VÉLEZ PASÓ OTRO EXAMEN DURO Y AGIGANTASU SUEÑO
Los sueños, ya, están todos mezclados. Y eso no es poca cosa. Porque ahora, al sueño de campeón al que se aferra Vélez con ese margen que le dan los dos puntos de ventaja y la punta en soledad, se le suman los sueños de Boca y de River, ya más intensos, para que de una vez Vélez se caiga. Pero el equipo de Ischia no se cae. Lejos de eso, ayer, en un partido en el que jugó mal y no debió ganar, sumó tres puntos y aprovechó la chance que le dieron los rivales superclásicos al empatar y sumar lo mínimo. Fue como un triunfo símbolo el de los de Liniers, de esos partidos que ganan los que quieren —y pueden— ser campeones. Por suerte, por liga, por esas cosas que no se explican demasiado.
Lo sufrió Vélez el partido, aunque en el segundo tiempo, cuando el ida y vuelta se apoderó de la tarde, pudo haber cerrado la cortina con algún gol más. Pero le costó sostener a un Gimnasia que, inclusive con diez hombres durante 62 minutos, se la jugó siempre por ganar. De hecho, el mejor jugador del partido, el hombre por el cual el resultado final no se modificó fue Sessa. En sus manos quedó el penal que pateó Sanguinetti y cinco llegadas francas de los de Ramacciotti. Que Vélez, en la tarde en la que mostró su versión más floja, haya ganado, tiene un significado simbólico. Que hace sentir a todos sus hinchas que que ya están en las puertas de la gloria.
¿Qué le pasó a Vélez para no parecerse al Vélez de siempre? Que Gimnasia lo encerró, lo ahogó. Y eso sucedió cuando Esteban González presionó a Gracián y le apagó la luz al pensador del puntero, y cuando los demás metieron el físico para acompañar. Pero Vélez es uno de los mejores equipos del Clausura, y se sabe destapar ya sea a partir del funcionamiento o de sus individualidades.
Pues bien, esta vez —otra vez— el aire buscado se lo dio su goleador. Que encontró un resquicio en un cierre lento de Licht tras un centro de Centurión y abrió el marcador con un suelazo de cara a su gente, de cara a la locura de empezar a darle forma más redonda al sueño grande. Tenía otro perfume el partido, pero a Vélez se le estaba dando. Incluso, un rato antes del gol, hubo una jugada en la que tras una buena atajada de Sessa, quedó la sensación de que Pellegrino manoteó y le hizo penal a Enría.
Ese era el partido. Complicado, cerrado, con toda la pasión y el alma que Gimnasia ponía en cada pelota. Ni siquiera la expulsión de Germán Castillo le dio a Vélez los espacios necesarios como para encontrarse como en sus mejores tardes. Y cuando el fútbol no le abrió la puerta, Vélez decidió meterse por otro lado, y subió la montaña a puro espíritu.
Se hizo caliente la noche, ardiente. Con los gritos de los hinchas empujando y con Vélez resuelto a hacer lo imposible para quedarse con esos tres puntos. Pero no se metió atrás para conservar la ventaja, sino que trató de agrandarla. Aún estando lejos de sus mejores tardes, Vélez quiso ganar. Intentando la contra, probando meterse por los costados o por donde fuera.
Pero el destino le dio a Gimnasia la chance más clara: penal de Pellegrino a Sosa y un instante sublime: Sanguinetti frente a la pelota, Sessa flexionando sus piernas, y los hinchas de Vélez, de River, de Boca y de Gimnasia esperando. Medio país para ese momento. Que fue todo de Sessa. Como en el sueño del pibe arquero.
Vélez necesitaba aire, lo buscaba, lo quería. Se le escapó una vez Gracián a Esteban González, armó un jugadón y Olave, otro que sacó todo lo que le tiraron, le hizo penal. Esta vez el deseo se concentró en los hinchas de Vélez y cientos y miles de cuernitos se deben haber dibujado en cientos y miles de manos, y ganó la contra: Roberto Nanni pateó mal, débil, afuera, y la incertidumbre no se le despegó al partido.
Gimnasia echó el resto. Había quedado claro hacía rato que el hombre de menos no lo intimidaba. De hecho, la jugada final fue un símbolo de lo que sufrió Vélez para poder abrazar esta alegría de los dos puntos de ventaja que hasta le le dan margen para el error. El partido se cerró con un rechazo urgente de la defensa de Vélez, y con un grito que surgió del Bosque para llegar a todo el país. Fue —es— el grito dulce, el del sueño de los campeones.
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