UNA ESCUELA DEL NORTE, SÍNTESIS DE LA TRAGEDIA SOCIAL
La decisión de la directora de una escuela provincial de sancionar en forma masiva a todos los varones de cuatro cursos de 8º y 9º año (turnos mañana y tarde) derivó en un conflicto de importancia que incluyó amenazas hacia los docentes y la protesta de un grupo de padres. Ayer la medida se revirtió y con el acompañamiento de la supervisión y el visto bueno del Ministerio de Educación se decidió un pronto traslado a otro establecimiento educativo de un puñado de estudiantes considerados los “más conflictivos” o “pesados”.
“Quiero una moneda de un peso para comprar nafta y quemarle el auto a la directora”. Palabras más, palabras menos, la versión recogida por este diario sobre la expresión de uno de los pibes sancionados pone de manifiesto la complicada situación que cotidianamente afrontan los docentes y no docentes en la escuela Nº 825, Leopoldo Herrera. Los maestros ubicaron el hecho no como algo excepcional sino como parte de la compleja trama de violencia que también alcanza a niños y adolescentes.
Sanción y reacción
La directora Mabel Traverso pasó el martes por las aulas de 8º y 9º año a comunicar que desde el día siguiente (ayer) se aplicaba una suspensión por 30 días a todos los varones. La razón: unos minutos antes una portera comprobó que un grupo de alumnos había quemado una importante cantidad de diarios poniendo en peligro las instalaciones. De acuerdo al relato de la directora, “con frecuencia tratan de destruir el edificio y muebles”.
Una de las maestras contó a El Ciudadano que “la reacción de los chicos fue muy fuerte, empezaron a los gritos, con amenazas y estuvieron un largo rato así adentro del aula. Parecía una especie de motín al que se agregaron las chicas, que se plegaron como un gesto de solidaridad”. La docente explicó que “por muy poco las cosas no pasaron a mayores, pero la tensión aquí dentro a veces es tanta que alguna vez iba a estallar”. Casi con las mismas palabras relató la situación un grupo de padres que ayer se hicieron presentes en la escuela.
La directora explicó que dio marcha atrás con la sanción masiva porque ese tipo de medidas “no están contempladas en el reglamento” y porque su intención “era asustarlos” para ver si aparecían los culpables.
Uno de los padres dio cuenta de cómo ciertos códigos de la calle se reproducen en el ámbito educativo: “Los chicos no van a hablar por más que sepan quiénes fueron porque tienen miedo. Es como en la villa donde vivimos, si sos un hombre de bien y ves algo tenés que callarte, no podés hablar”.
La decisión tomada el martes tuvo repercusión directa en la mañana de ayer: a las 9 se hicieron presentes padres, móviles policiales, la prensa, funcionarios del Ministerio de Gobierno y de la Defensoría del Pueblo, más el cuerpo de supervisión.
Justamente la escuela está ubicada en jurisdicción de la seccional 10ª, en la cual el Ministerio de Gobierno, a través del Plan de Seguridad Comunitaria, tiene en marcha una experiencia piloto de prevención de delito y hechos de violencia. Esas tareas suponen un trabajo conjunto con los directores y maestros de escuelas de la zona. Por otra parte, un funcionario de la Defensoría del Pueblo fue el encargado de ayudar a mediar entre la directora y los padres.
La ministra de Educación, Carola Nin, se ocupó del tema y si bien no quiso hablar del caso en particular, sí lo hizo en relación a la problemática. “Lo importante es poder fortalecer a las instituciones educativas en los diferentes barrios, no generando un enfrentamiento sino reforzando ese contrato que existe entre las familias y las escuelas. Tenemos que ir corrigiendo estos problemas que sin lugar a dudas eclosionan, tiene su impacto, tienen su momento de nerviosismo como el que se vivió hoy en esta escuela”.
