VILAS: UN TÍTULO DE MAESTRO QUE CUMPLE 30 AÑOS
El recuerdo de la fecha simboliza algo más que un triunfo. No se faltará a la verdad si se señala que esa tarde en la lejana Melbourne se produjo la primera explosión de un deporte que en nuestro país, hasta ese momento, estaba reservado para unos pocos. El 15 de diciembre de 1974, hace 30 años, Guillermo Vilas con el pelo largo, una vincha y una raqueta en su mano izquierda escribió el primer capítulo de una carrera que siempre tuvo a la gloria como aliada.
En ese domingo australiano y ante 8000 personas, Vilas se recibió de Maestro al vencer al rumano Ilie Nastase – ganador de esta prueba en 1971, 1972 y 1973– en un maratónico match por 7-6, 6-2, 3-6, 3-6 y 6-4. No fue una victoria más: se trató del mojón inicial, la primera victoria trascendente en un césped que, posteriormente, se dio el lujo de verlo ganador del Abierto de Australia en 1978 y 1979.
Vilas encarnó un triunfo diferente porque a partir de entonces se hizo conocida la historia del chico que escribió su destino a partir del talento interminable y del sacrificio extremo en las frías mañanas de la costa marplatense. Y que había elegido el tenis en los courts y el frontón porque su padre, José Roque, había contratado a Felipe Locicero como profesor en el Club Náutico Mar del Plata.
Posteriormente, con 22 años a flor de piel, Vilas subía el primer escalón importante de su vida tenística. El Masters de Melbourne era el fruto de aquellos viajes de adolescente, todos los fines de semana, entre Mar del Plata y Buenos Aires; fue la concreción de la apuesta al desafío de participar y ganar en 1968, con apenas 16 años, en el Orange Bowl, un certamen juvenil hasta entonces desconocido para los argentinos; fue la satisfacción de haber ganado una batalla muchos años después del día que le contó a su madre, mientras miraban la película Busco mi destino, que el tenis le había ganado el lugar a los estudios de abogacía; fue el aviso de lo que ocurriría con el tenis en la Argentina: desde entonces, los triunfos de Vilas generaron la práctica masiva del deporte y las canchas de polvo de ladrillo comenzaron a ganar un mayor espacio en todos los rincones del país.
Vilas no había llegado por casualidad al torneo de Maestros, sino que lo hizo por haber ganado el Grand Prix, similar a la actual Carrera de los Campeones, tras haber cosechado los títulos en Gstaad, Hilversum, Louisville, Toronto, Teherán y Buenos Aires, conquista que apenas disfrutó porque enseguida partió para Oceanía con el fin de adaptarse rápidamente al césped, esa superficie en la que el mejor jugador argentino de todos los tiempos gozó y sufrió: porque, como se dijo, supo de las victorias en Australia, pero en la que también padeció en Wimbledon, única prueba de Grand Slam que no pudo conquistar en sus 17 años como tenista profesional.
Vilas llegó a Melbourne acompañado por su padre, el profesor Juan Carlos Belfonte y el marplatense Oscar Leclerc –único periodista argentino testigo del triunfo– y recibió las instrucciones precisas de Neale Fraser, una leyenda australiana. “Me dijo: si no cambiás el saque, no vas a poder hacer nada. Yo te puedo enseñar a lograrlo. Me modificó un par de movimientos y me servicio mejoró. Y fue clave para el triunfo”, relató Vilas, hace un par de semanas, en su club de Palermo.
Y la consulta del archivo también entrega esa certeza, tras la victoria, Vilas hizo referencia al saque: “Me enojé mucho conmigo mismo al fracasar en el tercer set. Tenía una ventaja que desaproveché cometiendo muchos errores. En el quinto set corregí la posición de mis pies en el servicio y no volví a cometer dobles faltas.”
Pero más allá de las tácticas y estrategias, otro detalle que Vilas supo manejar a la perfección durante toda su carrera, bien vale el repaso y la comparación con la actualidad, pues el torneo se disputó con el mismo sistema que se aplicó recientemente en Houston. Dos zonas de las cuales se clasifican los dos mejores de cada una para las semifinales, etapa en la que surge la eliminación directa.
Y Vilas, tras vencer en el Grupo Azul al australiano John Newcombe, al neozelandés Onny Parun y al sueco Björn Borg; al mexicano Raúl Ramírez en la semifinal y a Nastase en la instancia decisiva, se dio el lujo de ganar el torneo de modo invicto, tal como lo hizo Roger Federer en 2003 y 2004. Claro que, a diferencia del actual líder de las clasificaciones de la ATP, no embolsó 1.520.000 dólares como lo hizo el suizo por cada conquista: Vilas se llevó nada más que US$ 40.000, diez mil menos de lo que recibió Guillermo Cañas por ser el suplente en Houston.
Pero más allá de las comparaciones económicas, el Masters de Melbourne simboliza a pleno un antes y un después. Desde entonces, el tenis pasó a ser algo de todos. Como Vilas, que a partir del 15 de diciembre de 1974 empezó a transitar por la calle de los grandes. Para siempre.
Este contenido no está abierto a comentarios

