UNA PAREJA REPORTÓ A UN JUEZ UNA SECUENCIA DE ABUSOS DE POLICÍAS DE LUDUEÑA
“Flaca quedate tranquila, si vos querés podemos arreglar y tu marido puede salir”. La mano del agente de la seccional 12ª acariciaba el hombro de Anabella, de 25 años, embarazada de casi cinco meses. Pero el gesto no quedó allí. Mientras esas palabras resonaban el policía avanzó aún más y, según jura ella, le palpó la cola. Esa situación se produjo dos horas después de que efectivos de esa repartición allanaran el taller de su compañero en busca de elementos sustraídos y se lo llevaran detenido por un presunto encubrimiento: lo acusaban de tener en su carpintería una mesa que era robada. Pero hubo más. A la mañana siguiente, los dos uniformados regresaron a la vivienda y, sin exhibir una orden judicial, secuestraron una serie de herramientas y motores. Uno de ellos luego le propuso: “Tu marido está incomunicado, si querés puedo hacerte compañía”. El hombre, mientras tanto, pasó una semana en un calabozo junto a personas acusadas de robo y homicidio.
Anabella Ledesma y Juan Carlos Caporalini, de 45 años, aseguran haber vivido una pesadilla y un verdadero atropello por parte de la policía. Para el carpintero no hay dudas de que le inventaron una causa judicial, por la cual estuvo siete días preso. Por eso, esta semana radicaron una denuncia penal contra al menos cuatro agentes de la comisaría de barrio Ludueña ante el juez de instrucción Carlos Triglia. “Nos han destruido. Hace quince años que laburo y doce que estoy en el barrio. La policía me acusó de encubridor y de ser reducidor de objetos robados, cuando puedo justificar cada herramienta que tengo en el taller”, remarcó Caporalini, un carpintero y soldador especializado en aberturas metálicas, que dice haber trabajado en los despachos de Tribunales y la Municipalidad.
Cuando recuerda la actitud de los policías, Anabella no contiene las lágrimas y con la voz entrecortada recuerda: “Yo estaba medio shockeada. Se lo habían llevado detenido a mi marido acusado por algo que no hizo. No soy estúpida para no darme cuenta de lo que me insinuaban esos policías en mi casa”.
Crónica del atropello
El calvario de la pareja comenzó el pasado 30 de septiembre. Alrededor de las 20.30, cuatro policías de la 12ª (dos vestidos de civil y dos uniformados) llegaron hasta la casa de Caporalini ubicada en la esquina de Pedro Lino Funes y Einstein, a 150 metros de la seccional. Lo hicieron con una orden de allanamiento extendida por el juez de instrucción Eduardo Suárez Romero. El objetivo de la requisa era localizar objetos robados, entre ellos una mesa metálica, un ciclomotor y una prensa hidráulica, según habían anunciado.
Caporalini recordó que el día anterior un hombre “robusto, medio morocho, de pelo largo y barba” que andaba en un carro tirado por un caballo le acercó hasta su taller una mesa para arreglar. “Le dije que pasara el sábado y que el arreglo le saldría 20 pesos. Después no supe más nada de él”, rememoró Caporalini. Al parecer esa era la mesa que los policías buscaban. El carpintero argumentó que desconocía el origen del mueble y que jamás había visto al hombre del sulki, pero los efectivos no le creyeron. Entonces, dice, comenzaron los aprietes. “Cómo que no sabés quién es”, “Mirá que en esta causa hay dos muertes”, “Dale hablá y solucionamos todo acá y te dejamos tranquilo”, asegura que le dijeron.
A cada una de esas intimidaciones, Caporalini respondía siempre lo mismo: “No tengo idea de lo que hablan. Me trajeron la mesa para arreglarla, yo vivo de esto, la estoy arreglando”. Hasta que salieron de uno de los uniformados unas palabras demoledoras: “Dale, cantá. No te das cuenta que te vamos hacer la vida imposible”. De esa forma, la inspección de los policías comenzó a apuntar hacia las herramientas y motores que el tallerista tenía en el pequeño galpón. “A ver, traé los papeles de todo, seguro que tenés algo afanado”, le ordenaron. El carpintero aseguró que mostró todos los papeles que tenía a mano, pero así y todo se lo llevaron a la comisaría junto con la mesa en cuestión, que él mismo ayudó a cargar en un móvil.
”Me explicaron que serían dos horas a lo sumo y que luego lo dejarían ir”, narró por su lado Anabella. Pero se equivocó. Juan Carlos fue conducido a la 12ª y esposado a un caño. Allí estuvo durante un tiempo hasta que un policía se le acercó y le dijo: “Estás hasta las bolas porque sabés todo y no lo querés decir”. Al cabo de un rato, otro policía “más gordo” le preguntó: “¿No recordaste nada?… Entonces te vamos a poner en un lugar más cómodo”. Ese sitio era el penal, junto con los presos. Juan Carlos estuvo allí dos días hasta que lo llevaron a declarar al juzgado de Eduardo Suárez Romero. Tras la indagatoria volvió al calabozo. Salió una semana después.
La causa en su contra por presunto encubrimiento sigue su curso, pero Caporalini afirma que presentó los papeles que acreditan la propiedad de las herramientas que le incautó la policía. La gota que colmó el vaso fue el acoso que sufrió Anabella mientras él estuvo detenido. Juan Carlos dice que se enteró al salir en libertad. Su compañera no quiso preocuparlo, pero un quiebre anímico la hizo hablar. La denuncia fue radicada ante el juez Triglia, que la remitiría al juzgado de Suárez Romero para unificarla con la causa anterior.
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