UNA MULTITUD DESPIDE LOS RESTOS DEL PAPA
Alrededor de 200 mil peregrinos acongojados, venidos de todas partes del mundo, se alinearon para dar el último saludo a Juan Pablo II, cuyos restos fueron trasladados en una ceremonia de antiguo protocolo hasta el altar mayor de la Basílica de San Pedro, donde la capilla ardiente estará abierta hasta los solemnes funerales del viernes por la mañana.
El cadáver del Papa a la vista de todos y la multitud que dialogaba con él de mil maneras ¿llantos, aplausos, billetes escritos, gestos de tristeza y desesperación, gritos evocando su nombre¿, proclamándolo héroe y santo de la cristiandad, fueron otra vez los protagonistas de la simbiosis que existe entre el polaco Karol Wojtyla y las multitudes que lo han aclamado como a ningún otro Pontífice en los dos mil años de historia de la Iglesia.
Los miembros del cuerpo diplomático, entre ellos el embajador argentino Carlos Custer, fueron convocados en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, para el rito de la Traslación.
En un clima de gran tristeza, el cardenal Camarlengo Eduardo Martinez Somalo bendijo el cuerpo colocado y pronunció unos rezos en latín. El cortejo partió lentamente de la sala Clementina rumbo a la Plaza de San Pedro hacia las cinco de la tarde (mediodía en Argentina). Doce sediarios o silleros del Vaticano llevaron en hombros el catafalco. El cuerpo estaba vestido con la mitra en la cabeza, la mantilla o casulla rojo carmín que es el color del luto pontificio, con las manos entrecruzadas que llevaban un crucifijo y el báculo en el que durante tantos años se apoyó el Pontífice, bajo el brazo izquierdo.
A paso lento, flanqueado por doce alabarderos de la Guardia Suiza con sus uniformes renacentistas, el cortejo atravesó la Escalera Noble, la Primera Logia, la sala Ducal y la sala y escalera Regia. Por la Puerta de Bronce salió a la Plaza de San Pedro. Era la última vez que el Papa viajero atravesaba la plaza que tanto quería y donde se hicieron en los 26 años y cinco meses de su pontificado, el tercero más largo de la historia, tantas ceremonias.
La plaza estaba llena desde la mañana y la vista del catafalco con los restos del Papa con el rostro muy enflaquecido y demacrado, la piel muy blanca, provocó diversas reacciones en la gente. Gritos, aplausos, llantos. El cortejo pasó entre una marea humana. Sobre una de ellas había una bandera argentina y un grupo de compatriotas que se persignaron en silencio y enjugaron lágrimas cuando el cuerpo del “querido Papa” pasó frente a ellos.
Las dos figuras principales del largo pontificado como colaboradores de Juan Pablo II cerraban el largo cortejo que tardó más de 20 minutos en atravesar los 200 metros de la plaza hasta los portones de bronce de entrada en la basílica. Los cardenales Joseph Ratzinger, “ministro” para la ortodoxia católica y Decano del Sacro Colegio de Cardenales, y el secretario de Estado o “primer ministro” del Papa, el cardenal Angelo Sodano, representan un poder enorme en los equilibrios internos de la Iglesia.
Ambos tienen una gran influencia entre los cardenales que llegan a Roma para participar de la reuniones de la sede vacante y que ayer iniciaron las deliberaciones con dos congregaciones ordinarias, de las cuales emergieron la decisión de realizar el viernes los funerales de Juan Pablo II y de enterrarlo en las grutas vaticanas, cerca de la tumba de San Pedro. También los purpurados iniciaron las discusiones en torno a los grandes problemas de la Iglesia y al perfil ideal que debería tener el sucesor de Karol Wojtyla. Se estima que el Cónclave será entre el 18 y el 22 de este mes.
Sodano y Ratzinger vieron de lejos ayer en la plaza de San Pedro como el cortejo se detenía y los sediarios giraban el catafalco para que la multitud viera de frente durante unos momentos el cuerpo sin vida de Juan Pablo II. Muchos fieles se arrodillaron y comenzaron a rezar, mientras otros sacaban pañuelos para saludar por última vez al Pontífice más popular de la historia.
“A furor de pueblo es ya un Papa Magno, un Papa Santo”, dijo un sacerdote.
Nuevamente girado hacia la basílica, el catafalco entró lentamente en la Basílica de San Pedro, ahora la última morada de Karol Wojtyla. Sesenta y cinco cardenales y dos mil sacerdotes formaban parte del cortejo, encabezado por diez frailes con grandes ceros encendidos.
Monseñor Dziwisz, secretario personal del Pontífice, el portavoz Joaquín Navarro, el camarero Angelo Gugel, el médico Renato Buzzonetti, las tres monjas polacas que lo cuidaban, el arzobispo argentino Leonardo Sandri, muy conmovido, colaborador estrecho de Juan Pablo II, eran los “familiares” que desfilaron detrás del catafalco.
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