Una mano de pintura
La última tehuelche que vivió en las cercanías del río Pinturas fue “Beltenshum” Chapalala. Con el tiempo, los sobrevivientes de los pueblos aborígenes se fueron amoldando a las costumbres “occidentales y cristianas” hasta llegar a negar su procedencia o, directamente, desconocerla. En cambio, la abuela Beltenshum, con pipa y poncho, con melena y vincha, vivió como una auténtica tehuelche hasta el año 1949.
Beltenshum, como buena habitante de ese pago de una belleza tan contundente que emociona, siempre supo de la existencia de la Cueva de las Manos, pero acaso nunca se preguntó por qué los farallones del cañón del río guardaban ese secreto de arte rupestre ni quiénes habían sido los que dejaron su cultura grabada ahí por tantos años que superaban largamente incluso los que ella había vivido.
Fue la ciencia la que certificó lo que para ella fue intuición. Las manos casi siempre izquierdas, las figuras de guanacos o cazadores, las lagartijas estampadas sobre los farallones datan de 9300 años y fueron grabadas por los pobladores originarios con técnicas que el arte de hoy envidiaría, valiéndose de la naturaleza para dejar un arte rupestre que motiva la llegada de cientos de turistas del mundo entero, durante buena parte del año.
Carlos Gradín, un investigador del Conicet ya fallecido y cuyas cenizas fueron esparcidas en las cuevas, fue uno de los que más colaboró para esclarecer el origen de esas pinturas que quedaban cerca del puesto de Beltenshum y de la que ya se tenía conocimiento en 1881, cuando el viajero Muster pasó por la zona. Es que, a diferencia de petroglifos y otro tipo de arte dejado por los aborígenes en muchos lugares, este del río Pinturas es verdaderamente particular.
Primero porque se cree que los negativos de manos estampadas estaban vinculados a ritos familiares y segundo, porque las pinturas utilizadas estaban hechas con minerales molidos, aprovechando los distintos colores de la tierra, a los que se presume que se le agregaba agua o grasa y yeso. Para colorear contornos rojos o violáceos se empleaba el óxido de hierro, para el blanco la caolinita, para el amarillo la natrojarosita y el negro, con el humo.
Es factible que la elección para colorear estuviera emparentada con distintos grupos trivales a los que pertenecían los “pintores” que, en verdad, eran cazadores. Lo que todavía no ha podido explicarse con certeza es como alcanzaban determinada altura, ya que hay pinturas hasta a cuatro metros del piso aproximadamente. Igualmente, la dimensión de la Cueva alcanzó rango internacional, ya UNESCO la ha declarado Patrimonio de la Humanidad.
El sitio hoy está administrado por un empleado municipal que vive allí, sin luz eléctrica y con la imposibilidad de moverse cuando llega la época del hielo, que puede extenderse hasta cinco meses. El hombre vive casi como Belthensum, pero con una diferencia: el sitio está más que concurrido a pesar de las dificultades para acceder y ya se conoce qué hacen allí esas manos que señalan la historia de un pueblo que fue literalmente arrasado del lugar en que vivió.
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