Una mujer se ha perdido
Antes que promesantes de todo el mundo llegaran a este sitio, en Vallecito, un caserío ubicado 60 kilómetros antes de llegar a la capital de San Juan por la ruta 141, apenas vivían 20 personas. Antes que esas personas vivieran allí, pasó un día que no se recuerda muy bien, Deolinda Correa, madre y leyenda, la difunta, la santita popular más visitada de la América Latina.
El mito –que como tal es improbable y como improbable se agiganta cada día- dice que Deolinda Correa, murió un día en Vallecito, en una elevación breve del terreno, de sed, amamantando a su hijo de 9 meses en el desierto, tras haber salido a encontrarse con un marido que, en medio de las luchas entre federales y unitarios, había ido a alinearse en el ejército de los primeros, que Facundo Quiroga regenteaba en La Rioja.
Deolinda se había casado con Baudilio Bustos en Caucete. Y esto sí se ha probado, porque las actas de ese matrimonio fueron halladas por historiadores, con lo cual, también ha sido probada su existencia. Pero resulta que ante la ausencia de su marido, un comisario del pueblo que la pretendía comenzó a frecuentarla sin que ella estuviera dispuesta a acceder a sus pedidos.
Así fue como la joven madre, hostigada porque usted ya sabe bien lo que sucede si uno no concede los deseos de un comisario, por fidelidad con su esposo, salió rumbo a una búsqueda infructuosa que iría a costarle la vida. Los Correa sabían de sufrimientos, tanto que el padre de Deolinda había peleado a las órdenes de San Martín en la Batalla de Chacabuco, pero no tantos, como los que iría a padecer ella.
La marcha kilométrica que emprendió fue para siempre. Cerca de Vallecito cayó muerta de sed y unos días después fue hallada por los lugareños. Estaba amamantando a su hijo, del que poco cuenta la leyenda. Ya sepultada, y tras una gran tormenta, un arriero que había parado allí con su tropilla vio como se dispersaba su ganado y le prometió que le construiría una capilla si la muertita lo ayudaba encontrarlo.
Al otro día, el hombre, que se llamaba Zeballos, encontró en un cerro la tropilla intacta. Fue a Chile, vendió el ganado y, al regresar, cumplió con su promesa: edificó la primera capilla para Deolinda y dio origen al mito que hoy ha convertido en la zona en varias hectáreas de fe, 17 templos, 6 galpones repletos,, 1 corral donde descansan cientos de automóviles, 1 museo con los más variados objetos y hasta un camión, todas ofrendas para la Difunta Correa.
Pero la historia no termina aquí, sino que en todo caso empieza. Porque cada vez más gente de todo el mundo se llega hasta el lugar y el gobierno sanjuanino debió crear una administración, que hoy cuenta con 25 empleados, para asegurar que el paso de los peregrinos sea ameno y seguro. Por ejemplo, en Semana Santa, época en que más gente se acerca, se han llegado a contar hasta 50 mil visitantes.
Por eso muchos comerciantes se instalan allí, donde se ha montado una industria de la gastronomía, la venta de artesanías, de velas o de material litúrgico alusivo a Deolinda Correa. Claro que, salvo los milagros de la Difunta, nada es gratis. Los comerciantes deben pagar un cánon para estar allí, en un sitio en el que también es posible hallar sanitarios o amplias comodidades para acampar.
Las 17 capillas están revestidas en placas que datan de la década del 40 en adelante y separadas según las ofrendas. Por ejemplo, está la de las novias, la del deporte o la primera, que es donde yace Deolinda, en una tumba sencilla que arriba ha sido orlada con una escultura de la Difunta.
A propósito de su tumba, la dictadura de Videla, que profanó tantas cosas, también quiso profanar el descanso de Deolinda. El interventor militar, un Alférez de apellido López, ordenó buscar a la Difunta, sacarla de allí y acabar con la superchería. Pero no lo dejaron. Algunos empleados, enterados de la orden, cubrieron la tumba con ladrillos para que no se viera el cajón y dijeron que no sabían cuál era el lugar exacto donde se hallaba el cuerpo.
López se tuvo que contentar con hacer trabajar a los empleados por la noche, en pleno invierno, para sentirse bien militar, pero no pudo cumplir el arrebato. Quizás se trató de otro milagro de Deolinda Correa, la que hace que en su museo descansen desde camisetas de fútbol, hasta autos antiguos, pasando por un telescopio o un diploma de egresada de la Universidad.
Veamos y enumeremos: la camiseta del Yokohama Marinos donada por Ramón Díaz, una casaca del Deportivo La Coruña llevada por Aldo Duscher, un poster del último San Lorenzo campeón, los guantes de Nicolino Locche o Látigo Coggi, la moto con que el Gordo Porcel rodó una película en Mar del Plata, heladeras, cubiertas, llantas, camiones enteros, más camisetas, ahora del conocido Muñeco Gallardo, o del menos nombrado Garipe, de Huracán, o del Chanchi Estévez.
El pantalón del boxeador Pablo Chacón, varias fotos del Potro Rodrigo (al que aparentemente no le cumplieron las promesas), un violín, un escudo de Australia, uno de Canadá, varios relojes de pared, un cachapé antiguo, decenas de radios a galena, muchos libros y más poemas. Todo conforma hoy el universo de Deolinda Correa, que ya ha hecho que Vallecito, de aquellos veinte pobladores iniciales, hoy sume más de mil.
Un libro en su homenaje dice que la Iglesia tardó 500 años en canonizar a Juana de Arco, de modo que a ella ya le llegará. Afuera está nublado y el sol no abraza como el día en que ella fue al encuentro de su marido. Varios camioneros, responsables principales de la propagación del mito, están en torno a una mesa, en un impasse del viaje, cumpliendo con la rutina de acercarle agua a la mujer que se habría muerto por el fuego del amor.
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