VIAJE AL INTERIOR DE LAS RUINAS DE LA FACULTAD DE DERECHO
Pese a que el edificio parece soportar los embates, la Facultad de Derecho debe enfrentar nuevos problemas derivados del uso intensivo de las zonas no afectadas por el incendio del 1º de julio pasado, que dañó a casi la mitad del inmueble y obligó a la casa de estudios a realizar todas sus actividades en la parte indemne, para poder cumplir con el ciclo lectivo. Asimismo, el hecho de que existan zonas a la intemperie, ante la desaparición de parte del techo, hace que cada vez que llueve se sigan produciendo daños. Y a este cuadro complicado se suma cierta impresión de que “las obras de restauración, limpieza y apuntalamiento marchan lentas y merecerían un mayor seguimiento de parte de la Universidad (Nacional de Rosario)”, que encomendó las tareas a la empresa América, como dijo a este diario un funcionario de la facultad.
“La obliga a buscar soluciones permanentemente”, señaló Susana Klostman, secretaria Técnica de Derecho, quien invitó a El Ciudadano a volver a recorrer el edificio. Previamente, el Concejo Municipal había llevado una donación a la facultad para la construcción de su aula virtual y el decano Ricardo Silverstein había anunciado obras complementarias, la mayoría de las cuales –dijo– apuntan a atender “serios deterioros, que se agravaron con motivo de tener que trabajar en un espacio reducido” (ver aparte).
La caminata comienza por el hall de entrada que da a calle Moreno, que en los meses venideros funcionará como una suerte de depósito de materiales. Silverstein, Klostman, el presidente del Concejo, Agustín Rossi, y los ediles Pablo Javkin, Fabio Gentilli y José Elmir observan los frescos del techo, que están siendo reparados por restauradores de las facultades de Humanidades y de Arquitectura. “Queremos que la reconstrucción se haga con gente de la Universidad y con empresas locales”, dice el decano. Luego, la secretaria Técnica marca el camino por el ala norte, epicentro del incendio. Las aulas inutilizadas presentan los pisos mojados y más de una madera floja. Basta con alzar la vista para encontrar la respuesta. “El fuego arrasó con el techo y en algunas zonas el entrepiso de madera no pudo soportar el peso de los materiales incendiados ni de las lluvias posteriores. Por eso hay desprendimientos, filtra agua y se siguen produciendo daños”, explica y aclara que sólo está a salvo un sector, donde el entrepiso es de losa.
En el ala dañada en julio pasado no se ven demasiados avances respecto de los días posteriores al incendio. Siguen desparramados trozos de madera, cables, escombros y muebles, y en los transparentes el tiempo se detuvo el día del siniestro. Todos los carteles anuncian cursos, disertaciones –por ejemplo la de Aleida Guevara, hija del Che– y fiestas bailables programadas para antes del incendio. El área, además, no parece estar demasiado exenta de la rapiña: un importante número de sillas de alta calidad, de las cuales es difícil percibir cuál quedó inutilizable y cual no, parecen libradas a su suerte. Podrían terminar en un contenedor, pese a merecer mejor destino.
“Esto va relativamente lento”. La frase se le escapa a un funcionario, que, pese a explicar que se trata de “una obra en la que es difícil evaluar la marcha, porque a medida que uno retira y limpia hay que ver qué pasa con el resto del edificio”, insiste en que las tareas “merecerían un mayor seguimiento de la Universidad”.
El grupo llega hasta el extremo oeste, donde está el aula virtual, antiguo orgullo de la facultad, que resultó totalmente dañada y hoy se encuentra a cielo abierto. “Cada vez que llueve la situación se complica”, insiste Klotsman.
