Una de amor en la carretera literaria de Marcelo Cohen
"No va a haber fin del mundo", dice entre risas Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951) y marca su distancia de las profecías apocalípticas de la ciencia ficción. Las novelas y relatos del escritor se valen de ese género fértil en la literatura argentina, no para anunciar los males venideros, sino para inventar realidades alternativas que permitan observar al sesgo tanto los límites como las posibilidades del presente. Con una prosa siempre original, de invenciones verbales y metáforas sorprendentes, le dio reglas propias a un mundo futuro de brumosos colores latinoamericanos, el Delta Panorámico, una de las creaciones más atractivas de la actual narrativa argentina.
Allí, en las sierras de isla Asunde, transcurre su última novela, Balada. Un relato de carretera que narra las peripecias de Lerena Dost, el prototipo de "joven ejecutiva exitosa" para la que las metas personales están por encima de todo. Incapaz de concebir un obstáculo, su confianza en el cálculo la deja desprotegida ante una imprevista suma de catástrofes: la echan del trabajo, su novio la abandona y no le renuevan el alquiler de su casa. Con el fin de "explorar lo que pasa cuando se derrumban las estructuras de una persona", según lo expresa Cohen, la situación de Lerena se recompone también por azar: escucha a alguien decir un número, lo juega a la lotería y gana. Su incredulidad la lleva a una idea fija: debe devolver el favor. Al poco tiempo de su búsqueda, sin embargo, Lerena descubre que llegar a su benefactora, Dona Munava, la líder religiosa de "uno de los grupos humanos oscuros que abundan en cualquier sociedad de hoy", es casi imposible. Para emprender el viaje hasta los dominios de Munava recurre entonces a su ex terapeuta y ex amante Suano Botilecue. "El problema es que Botilecue, que fue su víctima, se enamoró y perdió su prestigio profesional, no quiere saber nada con ella. El asunto era saber por qué él aceptaría acompañarla. Como era inevitable que viajaran, la historia podía continuar; el movimiento podía transformar los sentimientos."
-¿Cómo se convirtió esa novela de viaje en una comedia romántica?
-Descubrí la novela cuando seguí los matices de la ilusión amorosa. Ya leímos a Pessoa,?sabemos que las cartas de amor son ridículas, se ha dicho que el amor es nocivo, que es una enfermedad. Pero no estamos tan dispuestos a admitir la trivialidad de que aparece amor donde supuestamente ya había muerto, o que dos personas que se conocen durante mucho tiempo pueden comenzar a amarse en un momento imprevisto. Si el amor es una ilusión, la capacidad de fantasía da para muchos delirios, y de ellos puede surgir un sentimiento muy intenso. Todo esto es cómico. Nos reímos porque no siempre somos marionetas sufrientes, a veces somos juguetes interesados que disfrutan a conciencia la ilusión.
-Aunque el humor predomina, la novela no desdeña la profundidad de la reflexión sobre el amor. ¿Cómo lograste ese equilibrio?
-Es que somos profundos y ridículos a la vez, como las palabras que nos salen. En el trance entre la intensidad y la ridiculez, de golpe decimos algo que no estaba permitido y nos sorprendemos. A los personajes les pasa eso pero, por distintas razones, tienen miedo. Lo importante es que, aunque no sean conscientes, están diciendo algo bueno.
-Otro aspecto central de la novela es la contienda entre las perspectivas de los personajes: la obsesión neurótica de Lerena, el racionalismo de Botilecue y el pensamiento mágico de Dona Munava. Todos tienen buenas razones pero, a la vez, todos fallan en sus fundamentos.
-El problema es que queremos entender la totalidad individualmente, mientras que sólo en la apertura puede haber una comprensión de las circunstancias. En la novela, todos dicen partes de la verdad y disparates intolerables. Uno de los efectos perniciosos de la miseria verbal en la que nos movemos es que perdemos la capacidad de argumentar. Ésa es mi batalla actual. La literatura del siglo XX ha practicado sanamente todas las formas de la destrucción. Habíamos heredado un lenguaje profuso, el de la imaginación novelesca de Balzac y de las grandes formas de Chateaubriand o Ruben Darío, que era consustancial con la civilización burguesa y que había culminado en los desastres conocidos. Había que hablar de otra manera. Desde Jarry hasta Lamborghini, pasando por Joyce y Beckett, se intentaron todas las maneras de destrozar aquella imaginación. Hubo cut-up, fold-up, montaje. Hoy el cut-up es patrimonio de cualquier usuario de Internet, saturado de información. Pero en la misma medida decrece la habilidad para contar la intimidad peculiar de cualquier sujeto. No sabemos matizar las anécdotas para expresar un sentimiento íntimo y, por lo tanto, no sabemos imaginar.
