Una Salta, otra Salta
UNA SALTA
Salta está más linda que lo que dice su apodo. La belleza le baja del Cerro San Bernardo hasta su cuerpo de noches de peña y calles antiguas. Además, los salteños son anfitriones por naturaleza. Ofrecen la amistad como una empanada o un vaso de vino. De la mano de su paisaje, Salta ha incorporado una política de turismo prepotente y eficaz.
La estrategia tiende a volcar muchísimo de los ingresos de la provincia a dotar de infraestructura una zona que ahora, además de sus dotes naturales, tiene con qué recibir a los forasteros, que llegan desde los lugares más recónditos del mundo. Además, lo hace con precios competitivos, sin la criolla costumbre de querer salvarse de la noche a la mañana.
La oferta contempla la aventura en los cerros, el deporte en la montaña, la cultura en el museo o en las ferias de libros y artesanías, la historia en la presencia de los gauchos de Güemes, la tradición en la noche larga de vinos pateros o la recorrida por las callecitas del centro que no tienen nada que envidiarle a algunas de la Habana Vieja.
En las rutas de Salta se ven máquinas que asfaltan, como así en el centro de la ciudad. En los carteles el gobernador anuncia cada una de sus obras. En el empresariado privado cuentan que ahora se piensa en una Salta capaz de ser una alternativa turística para exigentes visitantes y, que no solo se piensa, sino que también se ejecuta.
Si hay que traer a Boca a jugar un partido de fútbol o a Soledad a cantar, lo mismo da en el pensamiento de los estrategas del turismo. Todo suma y ha hecho florecer una ciudad que quiere canalizar el pensamiento del viejo Romero, el caudillo feudal que legó un hijo menemista y una idea de que este lugar tiene que ser la capital del norte argentino. En eso andan.
LA OTRA SALTA
La indignación se le subió a la terraza del cabildo a un salteño que mira cómo un par de periodistas filman tanta hermosura bien cuidada. Grita que esto no es verdad, que todo es una mentira, que es una cortina, que Romero es lo peor, que están haciendo un daño grande como esta provincia con forma de lagarto.
Un artesano de El Carril, pueblito de los alrededores, parece sostener el mismo pensamiento, aunque menos vehemente. Dice que tiene que vender artesanías porque lo dejaron sin trabajo y ya es viejo. Aclara que también es considerado viejo su hijo de 35 años que vende en el puesto de al lado. Perdió su empleo en los tiempos de Menem, el riojano amigo del delito que se hizo escoltar por Romero en la última campaña, el gobernador del turismo.
Ariel, un baquiano del Cerro San Lorenzo también parece abonar la tesis de los dos hombres que ni siquiera conoce. Vive en el lugar más fastuoso de los alrededores de la capital, pero en un barrio de trabajadores. Su casa sencilla, donde duerme con su mujer y sus dos hijas, no se le parece en nada a la mansión de muchas hectáreas que el gobernador tiene al pie del cerro. Y él reflexiona: “¿vieron los alrededores? Parece como que a los pobres los hubieran puesto a todos allí, como a propósito”.
Es la otra Salta. La que de noche junta cartones, la que apuesta a la migración desde el interior a la capital como una salvación que nunca llega. La que del gobernador que le quita el dinero a los turistas europeos pero se los devuelve deforestando con una compañía gringa 16 mil hectáreas que eran de una comunidad wichí.
Es la Salta que vendió sus empresas a los capitales extranjeros. La que lee por Romero cuando compra el Tribuno, vuela a las Nubes cuando viaja en el tren que Romero dio en concesión quizás sin intentar convertirlo en superhabitario para el estado o la que tiene la pobreza –como decía Ariel- al otro lado de la vía.
Una, la otra. Las dos son Salta, aunque sólo promocionen la primera.
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