UNA OBRA A FUEGO LENTO
Nadie se asuste ni salga corriendo, pero desde anoche en Buenos Aires se está representando una obra escandalosa, contraria a la moral y las buenas costumbres, para taparse los ojos, los oídos y la boca. Al menos eso es lo que anunció Claudio Gallardou, responsable de la adaptación, la dirección, la puesta en escena y también actor de esta versión de La corte de Faraón: “Esta es una pieza degenerada. Toca el tema del sexo todo el tiempo, habla de impotentes y de guerreros que han perdido sus miembros viriles en las guerras, de mujeres calientes que acosan a castos, de casadas infieles”. Lo extraño es que se trata de una zarzuela que está en cartel en el venerable Teatro Avenida… acá hay gato encerrado.
Por empezar, desde el día de su estreno (el 21 de enero de 1910 en el Teatro Eslava, de Madrid) nadie nunca terminó de ponerse de acuerdo a qué género pertenece la obra escrita por Guillermo Perrín y Miguel de Palacios, con música de Vicente Lleó. Los autores la denominaron “opereta bíblica”, la música está emparentada con la zarzuela y el libreto tiene el doble sentido de la revista. Tres de los encargados de la versión argentina tampoco se ponen de acuerdo. “Esto no es específicamente una zarzuela, se acerca más a la comedia musical”, arriesga Gallardou. “No empecemos… esto es revista española”, reacciona Sandra Guida, quien tendrá una participación especial en el papel de Sul, una sensual bailarina de Babilonia. Horacio Fontova, a quien le tocó el rol de casto José, agrega confusión: “La música es tan variada que hay ritmos que parecen ska, blues”. Gallardou intenta redondear: “Empieza parodiando al Ritorna vincitor de Aída (aria del primer acto de la ópera de Verdi), y después se abre un abanico que va del vals hasta música española, como el garrotín y el cuplé”.
El argumento también es, podría decirse, especial. El general Putifar regresa a Egipto, victorioso de la guerra contra Siria. En recompensa, Faraón y su mujer le dan como esposa a la virgen Lota, pero ignoran que en el campo de batalla una saeta indiscreta hirió a Putifar en sus partes íntimas. Ante los rodeos de Putifar para consumar el matrimonio, Lota intenta seducir al casto José, un esclavo de Putifar. Para mantener su castidad, él huye de ella y de la mujer del Faraón, quien también lo acosa. Pero Lota lo acusa de haber intentado violarla. José se salvará interpretando un sueño de Faraón.
Es una versión libre de una historia de la Biblia, que aparece en el Génesis. Hijo de Jacob, a José sus hermanos lo venden por celos. Así llega a ponerse al servicio de Putifar, oficial del faraón, cuya mujer lo acosa y, ante el rechazo de José, lo acusa de robo. José va a parar a una cárcel donde gana fama como interpretador de sueños. Por eso, el faraón lo convoca para que le diga qué significa su sueño de las siete vacas flacas y siete vacas gordas.
Pese al tema bíblico, la idea de un héroe militar que vuelve eunuco de la guerra no le causó ninguna gracia a Francisco Franco, quien prohibió la obra en España durante su gobierno que duró hasta 1975. Este fue el germen de la película La corte de Faraón, dirigida en 1985 por José Luis García Sánchez —con Ana Belén (Lota) y Antonio Banderas (José)—, que ridiculiza el arresto de un elenco que osa representar la obra durante el franquismo.
Pero esta zarzuela también fue censurada en la Argentina: según cuenta César Dillon en su artículo El Teatro de la Avenida (nombre original del Teatro Avenida), “en abril de 1912 se dispuso por la Municipalidad la clausura de la sala por veinte días, en sanción a ciertos atrevimientos” de la obra. En aquel momento, el presidente argentino era Roque Sáenz Peña, y el intendente de Buenos Aires, Joaquín S. de Anchorena.
“La pacatería y los chupacirios, como las cucarachas, son inextinguibles. Y los chupacirios siempre están ligados a lo militar. Así que un militar castrado… ¡ay, Dios mío!”, se burla Fontova. “Se ve que a Franco le molestaba el tema del poderoso sin miembro, pero no creo que fuera tan grave la ausencia de falo en el hombre, sino que lo más amoral resultaba la liberación de la mujer, que le metiera los cuernos al marido porque se había calentado con otro. Eso es lo más perturbador”, opina Gallardou. “Hay un doble sentido permanente; todo lo que se dice tiene una insinuación y un subtexto erótico, pero sin llegar a ser procaz”, indica Guida. “Eso es lo que liga a la obra con la revista”, completa Gallardou.
El año pasado trabajaste en un ópera de Rossini en el Colón, y decías que no buscabas la carcajada sino la complicidad del público. ¿Y ahora?
Gallardou: Me animo más al ridículo, porque allá eran cantantes a los que les costó ridiculizarse, y acá hay actores preparados para eso. Y la obra es un disparate desde el principio. No se la puede encarar con seriedad.
La comedia musical tiene muchos detractores en la Argentina. ¿Qué tipo de público esperan para una zarzuela como ésta?
Gallardou: Esta es una obra degenerada también por el tema de que no se sabe bien en qué género encuadrarla. Y éste es también un elenco degenerado, porque hay aportes de todos los ámbitos. El Negro tiene una carrera como actor y músico popular; Sandra viene de la comedia musical; Roxana Fontán, del tango, aunque tiene formación lírica; yo, del teatro y La Banda de la Risa. Y eso no lo hace un híbrido, sino un género en sí mismo. Cada uno aportará sus públicos.
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