UNO DE CADA NUEVE JÓVENES DEBE MANTENER A SU FAMILIA
Porque “quedaron embarazados” y empezaron a convivir junto a sus parejas. Porque alguno de sus padres se quedó sin trabajo o se jubiló y cobra una miseria, y su sueldo pasó a ser el ingreso principal de la casa. Porque la incipiente reactivación les hizo un pequeño lugar en el castigado mercado laboral antes que a los más grandes. Porque se fueron a vivir solos. O vaya a saber por qué, más de un millón de jóvenes argentinos de entre 15 y 29 años son jefes de hogar: dijeron adiós al desenfado y la audacia propios de su edad para sumergirse de cabeza en el mundo de los adultos.
Pero eso no es gratis.
La Hoja Mural de Datos estadísticos 2003, que acaba de publicar la Dirección Nacional de la Juventud con datos oficiales, dice que en todo el país hay 1.213.238 jóvenes jefes de hogar, una categoría que en líneas generales implica aportar el ingreso principal con que se sostiene la casa. Entre ellos, una de cada tres es mujer.
A algunos puede parecerle que pasados los veintitantos ya es hora más que adecuada para tomar responsabilidades vitales, pero basándose en las tesis e investigaciones psicológicas más recientes, que hablan de un retraso de la maduración, la ONU llevó el límite de la adolescencia tardía hasta los 30 años.
Los números también pueden leerse de otro modo. Si se acepta el cálculo habitual que estima en nueve millones la cantidad de hogares argentinos, resulta que uno de cada nueve está bajo la responsabilidad de un joven. Mariana Alvarez es una de ellas. Habla despacio y dulce como el mejor tereré de su Corrientes natal. Tiene 27 años, y hace 9 que abandonó Curuzú Cuatiá para estudiar Nutrición en la UBA. Acá se transformó en Marian, se instaló en una residencia universitaria y empezó a cursar. “Un año y medio después y con todo el dolor del mundo mi papá me dijo que no podía mantenerme más en Capital”, recuerda.
Tenía 19 años y decidió seguir adelante. Buscó empleo durante meses, lo encontró, se cambió a otro trabajo y después de un año y medio la despidieron. “Fue un cachetazo. Yo me había independizado, vivía en un departamento con otras chicas”, repasa. Se las rebuscó un año, y recién en abril de 2001 la contrataron en la empresa donde aún trabaja. “Después de la devaluación me asusté mucho, si me quedaba en la calle no tenía respaldo de nadie. Pero bancando una casa te acostumbrás a que el problema es tuyo”. Hoy por hoy no manda dinero a sus padres, pero le compra zapatillas a su hermanita de 12 años. Claro, para poder sobrevivir Marian tuvo que relegar sus estudios, que ya llevan una década.
No le pasa sólo a ella. Según una encuesta realizada por la consultora D’Alessio IROL a jóvenes de entre 18 y 24 años, ante una situación conflictiva entre estudio y trabajo el 63% de los chicos relegaría un poco el estudio para conservar el empleo, tal como hizo Marian. El interés —o la necesidad— de generar y mantener un ingreso también se vio en otras respuestas. Más allá de la vocación, la mayoría de los consultados se decidió a estudiar porque creía que con un título le sería más fácil encontrar trabajo. Para la investigadora del Conicet Sandra Carli, la principal causa del salto al vacío que implica para los jóvenes tener que hacerse cargo de un hogar se debe a que recibieron por parte de los adultos un país devastado, sin ninguna “herencia social” sobre la que recostarse. “Las opciones para los jóvenes se redujeron —dice la doctora—. Si antes eran educación y trabajo, los datos actuales indican que más que opciones vocacionales (qué estudiar) o posibilidades sociales (la inevitabilidad del trabajo), los chicos ahora se ven empujados a tomar caminos radicales. Pero el ‘dejar todo’ de quienes no estudian ni trabajan o la ‘responsabilidad’ del jefe de hogar no son decisiones voluntarias, sino situaciones naturalizadas por la ausencia del Estado, las instituciones y adultos responsables que dejen una herencia social a sus jóvenes”.
Carli no encuentra espacio para respuestas tibias: “Es imprescindible que se amplien todas aquellas acciones estatales (subsidios a jefes de hogar, becas para continuar estudios y para emprendimientos laborales de jóvenes, etc.) que permitan sostener y acompañar las experiencias de los jóvenes: una acción reparatoria de las consecuencias de un país saqueado en el pasado reciente, pero que es también una acción constitutiva de futuro.”
Las estadísticas oficiales le dan la razón a Carli cuando habla de un país que secó de herencias a sus jóvenes:
Desde 1999 se duplicó la cantidad de jóvenes pobres: ahora lo son seis de cada diez.
Entre los jóvenes, el desempleo duplica la tasa general del país: es del 26%, frente a 14,5% en el total de la población económicamente activa.
Cinco millones de jóvenes no tienen cobertura de obra social o medicina prepaga.