El afuera está adentro
Ayer, la 825 fue la vidriera de un problema que viven muchas escuelas y en las que docentes, porteros, padres y alumnos tienen innumerables anécdotas de hechos de violencia que dejan absortos a quienes no están en contacto con el trabajo cotidiano en las aulas y en particular en aquellas cuya población proviene de sectores con dificultades socioeconómicas y hasta marginales. En el caso de la Leopoldo Herrera, el 80 por ciento de sus alumnos vive en villa Travesía y en la villa de barrio Parque Casado o villa del Puente Negro. Lo que ayer puso a la escuela en el centro de la escena es que muchos hechos que normalmente ocurren en las calles de la ciudad y son reflejados en páginas policiales de los diarios, afloraron dentro de la escuela.
Amenazas, agresiones verbales y golpes a maestras, chicos con algún grado de desnutrición, otros que llegan golpeados o con marcas de latigazos en sus cuerpos, menores abusados, adolescentes obligadas a prostituirse, concurrencia a la escuelas con armas blancas, destrucción de bienes de la escuela, robo de materiales y pertenencias personales de docentes. A ese escenario más o menos cotidiano, descripto ayer por la propia comunidad educativa, se suma la presencia de sustancias adictivas en su peor forma de consumo: la del adolescente o niño que no tiene elementos para hacerlo de una forma responsable o con las herramientas necesarias para poder discernir las consecuencias de ese consumo. La propia directora contó el caso ocurrido anteayer de un adolescente de 8º año que se descompensó. “Pensé que se trataba de un caso de desnutrición porque mide 1,75 de alto y pesa 55 kilos. Pero cuando vino la ambulancia me indicaron que se trataba de un cuadro de consumo excesivo de algún tipo de droga”, contó.
Los hijos de Gómez en la villa Puente Negro
Los hijos de Gómez caminan todas las mañanas a través de la villa para llegar a la escuela. Es, al menos en ese sector, una villa a medias. Se nota que son casas de familias que llegaron al lugar hace una década, o tal vez dos, porque muchas son de materiales y es fácil descubrir que se fueron haciendo de a puchos, ampliando a medida que había recursos. No son pocas las viviendas que sin salirse de la humildad que transmite la escueta calle Gallardo tienen sus frentes pintados y prolijos, incluso desde mucho antes del furor que instaló el Congreso de la Lengua.
En ese sector no hay veredas y los pibes de Gómez caminan, como todos, por la calle. Primero es un aceptable ripio y después aparece el asfalto, flanqueado a lo largo de todo el trayecto por las cunetas con aguas servidas. Gómez dice que hace poco las limpiaron. Y la verdad que si no fuera por la podredumbre que arrastran uno siente la tentación de elogiar los yuyos cortados.
Gómez está desocupado y trabaja como voluntario en un comedor comunitario a cambio de la comida para la familia. Se vino desde Chaco cuando tenía 19 años, una vez que cumplió con el servicio militar y después de casarse. “Allá en Roque Sáenz Peña si no tenés un buen laburo vas muerto. El médico más cercano estaba a seis leguas y atendía en una salita que no tenía nada”. Sus hijos, los pibes que todas las mañanas caminan las cinco cuadras hasta la escuela Herrera, ya nacieron en Rosario. “Estos son todos rosarinos”, los señala. Hoy tienen entre 10 y 14 años y son parte de esa nueva generación moldeada a través de la tragedia social del país y reproducida en los suburbios de las urbes.
“Este es el mejor barrio para vivir”, anuncia Gómez. Epa, ¿cómo es eso? “En realidad tendría miedo si tuviera que irme a otro lugar, porque uno no sabe con qué se puede encontrar”. ¿El hombre es un animal de costumbre? ¿O hay hombres domesticados por el orden? La cuestión es que a Gómez le gusta el barrio, el lugar donde crió a sus hijos. Quiere un laburo y que se arreglen las cosas en la escuela. Eso es lo que quiere Gómez.
Los hijos de Gómez son, a la mañana temprano, cuando caminan por las calles malolientes de la villa de Parque Casas o Puente Negro, un punto insignificante en la furtiva postal que asoma a los ojos de quienes conducen en lo alto del puente de avenida Sorrento. Desde que construyeron el puente son las villas con mejor vista panorámica de la ciudad. Desde la altura, mirando al norte, se las puede apreciar misteriosas, para algunos temerarias, cada vez más volcadas sobre el regazo del arroyo Ludueña.
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