Sin techo
“Uno cree que el techo cubre, pero también cumple una función de anclaje de los muros, que tienden a desplazarse, porque no está más el techo que hacía que todo funcionara como una unidad estructural”. Mientras pronuncia esta frase, la secretaria Técnica señala la medianera que da a la escuela Normal Nº 2, la más afectada de todas. Luego, fija la atención en la ornamentación del extremo y dice: “Está prácticamente en el aire, porque la pared está suelta y debe soportar un grupo escultórico y pináculos en la esquina” .
Luego, la comitiva retorna sobre sus pasos. Las cabezas se asoman en las aulas vacías y surgen algunos gestos –entre curiosos y preocupados– por su estado. Los pisos están mojados y lo seguirán estando cada vez que San Pedro haga tronar el escarmiento. Al salir a la galería, se ven los tirantes de hierro y los de pinotea acumulados. “Esta es una madera en extinción, única, por lo cual el próximo techo no será de pinotea”, dice la secretaria Técnica.
Escaleras arriba, murciélagos
La invitación de las autoridades se extiende a la planta alta. En el primer tramo, camino a la cúpula, se escucha un chirrido que por momentos ensordece. Hay un tabique de madera y del otro lado reside la colonia de murciélagos. “Se sabía que iban a volver y el interrogante era si les iba a alcanzar el lugar –parte de su alojamiento se destruyó con el fuego– y sucedió lo mismo que con la facultad: se apretujaron en la mitad del espacio y ahí están”, cuenta Klosman y resalta el hecho de que la preservación de la colonia de murciélagos “esta incluida en el proyecto original de restauración”.
El recorrido sigue. Tras el tabique quedan miles de hembras que en setiembre pasado llegaron preñadas desde el norte del Brasil, para repetir el casi centenario ciclo de alumbrar y cuidar a sus crías hasta que llegue febrero y ya sepan volar. Desde la terraza se domina todo el edificio. Klostman insiste en los riesgos que trae aparejada la falta del techo y, a modo de ejemplo, observa cómo ha debido sostener a los ornamentos de la fachada. Tres operarios hacen equilibrio entre tirantes de madera calcinados y siguen desmontando los restos de la que fue una estructura de pinotea y perfiles de hierro. Se vuelve a escuchar: “Esto va lento, a simple vista parece que trabaja poca gente”.
La vista panorámica permite que, una vez más, la secretaria Técnica enumere las obras que comienzan y rescate la buena voluntad de todos los claustros para adaptarse a la falta de espacio. Prefiere no hablar de plazos para la conclusión de obras. “Acá no se termina así nomás”, dice y comienza a descender, mientras las hembras de murciélago siguen enseñándole a sus hijos los secretos para sobrevivir en este edificio.
Reparar lo dañado costará unos 10 millones
El decano de la Facultad de Derecho, Ricardo Silverstein, anunció ayer el inicio de obras en sectores de esa casa de estudios que no fueron alcanzados por el incendio, pero que demandaron atención en virtud del uso intensivo al cual fueron sometidos. Según señaló, las tareas demandarán una inversión de entre 60 y 70 mil pesos. Silverstein indicó que se realizarán refacciones en la fachada interna del ala sur (sobre calle Córdoba), “donde había riesgo de que cayeran las balaustradas”.
Por otra parte, indicó que se van a “construir baños en la planta alta”, para compensar la destrucción de los que estaban ubicados en el ala norte.
El decano señaló que también se va a reparar “la ex aula 18, que hace veinte años que no se podía usar y hoy su utilización es vital”; que se acaban de cerrar los albañales, que recorren el perímetro del patio de la facultad, y que se realizarán mejoras en “todo el sistema de desagües, que estaba haciendo que el piso se hundiera y afectara la estructura”.
Por otra parte, estimó que probablemente a principios de febrero esté listo el proyecto de restauración de la parte siniestrada en julio último y apuntó que “extraoficialmente” los arquitectos encargados de los estudios estimaron que las obras podrán costar entre 10 y 11 millones de pesos.
“Esto es la base para empezar, y calculamos que entre marzo y abril ya van a estar en proceso de licitación”, dijo Silverstein.
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