Desde el 2001, se duplicó la cantidad de jóvenes que “no estudian ni trabajan ni son amos de casa” (ver página 32).
El 40% de los planes Jefes de Hogar va a parar a manos de jóvenes de entre 17 y 30 años.
El socioterapeuta Carlos Souza, director de la Fundación de prevención y atención de la drogadependencia Aylén, está azorado: “Que más de un millón de jóvenes sea jefe del hogar es un hecho infame. Son chicos que tuvieron que desarrollar capacidades para afrontar situaciones de adversidad social con el enorme costo de no vivir como jóvenes, sino como adultos. ¿Y qué será del futuro de esos miles de chicos que no tienen trabajo? La respuesta es obvia: cronificación del escepticismo, adicciones y otras problemáticas sociales”.
El Instituto Superior de Ciencias de la Salud (ISCS) organiza desde 1999 una encuesta anual entre más de 3.500 adolescentes preuniversitarios a quienes interroga sobre varias cuestiones. Dos datos recogidos en este trabajo revelan con elocuencia por qué tantos jóvenes pusieron el peso de su hogar sobre sus hombros y por qué tantos otros lo abandonaron todo. En 2001, el 30% de los chicos dijo que uno o ambos padres habían perdido su empleo en el último año. En 2003 fueron algunos menos, el 26%. Una baja mayor, pero aún en niveles altísimos, tuvo la “sensación de desesperanza por la situación actual”: 48% hace tres años, 38% en el 2003.
Otra de las razones que explican la enorme cantidad de jóvenes jefes de hogar es la caída en la edad de iniciación sexual y el incremento de embarazos adolescentes. Los últimos datos nacionales procesados por el Ministerio de Salud dicen que durante el año 2000 nacieron en todo el país 96.689 bebés de madres de entre 15 y 19 años. El 30% de estos nacimientos ocurrió en suelo bonaerense. ¿Algo notorio? En esa provincia, en ese año, también se produjeron casi la mitad de muertes jóvenes debidas a “causas externas” (accidentes, suicidios y homicidios): 2.608 casos, sobre un total nacional de 5.720. Ocho de cada diez de estos pibes eran varones.
En la encuesta realizada por el ISCS en el 2001, el 44% de los estudiantes secundarios que contestó ya había debutado sexualmente; el año pasado esta pro porción casi tocaba el 47%. El doctor Claudio Santa María, rector del Instituto, recorre desde hace años las escuelas de Capital y el conurbano para dar charlas sobre prevención en VIH, anticonceptivos y sexualidad. Y en este tiempo vio cambiar muchas cosas: “A fines de los 90 había una o dos alumnas embarazadas por colegio, a quienes por ahí las hacían abandonar los estudios o la familia las sacaba por vergüenza. Ahora hay escuelas que tienen entre el 5 y el 10% de sus alumnos embarazados. Son tantos que la Secretaría de Educación porteña creó la figura de ‘alumno papá’ y ‘alumna mamá’, y se les da licencia a ambos para el nacimiento de su hijo”.
La temprana actividad sexual de los adolescentes anticipa también los riesgos de contraer sida y otras enfermedades conocidas por los chicos, pero incomprensiblemente la mayoría de ellos no se protege del contagio. Aunque el 70% de los consultados por el ISCS sabe cómo se transmite el sida, sólo el 30% usa preservativos en todos sus encuentros sexuales. “Sin duda tendremos más jóvenes con VIH, hepatitis B y otras enfermedades”, se desanima Santa María. “Y muchos embarazos terminan en aborto, que es la principal causa de insuficiencia renal y muerte en la adolescencia”.
Alejandro Herchhoren tiene 27 años, es abogado pero trabaja como administrativo en una oficina pública y mantiene con su sueldo a su madre, Angélica, una jubilada de 64 años. Su papá murió cuando él tenía 13 años, y no tiene hermanos. Ni tuvo infancia. “Crecí más rápido, pero me sirvió. No me hubiera gustado ser un mantenido”, dice con voz grave. “Para que me alcance el sueldo uso las dos palabras más utilizadas en Argentina: tirar y zafar. Pero llega un momento en que la plata no se estira más…”
Ahora tiene una idea, un proyecto. Irse a vivir a España con su mamá. Si lo concreta, no haría más que seguir la huella de miles de jóvenes que lo precedieron: según datos de la Dirección Nacional de Migraciones, tras el batir de las cacerolas y durante el 2002 dejaron el país 33.226 jóvenes de entre 16 y 30 años, un 32% más que el año anterior, a pesar de que la devaluación triplicó el costo de los pasajes y la manutención en euros. Algunos ya empezaron a regresar el año pasado, pero todavía son muchos los que, como Alejandro, orejean la idea de partir, con su hogar a cuestas y la esperanza de acero. “Por ahora es una posibilidad. Quiero que Argentina mejore, que sea un país de verdad en el que se pueda proyectar”, suelta. Y dan ganas de decirle que sí, que ya lo va a ser.
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