Lerman están dos de las actrices, Carla Crespo (Mao) y Verónica Hassan (Lenin). La que falta del trío protagónico, Tatiana Shapir (Marcia), está en Europa. La pantalla la comparten con Beatriz Thibaudin como Blanca, la tía abuela de Verónica, que vive en Rosario; María Merlino, como Delia, una artista plástica (novia de Lerman en la realidad), y Marcos Ferrante como Felipe.
La película nació de una novela de César Aira, La prueba (1992). “No pudimos mantener el nombre porque ya estaba registrado”, cuenta el director. Y dice que ponerle Tan de repente tuvo que ver con “cuestiones externas e internas de la película”, que mantiene una constante sensación de inminencia, una amenaza. Las condiciones de producción, corralito mediante, también fueron repentinas.
En la película se aclara que de la novela de Aira sólo se toman algunos personajes y situaciones, pero hay más que eso.
Son dos escenas. Una en el Burger King (en la novela es un Pumper Nic), y otra en la calle, más los nombres de los personajes. Eso es lo que está adaptado. Pero la novela va para un lado y nosotros vamos para otro. La idea surgió de una adaptación de ese libro pero para un cortometraje, que se llamó La prueba. Tomé eso de base y a partir de ahí empecé a construir, tanto para atrás como para adelante. Le busqué un tono diferente a la novela, ese fue el punto de partida.
La novela transcurre en Flores y se dispara hacia una situación de violencia, la película arranca en el centro porteño y sigue con un viaje a Rosario, donde los personajes se vuelven vulnerables.
En el libro los personajes se endurecen, se descontrolan; en la película al revés, se humanizan.
Al comienzo no se termina de divisar, salvo en Marcia, la carnalidad de los pesonajes. Son portadores de un discurso, de una acción, pero después se trataba de mostrar las debilidades detrás de esa postura, entrar dentro de los personajes. Incluso en Mao, que es la más inflexible. Creo que su debilidad viene por su repetirse, puede ser muy dura pero cuando la ves dos veces haciendo lo mismo aparece la fragilidad, que es la fragilidad de todos.
¿Por ahí pasa una búsqueda de lo universal?
Lo universal tiene que ver con lo personal. Son historias tan particulares… Me pasó en otros países, después de mostrarla en festivales, ver que se hacen lecturas muy diferentes, eso es algo que me atrae: con qué se queda cada uno. Una chica, después de una función, me dijo: “Yo tengo muchas cosas de Marcia”. Es una historia con personajes muy distintos y eso se trabajó mucho. Es lo que provoca identificaciones y rechazos.
Varias actrices del teatro independiente están llegando al cine o a la televisión, casos Lola Berthet o Antonella Costa. ¿El off está alimentando al cine independiente?
Carla: Yo creo que siempre hubo actores del teatro independiente, lo que pasa es que uno los ve cuando están en televisión. Pero el teatro siempre fue un semillero para nutrir al cine desde otro lugar.
Esa dureza que tiene tu personaje, ¿te costó?, ¿sos un poco así?
Carla: Obviamente hubo mucho trabajo, más que con algo psicológico, con ciertos tonos y cierta aceleración que yo tengo y no tiene el personaje, que es tajante pero tranquila, fue lo que a mí más me costaba bajar, y era algo que trabajábamos bastante, pero de forma puntual, en cada escena.
Las dos tienen un estilo bajo, sin estridencias.
Diego: Ensayamos muchísimo. Fue algo muy consciente, producto del trabajo y de la composición de los personajes. Como la filmación fue muy fragmentada, nos teníamos que aferrar a una continuidad de actuación muy fuerte. Se fue armando por partes, se filmaba fines de semana, se ensayaba antes. Sin duda fue una búsqueda.
¿Fue difícil componer el personaje de Lenin?
Verónica: Al haber hecho el corto, no, aunque el personaje creció mucho, era muy silencioso y más compañera de Mao, alguien que estaba al lado, más dura. En el crecimiento lo laburamos mucho. Yo también soy más para afuera y tuve que bajar.
Diego: Hay algo de amenazante en Lenin.
Verónica: Algo en la mirada… Se vulnerabiliza cuando llega a Rosario.
También el uso de la mirada de Mao (Carla) es muy sugerente, como dominante.
Carla: En un viaje que hizo Vero le preguntaron por qué Mao y Lenin no se hablaban nunca en la película. Es que hay un entendimiento más allá del diálogo. En el cine en general es importante la mirada, pero además Diego hizo hincapié en eso. La claridad, la decisión, se suele transmitir a la mirada. Si no tenés conexión, es imposible sostenerla.
¿Te sentís parte de la movida del nuevo cine argentino?
Diego: Desde un punto de vista sociológico, te diría: y, sí. En lo personal, yo estudié cine, siempre quise hacer cine, pero no tenía amigos directores. Con la película, en los festivales me fui cruzando con algunos, pero no es que voy a cenar con ellos. Hay algo mítico, en Francia lo llamaban la nouvelle vague argentina. No hay esa cosa de grupete que todos los jueves se junta y analiza cosas. Me parece que lo homogéneo es lo heterogéneo.
Como Trapero en Mundo Grúa o Caetano en Bolivia, tu primer largo blanco y negro.
Diego: Fue la estética elegida para la película. El antecedente era el corto, y a la hora de escribir el guión estaba muy presente que tenía que ser así. Desde un punto de vista comercial es raro pero nunca se pensó desde ese lado, fue una decisión heroica. Era la estética que me pareció más adecuada, y creo que fue un acierto.
El lesbianismo es un tema poco explorado por el cine argentino.
Diego: No se puede ser ingenuo con respecto a uno de los temas que se está tratando en la película, pero me da miedo cierta tipologización. Me gustó mucho en Rotterdam algo que pasó después de la función. Dos chicas y un chico me preguntan sobre qué es la película. Dicen: “Ella dice que es sobre la vida y la muerte, para mí es sobre la soledad y él dice que es sobre el amor”. Me pareció una definición bárbara, porque son temas que la atraviesan. En lo concreto, sí, hay personajes que son lesbianas y hay relaciones lesbianas. Era un objeto y se trabajó con eso como con otras cosas.
Mao dice “yo no soy lesbiana” un par de veces. Carla: Yo creo que el personaje nunca rotularía algo tan categóricamente. Porque es una posibilidad que está pero que no es la única, además.
Vero: También niegan el estado de pareja.
Carla: Descartan algo tan taxativo.
Vero: Porque además en Rosario también cambia la relación.
Diego: Para mí no es por descompromiso, sino por compromiso. En el caso de Mao, lleva al extremo sus ideas, y en vez de que actúe la represión social, las atraviesa: desde la violencia hasta tengo ganas de acostarme, voy y se lo digo, el lugar de represión está liberado, después está el tema de fragilidad. Hay algo ahí.
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