Vale un vagón
No por nada lo han puesto allí, donde confluyen dos de las calles más importantes de la ciudad, donde todos los que recién llegan, o todos los que viven aquí todos los días, en algún momento pasan, miran, con más atención los forasteros, casi como una memoria permanente los lugareños. Es un vagón restaurado, casi como tantos otros que hay en otras partes del país; pero no es uno más.
El ferrocarril se instaló en esta zona en 1909. La idea de los “modernizadores” del roquismo anglófilo era unir por vía Puerto Deseado –hemos dicho que una de las salidas marítimas más importantes del país- con el Lago Nahuel Huapi, en Bariloche, de modo tal que se abriera un corredor ferroviario bioceánico para facilitar el tránsito de productos entre el Pacífico y el Atlántico.
Y fue, como en otros sitios, a un costado de las vías, que Puerto Deseado empezó a crecer, entre gringos portuarios y recién llegados ferroviarios que fueron conformando la identidad de un lugar que, muchos años más adelante, iba a tener una aproximación a “la argentinidad”, cuando un par de generaciones después los gringos tuvieron a sus hijos patagónicos.
Así, entre marinos y ferroviarios, Deseado creció, lo suficiente para que a nadie le falte el pan, lo justo para no dejar de tener impronta pueblerina, con gente que se sabía de memoria la vida del vecino y que no acostumbraba a poner llave a ninguna puerta. Hasta que le quisieron poner llave a todo el pueblo, nada más y nada menos que cuando la dictadura de Videla ponía otros cerrojos en todas partes.
A instancias de José Martínez de Hoz, ministro de economía de los genocidas, cerraron el ferrocarril, por considerar que no era rentable. Entonces se organizó al borde de la ría acaso la única manifestación en defensa del patrimonio nacional que tuvo lugar en toda la Patagonia, en tiempos en que las protestas solían terminar desfavoreciendo a los que la encarnaban.
Deseado armó una pueblada y defendió el vagón de la memoria que ahora está enclavado en ese lugar neurálgico del casco urbano. Parecía que defendía un vagón vetusto, pero no; estaba peleando para preservar en su lugar la historia. Y el vagón se quedó ahí, como invitando a que se interrogue sobre ese tiempo, cuando muchos se tuvieron que quedar en la vía.
Marcos Oliva Day (h), un vecino muy estimado en la zona, fue fiscal de la causa y guardó celosamente la documentación que pronto estará fotocopiada en el museo. Y para corroborar que el vagón que nunca se fue es histórico, los más viejos cuentan que allí se trasladó el policía Varela para matar a traición a José Font, uno de los obreros de la Patagonia Trágica.
Font tiene su monumento en la Ruta 3 y el acceso a Puerto Deseado. Oliva Day, muchos años después, guía una fundación que educa a los niños con métodos lancasterianos, en cuanto a su relación con el medio ambiente. De Varela y Martínez de Hoz, lo mismo en distintas épocas, ya bastante se sabe, porque felizmente siempre hay gente que rescata vagones para convertirlos en una memoria de todos.
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