VIOLENCIA EN SAN PABLO: LA CIUDAD AMANECIÓ SIN TRANSPORTE PÚBLICO
Es una vergüenza. Aquí hay un único gobierno: el PCC”. Enervada, después de dos horas en una fila en el barrio de Lapa sin poder tomar su ómnibus para ir al trabajo, la bancaria Márcia da Silva de 32 años no ocultaba su rabia dividida contra el Primer Comando de la Capital, la organización de narcos más poderosa de Brasil, y contra la gobernación paulista y miembros de la oposición. Los ataques del PCC, como se los llama aquí simplificadamente, se reanudaron en la noche del martes y continuaron en la madrugada de ayer. Los efectos fueron 8 muertos, 5 heridos y una megaciudad paralizada por falta de transporte. Dos millones de pasajeros deambularon por la mañana temprano y al atardecer por calles y avenidas a la pesca de quién los transportara, en medios privados, públicos y hasta clandestinos.
En total, 65 colectivos fueron incendiados en dos días de vandalismo, en que se registraron 106 acciones del grupo de narcotraficantes paulista. Los incendios de buses siguieron una rutina similar en todos los casos: los pasajeros fueron obligados a descender antes que los delincuentes rociaran los ómnibus y les prendieran fuego. A pesar de esto hubo heridos. Una joven fotógrafa de 24 años y un niño de dos sufrieron quemaduras de segundo grado al no poder abandonar rápidamente uno de los vehículos incendiados.
Decenas de agencias bancarias fueron el blanco de bombas molotov y granadas. Y los frentes de varias comisarías resultaron dañados por los ametrallamientos. La violencia llegó hasta el principal barrio bohemio de San Pablo. Se trata de Vila Madalena, que concentra parte de clase media paulista y de los boliches más renombrados de la ciudad. Cuentan que en la madrugada, tres hombres detuvieron un ómnibus de la empresa Urubupungá, procedente de Vila Munhoz. Fue a las 23 del miércoles en la esquina de las calles Aspicuelta y Fidalga; es el centro de la actividad nocturna de esta ciudad: es un lugar de restaurantes que permanecen abiertos hasta la madrugada. A esa hora, un trío echó nafta en el piso de un ómnibus y le prendió fuego; como resultado, dos mujeres recibieron quemaduras.
En cuanto las almas y mentes de los paulistas eran presas del miedo, el gobierno provincial, el federal y los políticos no atinaban a dar respuesta. Lejos de ello, los opositores al presidente Lula da Silva, prefirieron usar las angustias ciudadanas con fines “politiqueros”, según definió ante esta corresponsal un militante del oficialista PT, Silas Teixeira.
El principal candidato de la oposición, Geraldo Alkmin, lanzó una sospecha: que los ataques del Primer Comando de la Capital eran “extraños” y podrían estar orientados a favorecer la reelección del presidente Lula da Silva. Para que se entienda: Alkmin gobernó el Estado de San Pablo hasta abril último, por un período de 12 años (6 de ellos como vicegobernador y los otros 6 como gobernador). La inseguridad que crean los ataques del PCC se le endilgan, en primer lugar, a su gestión: se dice que el ex gobernador no logró crear un plan de seguridad capaz de proteger al Estado paulista (el más rico de Brasil) del tráfico de drogas y de la delincuencia pesada.
Menos comprometido con las palabras, el candidato a vice que acompaña al Alkmin dijo directamente que el PT “utilizó de manera irresponsable y golpista un asunto de tamaña gravedad”. Acusó al PT de tener vínculos con el PCC y casi de ser los promotores de los atentados. La realidad parecería pasar por otro lado: varias notas publicadas por el diario Folha de Sao Paulo, que no tiene ni un atisbo de connivencia con el oficialismo, indicaron que la situación de las prisiones paulistas, donde se amontonan los presos de ese grupo de narcotraficantes, es francamente lamentable.
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