Una mujer a caballo
El caballo de Rosa galopa despavorido por el monte. Este 19 de junio de 1924 ella es una niña de once años que va a ninguna parte. Todavía no se ha recibido de mujer cuando ya la vida le otorga de prepo el título. Su madre y su tía galopan a la par. Atrás, en el asentamiento de Napalpí, unas bombas que cayeron del cielo y otras balas que vienen frontales desde la tierra están exterminando a cientos de tobas protestones que no quieren cosechar el algodón a precios infames.
Rosa sabe que tiene que huir pero no sabe que está huyendo de la masacre más grande que no recuerda la historia oficial argentina. Napalpí, en lenguaje toba, quiere decir cementerio. Los tobas no imaginaron que el bautismo sería una premonición. Allí van a parar, a dos pozos de agua utilizados como fosas comunes, los que se animaron a llevar adelante la primera huelga de aborígenes que se tenga conocimiento.
El gobernador Fernando Centeno no conocía a Hitler, pero le hubiera encantado. En verdad, a Hitler le hubiera encantado conocer el gobernador Centeno. Va de suyo que los nazis hubieran aprendido el método: un avión arroja víveres y dulces en la zona elegida para la matanza; cuando los tobas se aglutinan para recogerlos, por otra puerta, la máquina despide bombas asesinas. Para asegurar la masacre, muchos policías disparan desde lugares estratégicos.
Rosa sigue corriendo aunque su caballo no da más y su tía se acalambra. No alcanza a ver como la policía del país de Marcelo Torcuato de Alvear le corta los testículos a los dueños de la tierra y los cuelga como trofeo en las comisarías para satisfacer los deseos de quienes se la quitaron. Ya habían andado diciendo por ahí que los indios se alzarían en malón, pero Rosa sabe que no era así, que esas costumbres eran de los pampas o los tehuelches, pero nunca de los tobas o los mocovíes.
Durante todo el tiempo que la niña Rosa Chara disparó por el monte, los uniformados la persiguieron a bala limpia. Y durante los 90 días siguientes buscaron a los que se habían escapado para matarlos ahí mismo y dejarlos que se los coman los pumas. Centeno, que antes había dictado un decreto impidiendo a los aborígenes salir de la provincia para que no se fueran a cosechar azúcar a Tucumán, menos quería que corrieran por la selva.
Rosa ahora tiene 91 años, pero sigue soñando despierta que cada tanto alguien va a venir en un avión a tirarle bombas. Anda en silla de ruedas pero suele sentir que huye al galope por el monte. Se le ha ajado la cara pero no la memoria. Tiene dos ojos pequeños y redondos que miran todos los días como se le achicharra su cuerpito toba y se le agranda el recuerdo. Vive con una hija que lucha para que no haya más tobas que tengan que correr por el monte y muchos nietos que, a diferencia de sus hijos, cuando escuchan sus relatos saben que no es un cuento.
Rosa terminó su huida en Quitilipi. Ahí andaban diciendo los uniformados asesinos que “los indios vagos no querían levantar más el algodón”. Rosa volvió un tiempo después a Napalpí pero no había allí más que un recuerdo de muerte. Todo lo que tenía se lo quitaron como a la vida de sus vecinos. El algodón que los terratenientes se tuvieron que meter en el traste en un país que todavía no tenía consagrado el derecho a huelga fue a parar a los oídos de los que en el expediente de la causa pusieron “sublevación indígena en la reducción de Napalpí” .
Rosa Chara ni conoce el rencor aunque sí sabe bien por qué tuvo que vivir varias de sus nueve décadas en un racho junto a su esposo y sus once hijos. En los años ’20, cuando ni siquiera Videla era un genocida entrenado en la Escuela de las Américas, algunos antecesores la quisieron desaparecer. En los ’50, cuando Rojas y Aramburu continuaban la línea de aquel Alvear que la echó a correr por el monte, se tuvo que ir a trabajar a un pueblo de las orillas del río Bermejo porque su marido tuvo la idea demencial de escuchar por parlante la marcha peronista.
Rosa ya no fuma pipa sino que se contenta con un mate dulce, muestra con orgullo la distinción de “Sobreviviente de la tristemente recordada masacre de Napalpí” que le entregó la cámara de Diputados junto a Melitona Enriquez, que en 104 años de vida recuerda, pero en toba, porque nunca aprendió el castellano. Está tranquila porque sabe que sus 26 nietos y 48 bisnietos ya aprendieron bien lo que nadie les enseñó en esa escuela a la que ella jamás pudo ir. El caballo que la acompañó en la disparada ya no vive. Tampoco su correntino que la quiso 60 años. Acaso alguna de sus 7 tataranietas, mientras peinen las muñequitas negras que les mandó Evita a su tatarabuela, escuchen el cuento de la niña que huyó por el monte para que ellas hoy estén ahí.
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