Viento y cetáceos
Es fácil verlo ahora. En cualquier mapa satelital de la República Argentina, la Península Valdés se asoma hacia el mar, tímidamente, dibujando una geografía de acantilados, costas planas, caletas, islotes menores. Es una marca registrada de Chubut su naricita respirando el viento del océano, una prominencia de tierra con inconfesas ínfulas de adentrarse en el agua salada.
Sin embargo, no era tan sencillo cuando lo dibujó Douglas Whalen. Douglas, hijo de galeses pero personaje típicamente patagónico, ganó reputación en la zona haciendo mapas. No tenía profesión, pero le decían “el cartógrafo”. No era para menos. Graficó la península como nadie y cuando no lo había hecho nadie, marcando cada trazo rocoso como si se hubiera trepado al cielo, aún cuando nunca había volado en avión.
Con la historia del viejo Douglas en el bolsillo nos fuimos en excursión rumbo a Península Valdés, para toparnos con la ballena franca austral, el cetáceo de hasta 30 mil kilos que entre mediados de junio y diciembre vive bien cerca de las costas de Puerto Pirámides, donde se aparea, luego lleva a cabo el parto y después le brinda los primeros cuidados a las crías con un comportamiento casi humano.
La guía de la excursión teme que no podamos ir mar adentro. El viento está soplando con horas extras y el puerto permanece cerrado. En el colectivo viajan varios extranjeros que se contentan con ver maras o lechuzas, ñandúes o zorros. Los franceses o los españoles miran extasiados. Uno piensa que “qué harán si se cruzan con las ballenas, si por una simple liebre patagónica por poco alucinan”. Bueno, al menos las vacas sí las conocen.
Sigue el viaje. Recorrer Península Valdés no es tarea sencilla. Son 420 kilómetros desde Puerto Madryn, muchos de ellos, la mayoría, enripiados. La escala para pedirle –diría Sabina- “ a la virgen de los vientos”, es un museo donde se destaca la reconstrucción de las partes óseas de una ballena como las que iremos a ver luego. Habrá que juntar coraje, nos decimos, mientras vemos que, de poder ir a la mar, estaremos en un gomón de unos 10 metros, solos, frente a un ejemplar equivalente a dos autos sedan de 4 puertas que además, dicen que gusta de hacer piruetas ante los visitantes.
Península Valdez, dice la guía para alejarnos de ballenáceos pensamientos, es un área natural protegida por el estado. Si bien la mayoría de las tierras son privadas, los dueños deben cumplir con los requisitos de preservación que la ley mande. En eso, pega el viento en la cara levantando arenilla y volvemos al colectivo. Se anuncia que el puerto “sigue cerrado” y que iremos antes a Punta Delgada y Caleta Valdés, para toparnos con otros habitantes del mar: los elefantes marinos y los pingüinos.
Vamos entonces. Algunos de la expedición, una vez enterados que habrá una hora hasta el próximo destino, eligen cerrar los ojos. Los gringos no. Siguen extasiados con la extensión –Valdés es más grande que Tucumán o Misiones- y con la fauna. Sacan fotos a todos, menos a las vacas, que las conocen. Un rato después, volverán a quedarse maravillados, pero esta vez, con justa razón: una colonia de elefantes marinos que vive en la zona actuará para nosotros.
La película, vale confesarlo, no es apta para todo público. Un galán posee ahí mismo, a la vista de franceses incrédulos, españoles locuaces y criollos impávidos, a una hembra elefantita marina que nada dice. Él cruje y goza. Como tiene un harén, si otro macho viene a molestarlo lo retará a duelo. El horario de protección al menor no consta pero la guía ordena la partida, mientras algunas crías –frutos de este amor tan intenso que podemos comprobar- haraganean al modo de sus padres en las costas ventosas.
Unos kilómetros después será el turno de los pingüinos. A esta altura los extranjeros deliran y ya ni se acuerdan de las ballenas. Están extasiados por tanta belleza. Chiche Duhalde los mataría a todos pero los pingüinos son maravillosos. También actúan para nosotros, pero sin pornografía, apenas con movimientos gráciles y amistosos. Hay más viento y malos augurios: el puerto permanece cerrado. Igualmente, crean que ya no importa.
Ha transcurrido una jornada de excursión por uno de los lugares más placenteros que se puedan conocer en la Argentina. Las ballenas quedarán para otra ocasión. Igual podremos contar que estuvimos en el lugar exacto donde el viejo Douglas Whalen creció haciendo los mapas que nunca tuvieron parangón. ¿Qué cómo hacía? Ah, muchos años después reveló el secreto, sin importarle que muchos dijeron que en realidad el cartógrafo se había vuelto loco.
Es que, Douglas contó que pudo hacer mapas perfectos porque entre 1938 y 1945 “levitaba”, que sentía que lo elevaban mágicamente cuando estaba por la zona y que, cuando bajaba, sólo era cuestión de dibujar lo que había visto. Pobre viejo Whalen, tener que explicar lo inexplicable. Nosotros damos fe. Cualquiera que pase muchos días por estos paraísos acuáticos y terrenales será capaz de levitar.
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