UNA PEREGRINACIÓN FERVOROSA
“Vamos a cantar una canción que sepamos todos, llamada Alma misionera. Porque el cansancio que nos dio la caminata hasta aquí es también la demostración de nuestra fe en María y en Jescucristo. ¡Arriba las palmas!”. De espaldas al río Paraná, en el histórico Campo de la Gloria, la feligresía montó un escenario para realizar la misa con la que se clausuró la Peregrinación a San Lorenzo, que se realiza desde hace 28 años. Y allí estaba Pablo Martínez con una banda de música formada para la ocasión, dando la bienvenida a los caminantes que a las 7 de la mañana habían salido desde la Catedral de nuestra ciudad para llegar a pie allí, como acto de adoración a la Virgen del Rosario.
Bajo la consigna “Con María del Rosario venimos a adorarte” y como iniciativa de la Pastoral de la Juventud dependiente de la Comisión Arquidiocesana de Rosario, miles de jóvenes realizaron una larga caminata hasta San Lorenzo. Además, la peregrinación de este año tuvo como objetivo rendir homenaje a la memoria de Juan Pablo II. La columna que avanzó por la ruta 11 y entró en la ciudad llegaba a las 20 mil personas.
“Esta es una marcha de jóvenes, porque todo joven es un signo de esperanza”, indicó el cura Pablo Lazarte, delegado de la Pastoral de la Juventud, quien presidió la misa central junto a monseñor Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. “Como preparación de esta peregrinación, los jóvenes de las diversas parroquias reflexionaron sobre el país que quieren. Trabajo, salud y paz son los tres deseos fundamentales”, agregó Lazarte.
Los primeros caminantes llegaron al Campo de la Gloria cerca de las 14, acompañados por un sol brillante. En la esquina, los esperaban vasos de agua servidos por los integrantes de la parroquia San José Obrero, de Capitán Bermúdez. “Tomen despacito, porque con la caminata seguramente tienen el estómago caliente”, indicaba solícita Andrea, una de las chicas allí apostadas que sacaba agua de los surtidores que había colocado Aguas Provinciales, en un acto de fe cristiana. Más atrás, un grupo de fieles se arremolinaba alrededor de la efigie de la virgen María, que entró en la ciudad sobre un altar de tela blanca, tirado por un tractor Mercedes Benz.
Al ritmo de las canciones que entonaba Martínez, los feligreses se acomodaban sobre el pasto mientras sacaban termos y facturas de sus bolsos. Muchos se acostaban, con las piernas erguidas contra los troncos de los árboles, para mitigar el cansancio. “Yo llegué de lo más bien, aunque tengo una ampolla acá en la planta del pie”, explicó Nilda, de 62 años, que acompañó a su sobrina Jésica, de 18. Descalza y mientras se daba masajes, Nilda sostuvo que “después de esta peregrinación, una se siente mucho mejor, en paz con su alma, y eso te anima a caminar tanto”.
A las 15, la Virgen hizo su entrada en el campo, vivada por los presentes. Al otro lado del escenario, se colocó un póster gigante de Juan Pablo II, previo paseo entre la multitud. “Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo. Santo ya”, coreaban los cristianos. Muchos se persignaron, y otros tantos deslizaron las cuentas de sus rosarios entre los dedos, murmurando plegarias silenciosas.
Además de las autoridades eclesiásticas, diversos funcionarios ocuparon sus sillas en el escenario adornado con flores. Entre ellos, el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, acompañado del subsecretario de gobierno Horacio Ghirardi; y la intendenta de San Lorenzo, Mónica de la Quintana. También estuvieron allí representantes del Servicio Integrado de Emergencia Sanitaria (Sies), Defensa Civil y la Guardia Urbana Municipal (GUM), los organismos encargados de seguridad. Además, recibieron un caluroso aplauso los ex combatientes de Malvinas, que llegaron al Campo de la Gloria junto a su cocina de campaña, para convidar mate cocido a la concurrencia.
Un camino hacia la concordia como desafío cristiano
Durante su homilía, Monseñor Mirás recordó que este año se celebra la semana eucarística, que culminará con una misa en el Monumento a la Bandera el domingo próximo.
“Es necesario vivir una vida honradamente cristiana, no sólo para la santificación de nuestras almas y de nuestra comunidad, sino para una patria, un país, un horizonte mejor para todos”, indicó el arzobispo. “Nadie puede llamarse cristiano sin sentirse hermano de todos los otros, y para eso es necesario alejar de nuestra vida aquello que fuera rencor y encono. Por el contrario, es necesario buscar el camino del diálogo, el conocimiento y la concordia. Claro que esto es difícil, pero para eso Dios nos ha dejado a su hijo en la Eucaristía”, agregó.
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