-¿La ciencia ficción te permite recuperar esa dimensión imaginaria?
-La ciencia ficción me llamó desde muy chico. Me entusiasmaron las novelas fantásticas y de aventuras, como las de Julio Verne. Si bien llegué tarde a muchas lecturas importantes, rápidamente leí a Ray Bradbury y a Theodore Sturgeon, y a otros autores de la época hippie. Eso era bueno para un joven de los años sesenta, porque el lirismo, los mundos extraurbanos poéticos de Bradbury o los mundos urbanos alarmantes estaban en ese entonces muy de acuerdo con la percepción y las posibilidades del presente. Leí mucho surrealismo y literatura fantástica europea y norteamericana. Luego descubrí, tardíamente, la revista New Worlds, donde escribían los escritores que, según Ballard, ya no se interesaban por el futuro lejano y el espacio exterior, sino por el espacio interior y el futuro inmediato.
-¿Por qué elegiste esta última vertiente del género?
-Porque la imaginación parte del presente. Me gusta inventar aparatitos, pero el fantástico nace del encuentro en la página de objetos muy distantes entre sí en el tiempo y el espacio. Artilugios hipertecnológicos y rémoras obsoletas del pasado, comportamientos primitivos que subsisten contra nuestra idea de sofisticación. Si uno exagera esos elementos disímiles, el smartphone junto al asiento del 60 con el resorte asomando, y, como en la metáfora, los superpone, aparece un tercer término. Es lo que me interesa. Durante mucho tiempo pensé que los tropos de la poesía le daban sincronicidad a la prosa, para que el discurso del narrador o de los personajes no estuviera limitado al modo común de expresar la percepción de que somos esclavos. Vemos, oímos, olemos y pensamos mucho más de lo necesario para dominar la situación. Al incorporar todo lo que se percibe y lo que elimina la costumbre, las figuras del lenguaje permiten perder ese control. Me gusta la pérdida de dominio, incluso de lo que se narra. Siempre es difícil salirse de lo que los sociólogos llaman "discurso social", porque éste se apropia de todo: de los puntos de vista optimistas y constructivos, de los nerviosos, destructivos y arrasadores. La literatura puede buscar esa libertad. La intención de esto que hago, "fantástico social", "ficción especulativa", es intentar hablar de otra cosa. Aunque es difícil y no siempre lo conseguimos, la literatura tiene que cambiar de tema. Siempre hay que correr u
nos centímetros el enfoque. Es muy importante jugar a que uno puede propiciar un cambio de percepción. Si se está embebido en el trabajo, la escritura puede transformar tu mirada. Tiene ese aspecto terapéutico, político y, llamémoslo, por qué no, espiritual.
REFUGIO IMAGINARIO
"Siempre inventé espacios imaginarios para superar el exilio que viví en España entre 1975 y 1995. Traté de encontrar lugares donde conciliar experiencias muy distintas de mi vida, para mezclar todo y dejar de practicar la nostalgia realista. No quería escribir sobre España mientras viví allí, tampoco sobre la Argentina. Casi no hay buen realismo en la literatura argentina, salvo David Viñas y Fogwill. Ahora se intenta hacerlo, pero se suele recaer en un exceso de amor propio. El Delta Panorámico se formó creando espacios ad hoc para las necesidades de las historias. Siempre me gustó mucho el río, así que estaba claro desde un comienzo que era un mundo de islas. En parte se lo debo a Christopher Priest, un escritor inglés más o menos de mi edad. Uno de sus mejores libros, La afirmación, transcurre en un lugar apenas descrito como unas islas más o menos griegas, llamado Archipiélago de Sueño. Traduje ese archipiélago en un delta infinito de islas de río. Un mundo globalizado en el que cada isla es un Estado con sus creencias y cultura, pero con un idioma y una moneda comunes. Hasta ahora conozco las seis o siete islas sobre las que escribí."
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