Viento blanco
Chos Malal es un buen recuerdo. Seguramente había motivos para quedarse. Pero una meta breve y mejor es el volcán Copahue. El cráter alcanza una altura cercana a los 3 mil metros y sus fumatas tienen a maltraer a la localidad Caviahue, un caserío de 500 habitantes al pie del único volcán activo de nuestro país. Sólo que llegar hasta la cumbre no será tarea fácil, o no por lo menos por hoy.
Hay que dejar la ruta 40 y, como cada vez que uno se aparta de ella, se siente que tendría que haber menos riesgo. El pueblo de Las Lajas duerme una siesta, manso y quieto como una laguna estancada. Es allí donde un cartel indica por primera vez “Copahue”. En el 2000 Copahue fumó más de la cuenta y su ceniza amenazadora voló hasta Zapala, 170 kilómetros al este.
Según algunos vulcanólogos, Copahue debía expeler fuego el año pasado, porque suele enfadarse cada cuatro; pero todavía no lo ha hecho. En el camino a la cima del volcán se halla Loncopué, otro pueblo de nombre mapuche y pertenencias blancas, como tantos en Neuquén. En Loncopué también saben de la ira de Copahue porque cuando éste entra en estado de nerviosismo la ceniza visita al pueblo vecino.
Ahí hay una creencia ancestral. Dicen que cuando los arrieros pasan con el ganado para el lado del volcán, porque en las zonas más bajas no hay buen pasto o porque arriba hay más agua, Copahue se violenta y escupe su lava caliente. Más allá de creer en lo sobrenatural o no, la gente tiene presente siempre al gigante que, para demostrar que a veces es amistoso, en sus cercanías tiene aguas termales que son una atracción constante para miles de turistas.
Camino al cielo de ceniza se ha puesto a llover y muy pronto la lluvia se transforma en agua-nieve. Una escarcha densa pero poco compacta deja blanco el vidrio de los vehículos y obliga a los limpiaparabrisas a trabajar horas extras. Todo sea por ver a Copahue. Más adelante, una barrera que cierra la ruta cuando la nieve lo tapa todo nos franquea el paso. Ya estamos más cerca.
Sin embargo no podremos llegar. En un momento determinado la nieve invade a pleno la calzada. No tenemos cadenas y las huellas que antes eran guías han desaparecido por completo. La ceguera es inminente. La montaña se cierra como un cajón albino, la vegetación desaparece para conformar muchos trajes de novia con la forma de los gajos. Ya no es posible distinguir el precipicio de la banquina, los guardarais del camino. Todo es nieve.
Arriba de la tormenta el sol resplandece como un recuerdo y quema los ojos. Si es que se puede girar, hay que volver. Lo intentamos. El motor respira hondo y luego se queja. Como esos caballos baquianos que siempre saben tomar el camino correcto se niega a avanzar hacia delante. Más nieve se levanta para cubrirlo todo. Suponemos que después de la curva siguiente está Copahue. Pero no se avista ninguna curva.
Probamos marcha atrás. Ahora sí se puede salir. Un despiste significaría quedarse allí a pasar la noche y no sería nada grato. Ya nos habían advertido en Loncopué que la nieve puede alcanzar allí los 4 metros. Tras un último ronquido el auto se acomoda en la calzada y es el regreso. En medio de la nieve, quien la desconoce, añora los temporales de lluvia del litoral, en los que al menos se ven las luces.
Unos kilómetros más abajo y más tranquilos, otra vez aparece el pavimento y la pista de esquí que antes era un destino inevitable se transforma en una ruta escarchada y patinosa, pero visible. Otra vez el agua-nieve, pero ahora parece una bendición. Loncopué, un destino que parecía solo para transeúntes nos ofrecerá asilo y nos regalará historias que invitan a quedarse. Mañana haremos otro intentó con el fumador de Los Andes.
Este contenido no está abierto a comentarios

